Natalia Goncharova. La lavandería, 1912
“En mi hay algo hermoso, pero me da vergüenza
nombrarlo ante mi
                                V. Jodasevich
Vladislav Felitsianovich Jodasevich, poeta, crítico literario y traductor, nació en Moscú el 16 de mayo de 1886 y murió de tuberculosis a los 53 años en París, en junio de 1939.
En 1922 emigró a Berlín, y luego a París con su esposa, la escritora Nina Berberova.
Su poética estaba orientada y conectada con la poética y la estética de A. Pushkin, G. Derzhavin, F. Tiutchev, K. Sluchevsky y de A. Fet.
En sus anotaciones biográficas admitió que había llegado tarde al florecimiento del simbolismo, mientras que la estética del acmeísmo quedaba lejos, y el futurismo era categóricamente inaceptable.
Evgueniy Evtushenko escribió sobre Jodasevich: todos le temían a su pluma crítica. Era despiadado. Fue muy duro con Maiakovsky hasta después de su suicidio. Pero era muy agradecido con sus amigos. Antes de morir publicó “Necrópolis”,  uno de los mejores libros de memorias de la literatura rusa.
De este excepcional libro de memorias, publicado y traducido por primera vez del ruso por la editorial Adelphi en 1985, y que al igual que su poesía no existe una versión en español, ofrecemos la introducción que escribió Nina Berverova para la edición italiana, la primera mundial.
Jodasevich y Nina Berberova en Sorrento, 1924

EL CREPÚSCULO

La nieve se amontonó. Todo se calma, ensordece.
Una casa desierta se extiende a lo largo del callejón.
Una persona camina. Apuñalarla con un cuchillo –
Se arrimará a la cerca y no dirá nada.
Después bajará y se acostará cara abajo.
Y la respiración nívea del viento,
y el humo apenas perceptible de la tarde-
los precursores de la tranquilidad hermosa –
con soltura se marearán sobre él.
Y las personas acudirán corriendo como hormigas negras,
de las calles, de los patios, y se pararán entre nosotros.
Preguntarán, por qué y cómo lo maté, –
nadie comprenderá cuánto lo he querido.

СУМЕРКИ
Снег навалил. Всё затихает, глохнет.
Пустынный тянется вдоль переулка дом.
Вот человек идет. Пырнуть его ножом –
К забору прислонится и не охнет.
Потом опустится и ляжет вниз лицом.
И ветерка дыханье снеговое,
И вечера чуть уловимый дым –
Предвестники прекрасного покоя –
Свободно так закружатся над ним.
А люди черными сбегутся муравьями
Из улиц, со дворов, и станут между нами.
И будут спрашивать, за что и как убил,-
И не поймет никто, как я его любил.
Paul Klee. Fuga en rojo, 1921
La estrella arde, tiembla el éter,
la noche se esconde en las aberturas de los arcos.
¿Cómo no amar todo este mundo,
tu increíble regalo?

Me has dado cinco sentidos equivocados,
me has dado el tiempo y el espacio,
la inconstancia de mi alma
juega en la niebla de las creaciones.

Y yo creo de la nada
tus mares, los desiertos, las montañas,
toda la gloria de Tu sol,
que ciega las miradas.

Y de repente bromeando destruyo
todo este despropósito voluptuoso,
como un niño pequeño que derrumba
el castillo hecho de cartas.


Горит звезда, дрожит эфир,
Таится ночь в пролеты арок.
Как не любить весь этот мир,
Невероятный Твой подарок?

Ты дал мне пять неверных чувств,
Ты дал мне время и пространство,
Играет в мареве искусств
Моей души непостоянство.

И я творю из ничего
Твои моря, пустыни, горы,
Всю славу солнца Твоего,
Так ослепляющего взоры.

И разрушаю вдруг шутя
Всю эту пышную нелепость,
Как рушит малое дитя
Из карт построенную крепость.

