Foto I.M.

A unas 40 millas de donde vivía cuando era adolescente, en el norte de California, existía una comuna rural a comienzos de los años ochenta. Recuerdo que me gustaba mirar lo que se veía desde la ventanilla cuando iba en el coche de mi madre por la carretera que la bordeaba durante un trecho. No porque viese algo especial, sino más bien porque lo que ahí se contemplaba -niños corriendo medio desnudos, hombres sentados en la puerta de sus pequeños ranchos o mujeres con ropas anticuadas, me recordaban alguna escena vista en una película sobre el antiguo Oeste. Cuando le preguntaba a mi madre quién era aquella gente, ella me respondía que se trataba de Diggers, una especie de hippies. Yo creía que se referia a alguna tribu india, pues también por la zona había una reserva indígena, sólo que más hacia el norte.
Años después me enteré de su historia, enmarcada en la década de los años sesenta. Los que ni siquiera existíamos entonces, vemos esa época como un momento extraño. Todos sabemos que lo de las flores y los pelos largos (en el fondo una historia ingenua producto de un momento de expansión económica), acabó en una moda de mercadillo. Y si unos ven a los hippies como  unos pseudobohemios a los que sólo les interesaba drogarse y tomar el sol, otros hablan de esos años como el comienzo de la pérdida de valores y referencias. Personalmente, creo que no se puede negar que fueron los que más se han acercado a un  modelo de revolución  festiva y con cierto aire vacacional (tal vez porque sus intérpretes fueron en su amplia mayoría estudiantes).
Pero si alguien fue crítico con los hippies, desde dentro del mismo movimiento, fueron los Diggers, un nombre tomado de un grupo de campesinos ingleses del siglo XVII que aplicó una especie de comunitarismo rural. Los Diggers fueron el ala más lúcida del movimiento hippie en el San Francisco de mediados de los años sesenta. (Entre sus fundadores se encuentra el actor Peter Coyote http://www.petercoyote.com, como él mismo reconoce en su pagina web) y, entre otros, también participó el escritor Richard Brautigan (1935-1984)  www.brautigan.net. Todo esto y mucho más es lo que nos cuenta de una forma amena este libro escrito por Alice Gaillard a raiz de un documental sobre el mismo asunto y publicado por primera vez en francés.
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Para centrarnos un poco, digamos que en la costa Oeste de Estados Unidos, los hippies sustituyeron a los beats como modelos de la juventud más inquieta. Propugnaban un estilo de vida inconformista y era la época de las primeras protestas en contra de la guerra del Vietnam (1964-1975). También florecían los apologistas del consumo de LSD como Allan Wats, Timothy Leary, Allen Gingsberg y Ken Kesey (el ácido lisérgico fue prohibido en Estados Unidos en 1966). Era lo que también se llamó la “contracultura” y cuyo apogeo se vivió en Estados Unidos desde 1964 hasta 1968.
Los Diggers no dudaron en luchar contra el hippismo comercial y facilón de las flores y el ácido. Aunque Coyote los define en su página como anarquistas, estaban más emparentados con los situacionistas y los movimientos anticonformistas de aquellos años, como los provos holandeses.
Los hippies se habían instalado en el barrio de Haight Ashbury de San Francisco y tenían un gran número de seguidores. En esos años, el pertenecer a una tribu o grupo dispuesto a cambiar el mundo, sentirse entre semejantes o desarrollar una forma de pensar común, era una de las grandes ideologías del momento. A los Diggers les horrorizaban los turistas que se montaban en los autobuses turísticos para recorrer Haight Ashbury para ver a los hippies.  Tampoco estaban a favor del turn on, turn in, drop out de Timoty Leary, lo mismo que criticaban a los gurús, o los dueños de las tiendas de recuerdos y que nada podían ofrecer a los jóvenes que llegaban allí creyendo que iban a hacer una revolución pacífica.
Los Diggers atacaban la tontería del psicodelismo transcendental o seudoespiritual de los hippies y más bien buscaban abrir los ojos de la gente mediante procedimientos que habían experimentado en el teatro de vanguardia. Para ellos, ciertas acciones eran la clave para un posible cambio económico y social. Así organizaron los grandes happennings de la época y de los que luego se apropió el arte más vanguardista. Debemos tener en cuenta que la contracultura de los años sesenta no fue algo minoritario sino masivo. Además, los medios de comunicación le prestaron atención desde el primer momento, (ya en enero de 1967 la revista Time dedicó su portada a la juventud nacida en 1947).  
