Ramón en la plaza mayor. Damián Flores
Si el protagonista indiscutible de la literatura de Ramón Gómez de la Serna, ya siempre Ramón, es el propio escritor, con sus inquietudes y obsesiones personales, el espacio esencial de la obra y de la vida ramoniana, junto al café y su despacho, es la ciudad, (…)


tanto que tiene categoría de personaje central en su obra. A partir de ella y sobre ella, desarrolla el escritor una producción literaria extraordinariamente moderna y original que se extiende a lo largo de más medio siglo. Para Ramón, la ciudad es la más excelsa y completa muestra de civilización, el producto original de los siglos, la “flor de todas las cosas” como dice en una conocida cita en la revista bonaerense  y ocampiana “Sur”, cuando ya estaba instalado en Argentina.

Ramón, en su mirada dedicada a la ciudad deja de lado la visión objetiva de la realidad urbana, sustituyéndola por una mirada personal que descubre el todo orgánico que es la ciudad moderna y se apoya en la relación existente entre todos sus elementos. Es la misma realidad, ya teñida de modernidad, del París de Luis Bonaparte que descubrió y cantó Baudelaire, lo que permite establecer un paralelismo entre los dos escritores al señalar la vinculación entre la modernización y la transformación experimentada por ambas urbes con la actividad literaria de los dos escritores, que estará definitivamente determinada por esos cambios. Y es que Ramón, en su literatura, hace suyas la idea de Walter Benjamin cuando considera que comercio y trasiego son los dos componentes de la calle, ese laberinto por el que se pierde el  flâneur y que no es otra cosa que la “amueblada vivienda familiar de la masa”. Unos elementos que están presentes en la obra ramoniana al referirse a la ciudad, especialmente a la más suya, a Madrid.
Ramonismo. Damián Flores.
Sea París, “la ciudad que remueve” –de nuevo Benjamin– y la urbe de su aprendizaje cosmopolita; sean las más sosegadas Estoril y Lisboa, el Nápoles tan hispano, el Buenos Aires de su larga nostalgia, o, sobre todo, el Madrid que enmarca toda su obra, sea cual sea la urbe, es la de Ramón siempre una ciudad personal, recogida con una mirada apresurada y fragmentada, como la propia vida moderna. No es la urbe histórica que se suele describir con la distancia de los datos que interesa al casi siempre árido cronista local, ni la realidad anecdótica y banal, de ingenua antropología, que recoge con demasiada morosidad el costumbrista, con frecuencia algo cargante. Ramón, sin ceder en conocimientos ni en intereses a los anteriores –pues su inquietud y erudición histórica le permiten hacer una literatura  personal y renovadora con la seguridad de saber el terreno que pisa–, convierte a la ciudad en espacio propio, tanto real como imaginario, al recoger las señales y las imágenes contradictorias y diversas de la gran urbe y sus habitantes, sin dejar de lado sus lugares más representativos. La ciudad nueva, con su particular combinación paradójica de ensanche moderno y núcleo tradicional, que es especialmente notable en el Madrid del primer tercio del siglo XX, es la fábrica de literatura, o como dice José Camón Aznar, otro destacado ramoniano, el manantial de metáforas y sugestiones para el escritor.
Ramón, que tiene conocimientos sobrados para hacer una sesuda historia de Madrid, su ciudad, o una imprescindible guía monumental de la capital, se acerca a la capital como un elemento vivo, como un espacio esencial de contacto con el mundo, de lugares especiales llenos de personajes y de objetos, en el que se desarrolla la existencia de individuos que coinciden en el tiempo. Es la “ciudad espectáculo” que aguarda al ojeador, al mirón como le gustaba llamarse, como una versión castiza del flâneur parisino que tan bien conocía y que convierte en acción dramática, en un espacio que, como señala Ioana Zlotescu, es tan real como imaginario.
El torreón de la calle Velázquez. Damián Flores
Hay quizás en Ramón algo de Proust, con quien le comparó en su momento el propio Ortega y Gasset, aunque sería un proustianismo madrileño, es decir, ramonismo, en el que la calle de Alcalá sustituye a los Grandes Bulevares y el chocolate con churros de Pombo a la magdalena y el te. Y es que al callejeador que fue Ramón –Azorín y Baroja paseaban, que es una cosa distinta, aunque también sacaron partido de ello– le interesaban asuntos y lugares de la ciudad que jamas hubiera pisado Charles Swann, como los barrios bajos y los suburbios de la capital, de tanta personalidad literaria y pictórica, en los que está el Rastro y por los que paseaba la Nardo. Sin embargo, hay algo de esa mirada, tan lírica como  evocadora, al referirse al olor de las acacias –la colonia de Madrid debía ser esencia de acacias nos dice– y al pan y quesillo que siembra las aceras en las primaveras, cuando los niños con sus juegos se apoderaban de la calle.
Ramón es como el artista que, dominando los recursos de la composición clásica, creaba por entonces una nueva pintura al descomponer la mirada y la realidad e independizarla de la perspectiva tradicional. Y es que, como los Picasso, Braque o Gris que tan bien conocía, se acerca a Madrid con una mirada que podríamos decir que tiene algo de cubista al dividir a la ciudad viva y real en aquellas partes que considera representativas, desde la Puerta del Sol a un contador de la luz, desde la Plaza de Oriente a las gallinejas y los descampados de los barrios bajos. Elementos todos ellos aparentemente contradictorios pero que, al aparecer agrupados, muestran su capacidad evocadora y dan lugar a una visión de la ciudad diferente y  tan autentica como imaginada.
La visión de Madrid que tiene Ramón es la de un enorme collage fruto de una mirada fragmentaria, sectorial, de la suma de personajes, de objetos y lugares. La ciudad se convierte en una suerte de enorme Rastro  que ofrece todo tipo de experiencias y estímulos y que el escritor recoge para ofrecer su visión particular de la urbe. Todo lo que contiene la ciudad le sirve para evocarla a través de sí mismo y de todo hace literatura, de las personas y, sobre todo, de las cosas, de los objetos mas inverosímiles como las placas de asegurada de incendios que todavía se encuentran en muchas fachadas, de los visillos de los balcones, mostrando esa inquietud hacia lo inanimado a la que alude José-Carlos Mainer. El resultado es una original literatura que mezcla  modernismo y vanguardia con unas gotas de romanticismo, realizada a modo de greguerias, de metáforas continuas, de retratos al minuto que dan lugar a una visión de la ciudad tan moderna como desconocida hasta ese momento. Prueba de ello es la definición que da  de Madrid, una entre cientos,  a la que se refiere como “la lucha de lo profundo y lo requintado, la mezcla de los dos estilos del pensar y el sentir sin incurrir en el barbilindismo y menos en la sobonería”. Ahí queda eso.

 

Ramón en la Puerta del Sol. Damián Flores