Piet Mondrian, El árbol rojo, 1908

HOJA
El niño que pasaba me dejó
una hojita en la ventana.
¡Cuántas venas y nervaduras,
qué complejo es su tejido!
Cómo se atormenta la semilla en la tierra,
antes de abrir su retoño,
qué difícil fluye en el tallo
el maleable y pegajoso jugo.
¿No es así cómo debo levantar
toda la carga de las pasiones, de las alarmas,
de las lágrimas, y de la felicidad – para conocer
la simple palabra – Dios?
ЛИСТИК
Прохожий мальчик положил
Мне листик на окно.
Как много прожилок и жил,
Как сложно сплетено!
Как семя мучится в земле,
   Пока не даст росток,
Как трудно движется в стебле
   Тягучий, клейкий сок.
Не так ли должен я поднять
   Весь груз страстей, тревог,
И слез, и счастья – чтоб узнать
   Простое слово – Бог?
Traducción de Natalia Litvinova
Para un mayor conocimiento de la autora pueden consultar:
Nina Berberova
Necrópolis
“Es necesario que nuestro pasado poético se convierta en nuestro presente y, en una nueva forma, en nuestro futuro. Pensemos en Robinson Crusoe: encontró en el bolsillo una semilla y la plantó en una isla desierta y gracias a ello pudo hacer crecer un buen fruto inglés. Pero, ¿y si no lo hubiese plantado, si se hubiese quedado mirándolo con el debido cuidado para que no se cayese al suelo? He aquí por qué hay que hacer con la tradición lo mismo que con esa semilla. Llevarla fuera del propio país, plantarla, trabajarla -o sea, continuar a crear. Pero lo más importante es sentirse absolutamente emigrados y no gente que la casualidad ha llevado desde Moscú hasta París. La literatura no puede sobrevivir en los hospicios ni en los asilos para la infancia abandonada”.
Así escribió Vladislav Jodasevich en los años treinta del siglo XX cuando vivía exiliado en París.
Vladislav Felitsianovich Jodasevich nació en Moscú en 1886, acabó el bachillerato y estudió en la Universidad de Moscú, pero no se presentó a los exámenes finales de la licenciatura. Desde 1905 empezó a publicar artículos en las revistas de la época (justo cuando floreció el simbolismo ruso) y, en 1908, se publicó su primer libro de poesía, que nunca ha sido reeditado.
En los años 1908-1914 Jodasevich fue publicado por muchos editores, no sólo moscovitas, así como participó activamente en reuniones literarias. También fue amigo íntimo de Briúsov, Biely y otros simbolistas. Tradujo a poetas y narradores polacos, y escribió ensayos críticos sobre la literatura clásica y contemporánea. En 1914 salió su segundo volumen de poesía “La casita feliz” (una segunda edición vio la luz en Berlín, en 1922)
Sólo con su tercer volumen de poesía “Por el camino de la semilla” (1929, también reeditado en Berlín) Jodasevich maduró, conquistó su puesto entre los postsimbolistas y los poetas de su generación, a los que estaba vinculado por estrechas relaciones personales y no sólo literarias.
En 1922 Jodasevich abandonó Rusia. Salió legalmente, por motivos de salud -esa salud maltrecha por los años de hambre, frío y privaciones del comunismo de guerra y de la guerra civil-. La debilidad de su físico fue siempre una característica fundamental de su persona, y lo persiguió desde la infancia; había nacido de una mujer que tenía más de cuarenta años, durante toda su vida sufrió de tuberculosis, tenía el hígado enfermo. Los años que van del 1918 al 1921 lo habían destruido. No tenía intención de quedarse en el extranjero toda la vida, pero así ocurrió, y no por su culpa.
En 1925 se manifestaron -y Jodasevich no fue el único en notarlo- los primeros síntomas de asfixia por estrangulamiento de la cultura rusa: ya no existían editoriales independientes, dominaba la censura, el Gobierno imponía su ideología sobre el arte. Las medidas represivas en contra de la libertad artística se convirtieron en fenómenos cotidianos, y durante los años treinta, Zamyatín, Ajmátova, Pilniak y muchos otros empezaron a sentir en su propia piel el peso cada vez más opresivo del realismo socialista: tuvieron que callarse, y después de ellos, Mandelstan, Babel y muchos otros más. Se rompieron los vínculos de Jodasevich con los amigos que se quedaron en la Rusia soviética. Fue para ellos una experiencia muy dolorosa. Había ocurrido lo que temía: permanecer en un espacio sin aire, en el vacío espiritual y la indigencia material.
El trágico destino de este exiliado del siglo XX es emblemático de todas las futuras víctimas de los regímenes totalitarios; personas que carecían de patria, expulsadas de su propio país por no haber aceptado la ideología oficial, poetas condenados a vivir fuera del ambiente poético de su tiempo. A Jodasevich el destino le concedió vivir justo hasta la Segunda Guerra Mundial (murió dos meses y medio antes de que estallase, en 1939, un año exacto antes de la caída de París).
