Werner Heisenberg
Cuando Hitler llegó al poder el 7 de abril de 1933, el gobierno nazi aprobó una ley sobre los funcionarios públicos para expulsar a los judíos de sus puestos (…), 


lo que obligó al que pudo marcharse de Alemania, como hizo sin ir mas lejos hizo Albert Einstein a finales de 1932, después de la victoria electoral de los nazis.

En cuanto a los científicos alemanes, que es el objetivo de este interesante ensayo, hubo como en todos los sectores de la sociedad alemana partidarios de los nazis como Philipp Lenard y Johannes Stark, ambos premios Nobel, que atacaron con denuedo la “física judía” según ellos centrada en la teoría de la relatividad. Pero como siempre ocurre, la mayoría de científicos alemanes que no eran nazis se acomodó a la nueva situación.
Entre estos últimos se encontraban Max Planck, el padre de la teoría cuántica, Werner Heisenberg, uno de los fundadores de la mecánica cuántica, y Peter Debye, pionero de la física molecular.
Peter Debye
Planck, que tenía setenta y cinco años cuando Hitler llegó al poder, optó por el compromiso y la inacción, convencido de que los aspectos más odiosos del nazismo se eliminarían con el tiempo. Heisenberg, Premio Nobel de Física con sólo treinta y un años, en 1932, tuvo que soportar una campaña en su contra de Lenard y Stark que lo acusaron de ser cómplice de Einstein. Gracias a sus buenas relaciones pudo resolver la situación y se convirtió en el científico más importante del Reich. Él era responsable del proyecto atómico alemán, lo que no se consiguió.
Menos conocida es la historia de Peter Debye. Holandés de nacimiento, Debye fue durante varios años el director del prestigioso Instituto Kaiser Wilhelm de Física en Berlín (también financiado por la Fundación Rockefeller), pero en 1939 abandonó Alemania y se trasladó a los Estados Unidos, donde facilitó información a los norteamericanos sobre la investigación nuclear alemana, lo que hizo creer que era una víctima del régimen nazi.
Hace unos años, sin embargo, se descubrieron documentos que probaban la complicidad de Debye con el nazismo, como una carta de 1938 en la que invitaba a judíos de la Sociedad Alemana de Física a dimitir, y que hizo que muchos institutos con su nombre cambiasen de nominativo. Ball demuestra cómo Debye no era partidario del régimen, sino un hombre poderoso y para quien la ciencia es “apolítica” y sólo estaba interesado en el éxito de sus proyectos científicos.
El comportamiento de la mayoría de los científicos que trabajaron en la Alemania nazi no puede interpretarse, en opinión de Ball , como “criminales”. Hombres como Planck, Heisenberg y Debye no estaban ni a favor ni en contra de los nazis. Su principal defecto era la ética de la indiferencia: la incapacidad o incluso el rechazo – que continuó en los años de la posguerra – para hacer frente a la dimensión moral de sus acciones.
El libro de Ball es interesante y está bien contado pero si hoy como ayer se hubiera preguntado sobre las relación entre ética y ciencia, lo mas  seguro es que habría llegado a la conclusión de  que la  mayoría de los científicos creen, como los aquí descritos, que la ciencia es “neutral” y sus descubrimientos serán buenos o malos según el uso que de ellos hagan otros seres humanos.
Philip Ball es un físico, químico y divulgador científico británico (1962). Estudió en la Universidad de Oxford y se doctoró en la Universidad de Bristol. Durante más de veinte años estuvo ejerciendo como editor en la revista Nature.