Muchos escritores confiesan que escriben como respiran; otros que lo hacen por una necesidad de expresión, de comunicación con el otro, de contar historias. Miguel Sardegna (Buenos Aires, 1978) afirma que le hace feliz pero que, al mismo tiempo, le hace ser consciente de sus límites. Fue Secretario de Redacción de la mítica Revista Axolotl. En 2011 la Fundación Victoria Ocampo distinguió con el segundo premio a su primer libro de cuentos, que permanece inédito. En 2013 publicó: Horario de oficina.
¿Qué es Horario de oficina?
Es mi primer libro de cuentos, recientemente editado en una preciosa edición de bolsillo, de manera conjunta por Milena Caserola y el 8vo Loco. Forma parte de la colección “Exposición de la actual narrativa rioplatense”. Estoy muy orgulloso de ser parte de esta colección, que pretende ser un muestrario de lo que se está escribiendo hoy… ¡y ya lleva publicados veinte volúmenes, nada menos! La colección completa se puede descargar desde la página web: exposiciondelaactual.blogspot.com.ar
¿Por qué ese título?
Horario de oficina está formado por tres cuentos, pero no independientes y aislados. Hay un vínculo íntimo entre ellos, un hilo que los interconecta, de algún modo. El hilo parece evidente, con semejante título, ¿no? Y, sin embargo, sería falso decir que lo central ahí es la oficina. La oficina está presente, claro, pero es accesoria, es un mero accidente. Lo curioso es que eso lo descubrí recién cuando el libro estuvo a punto de salir. La cosa fue así: me pidieron que escribiera la contratapa, y en plena tarea —las mejores ideas siempre me asaltan trabajando— me di cuenta de que había algo más importante, algo que trascendía la oficina. Fue una especie de satori, una súbita iluminación. La contratapa resultante decía:
Ya no se trata de las fundiciones de hierro de Avellaneda, frigoríficos, fábricas de vidrio o manufacturas de fósforos. Hoy los mecanismos son mucho más sutiles: el abuso y la explotación se disfrazan de saco y corbata, y se pavonean por cualquier oficina. En estos cuentos, un invencible maestro de go encuentra un digno rival en la casita de té de Thames y Gorriti. Un plomero de riguroso mameluco debe inspeccionar varios pisos de expedientes. Meras circunstancias, la sombra terrible que sobrevuela estas páginas es siempre la misma: el jefe y su gomina pegajosa.
Este jefe es el único personaje que aparece en los tres cuentos. Aparece una y otra vez, sí, pero no es siempre el mismo. Cambia, evoluciona igual que el personaje de una novela. Creo que estos tres cuentos, de algún modo, pueden leerse como una pequeña novela.

¿Cuánto tiempo te llevó terminarlo?
El primero de los cuentos, “Una novela de go”, data de marzo de 2009. Recuerdo con precisión la fecha porque me di el gusto de leerlo en el salón centenario del Jardín Japonés, en el marco del 4° Congreso Argentino de Go. De todos modos, el cuento fue cambiando con los años. Fue mejorando, quiero creer. Mi relación con la corrección es obsesiva. Me gusta creer que en cada renglón hay solo una frase posible, una imagen, un gesto que son acertados. Que son verdaderos. Después viene la dificultad de dar con ellos, y desechar cualquier sucedáneo. Espero que ahora que “Una novela de go” llegó al papel, haya alcanzado su forma definitiva. El último de los cuentos, “Archívese”, todavía está fresco. Lo estuve corrigiendo minutos antes de que entrara a imprenta.
Miguel Sardegna
¿Quiénes influyeron en tu estilo de escritura?
Es muy difícil responder sin sonar pretencioso. ¿Tiene uno derecho a decir que Kafka influyó en su escritura? ¿Vale mencionar a Arlt? Quizá más que de influencias convenga hablar de gustos, de autores que me apasionan. Me apasiona el Buenos Aires que pinta Roberto Arlt. En mi contratapa hay algo prestado de Los siete locos. Es probable que sea lo mejor de mi libro. Dicen que la forma más sincera de homenaje es la imitación. Creo que la admiración por Kafka también se coló en los cuentos de Horario de oficina. El título del segundo cuento, “Carta al jefe”, alude de un modo bastante directo a una famosa carta que Kafka escribió y nunca mandó. Ojalá otras “influencias” sean menos evidentes. Ojalá las descubra el lector, flotando en el ambiente, bajo la forma de una tímida alusión o un perfume.
¿Cuál es el último libro que leíste?
Soy un lector caótico: amontono los libros, leo varios autores simultáneamente. En estos momentos estoy leyendo cuentos, sobre todo. Algo de Cheever, Carson McCullers, Flanney O´Connor,  de Alice Munro, que tuve injustamente relegada y recién ahora descubro. Y siempre vuelvo a los autores japoneses: Mishima y Kawabata están entre mis preferidos. Por suerte, estos últimos años se ha vuelto una costumbre la aparición de nuevas traducciones.
¿Cómo ves la nueva literatura argentina?
Hay autores interesantísimos. Es muy estimulante, también, la movida nocturna de tertulias y eventos literarios. Habría que hacer una novela con eso.
¿En qué te inspiras para escribir? ¿Cuál es tu relación con las musas?
Dice Pérez Reverte que uno reescribe los libros que amó a la luz de la vida que le toca vivir. Las musas, entonces, habría que buscarlas en mi propia vida y en mi biblioteca. En mis ficciones hay un juego constante de intertextualidades y guiños, una puesta en relación con otros autores. Incluso en esta breve entrevista creo que he recurrido a alguna cita velada.
¿Por qué escribís?
Porque me hace feliz, tan simple como eso. Bueno, me hace feliz y también infeliz: me hace consciente de mis propias limitaciones, y eso duele. Es muy duro saber, cada vez que uno se sienta a escribir, que uno no es Oscar Wilde ni Borges. Algo así dice el narrador en primera persona de “Carta al jefe”. No hay consuelo para eso.