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Una de las ideas claves de los Diggers fue la gratuidad, el “free” que decimos los norteamericanos. Para ellos era el resultado natural de apropiarse de lo que pertenece a uno, sobretodo en una década mega próspera donde bastaba agacharse al suelo para recoger lo que te permitía vivir y que la sociedad de la abundancia desechaba. Y California era un Estado muy rico, en un país más rico aún. Todo esto, visto ahora, resulta cuanto menos ingenuo o pueril. Pero la intención de los Diggers, mediante esa fantasía del dinero gratis, era el de hacer reflexionar a la gente sobre lo que podía ser una sociedad que no fuera tan esclava de la economía. En sus acciones, los Diggers organizaron, entre otras cosas, la distribución gratuita de alimentos (tan repetida a partir de entonces) o la creación de un consultorio médico completo y que funcionaba gratis las 24 horas gracias al trabajo voluntario de una pléyade de médicos y enfermeros.
De este modo, cada distribución de comida gratuita se convirtió en una sesión teatral en la que el público debía participar activamente. Distribuir alimentos no era un acto de caridad sino una acción coherente con la propia visión del mundo. Había que hacer como si la sociedad que uno desea que exista fuese ya una realidad. Si los actores de una obra teatral logran minar la incredulidad del espectador y le hacen  entrar en otro mundo durante un par de horas,  ¿por qué no hacer un paréntesis en la realidad de la vida cotidiana y actuar para que surja lo nuevo que se desea generar?
Para los Diggers, la idea misma de estrategia revolucionaria no significaba nada. La revolución no puede tener una estrategia. La revolución es un proyecto personal, existencial y espiritual. Entonces preconizan la “ideología del fracaso”. ¿El consumo es el símbolo por excelencia del éxito? Neguémosnos a consumir y seamos unos fracasados. ¿Hay que pagar por todo? Pues hagamos cosas que no cuesten nada y que su valor no se base en el éxito sino en el amor. “Hazlo tuyo y hazlo gratis. Hazlo por amor”, era su lema. De este modo, abandonaban la competencia, el consumismo y el éxito, los tres pilares básicos de la alienación.
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La fecha álgida de los Diggers fue la primavera de 1967. Las necesidades básicas de la gente -alimentación, ropa, alojamiento, cuidados, diversión- estaban cubiertas no por la generosidad de nadie sino por una red de cooperación y autogestión, aunque corresponde a cada uno articular su propia vida y encontrar el medio de participar en el grupo.
El 6 de octubre de 1967, los Diggers organizaron la ceremonia de “La muerte del hippie”. Irónicamente, se elige esta fecha por ser el aniversario de la ley que criminalizaba el consumo de LSD. Como para los Diggers los hippies jamás habían existido, y sólo había gente libre e independiente que decidía vivir a su manera, organizaron los funerales de ese personaje mítico conocido como el hippie. Dos años después, el hippie ha sido absorvido por la sociedad del espectáculo o las drogas y, conscientes de la inutilidad de su lucha, los Diggers abandonan la partida en 1969. Prefieren conservar su potencial subversivo que malgastarlo en derrotas. Además, el mundo cambiará o no, pero entretanto se puede seguir viviendo intensamente.
El pasado diciembre recorrí aquella carretera del norte de California por un asunto de trabajo. Cuando caí en la cuenta de que se trataba del mismo trayecto que hacía en el coche de mi madre, tuve un sobresalto de emoción. Instintivamente pisé el freno y dejé que el pasado regresara. Cierto es que el paisaje nevado había cambiado, y no digamos los pueblos y casas que se contemplaban desde la ventanilla de mi coche. Pero por mas que miré no encontré rastros de aquella comuna. Como la esperanza es siempre lo último que se pierde, cuando regresé a casa algo entristecido (y en mi caso no se trataba de una cuestión ideológica sino sentimental), encendí la pantalla del portátil y busqué direcciones de comunas Diggers en la red. Ante mi sorpresa vi que todavía quedaba alguna. Aprovechando que se acercaba el solsticio de invierno les envié un mail de felicitación.

                    http://www.diggers.org/

Alice Gaillard
Los Diggers 
Revolución y contracultura en San Francisco (1966-1968)
Traducción de Diego L. Sanromán
Pepitas de calabaza ediciones, Logroño, octubre de 2010 | ISBN: 978-84-937671-6-7 | 252 pág. | 12 x 17 cm | 13 euros | http://www.pepitas.net/
Alice Gaillard es coautora, junto a Céline Deransart y Jean-Pierre Ziren, del documental Les Diggers de San Francisco, un trabajo cinematográfico que complementa a este libro. Con motivo de su realización, Gaillard se ha reencontrado, cuarenta años después, con la mayoría de los miembros originarios del grupo.