El exilio no le permitió realizarse plenamente como poeta. Sumado a todas las otras dificultades, las precarias condiciones físicas “amargaron” su don poético, como él mismo decía. Hoy día está claro que Jodasevich pertenecía a esa generación rusa (nacida en los años 1880-1899) que fue exterminada casi al completo por la revolución de Lenín: suicidios, muertes prematuras, cambio forzoso de oficio o trabajo y opresión espiritual en su patria. Pobreza, soledad, olvido, ausencia de lectores y pérdida de la patria en el mundo occidental. Para todos ellos no podía haber otro destino esos años. Era una generación que no tuvo tiempo de desarrollarse a fondo antes de 1918, pero que no había podido aceptar la realidad del totalitarismo. Poco a poco Jodasevich empezó a callar como poeta y hacia el final de los años veinte se calló del todo. No fue así para su prosa.
Necrópolis, su libro de memorias, es un caso de extraño relieve en la literatura rusa. Ha sido escrito por un contemporáneo, pero más joven de todos los que en los años 1895-1918 crearon la “escuela” o tendencia literaria postsimbolista. Sus ideas sobre el arte contemporáneo -sobre su poética y estética, sobre la sicología del hombre del tiempo nuevo, del arte escindido, del absurdo- ligaban en su obra la tradición rusa de Gogol y Dostoievski con la de la nueva literatura occidental. Escribir de esos hombres como escribió Jodasevich, sólo podía hacerlo un contemporáneo más joven que hubiese saboreado en su juventud los frutos del árbol del bien y del mal plantados por ellos y que hubiese crecido entre ellos, alejándose luego como se alejan los hijos de los padres.
El rigor de Jodasevich respecto él mismo y de las personas con las que le tocó vivir, su honestidad libre de compromisos a la hora de juzgarlos, la escrupulosa precisión de su escritura -todo ello hace de Necrópolis un caso único en la historia de la literatura memorialista dedicada al simbolismo ruso. De esta época se ha escrito mucho y de gran valor. Pero la rara combinación de sutil inteligencia, juicios agudos, capacidad interpretativa e ironía (aspectos típicos y constantes del pensamiento de Jodasevich) hacen de estas páginas un testimonio particularmente preciosos sobre una época irrepetible que fue obligada a una muerte prematura, artificiosa. Como si Baudelaire hubiese obstaculizado el nacimiento de Mallarmé, éste el de Valéry y Valéry no hubiese ayudado a ver la luz a los poetas de la primera mitad del siglo XX. La tradición y el belicoso rechazo de la misma, que en aquella época tuvo un rol todavía más importante, fueron destrozados por la soga con que se ahorcó Tsvietáieva, el campo de concentración de Mandelstam, el silencio de Jodasevich.
De su silencio poético. Ya que en los últimos diez años de su vida, Jodasevich escribió no menos de trescientos ensayos: artículos críticos sobre la literatura clásica y contemporánea y que a su tiempo aparecieron en los periódicos de la emigración rusa y que hoy esperan todavía ser editados y publicados integralmente. Jodasevich dejó una huella profunda en aquellos escritos suyos, algunos de ellos dedicados a la literatura de su patria y otros a la literatura prohibida. Y cuanto más se alejaba de la poesía, más se rodeaba de los jóvenes (nacidos ya en nuestro siglo) que entre 1920 y el 1940 vivieron en la diáspora rusa: por mérito de Jodasevich una entera pléyade de jóvenes talentos, nacidos en los años sesenta y setenta del siglo XIX, pudieron publicar en las páginas de las revistas y los periódicos rusos (sus “padres”) que, de entrada, rechazaban entenderlos y aceptarlos.
En el crepúsculo general del arte de los años treinta del siglo XX, cuando desaparecieron (o habían ya desaparecido) los grandes con los que había comenzado nuestro siglo, Necrópolis de Jodasevich tiene un puesto inmortal. Jodasevich había previsto muy pronto lo que ocurriría. En el famoso discurso pronunciado en San Petersburgo, en 1921, durante una de sus últimas manifestaciones públicas todavía más o menos libres, exhortó a sus contemporáneos a ponerse de acuerdo en “las últimas horas antes de la separación” sobre las señales necesarias para “reconocerse en las tinieblas que nos acechan”. Preveía el final de una época (en ese tiempo todavía sólo rusa) y hablaba de ello. En Necrópolis estas notas escatológicas hoy tal vez resuenan con una mayor fuerza que medio siglo atrás.
Vladimir Kozlinsky, cartel para decorar escaparate, 1920-21