Martin Heidegger y su hermano menor Fritz mantuvieron una correspondencia constante durante toda su vida , sobre todo en los años que el filósofo pasó en Friburgo, mientras Fritz no salió nunca de su pueblo natal, Messkirch, y que se hizo más intensa durante la guerra, ya que el hermano menor hizo de copista de la obra del mayor, salvando todos los manuscritos y guardándolos a buen recaudo. De ese enorme cúmulo de cartas, la casa editorial Herder, en edición de Bruno Pieger, publicó una selección de las mismas, centrándose en unos años que se extendían desde 1930 hasta 1949, es decir, los años del ascenso del nazismo, la guerra y la inmediata posguerra, que ahora ven la luz en España publicadas por la filial española de la firma alemana.

La selección viene a demostrar, en realidad es un correlato mucho más inteligible que los famosos Cuadernos, lo que en estos estaban diluidos en las redes del lenguaje del filósofo, vale decir, la fascinación que Heidegger sintió desde el principio por Hitler y su doctrina, pensando que ésta salvaría nada menos que a la cultura occidental de su inevitable decadencia sentenciada años antes por Spengler, “ya no se trata de pequeña política de partido, más bien, está en juego la salvación o el ocaso de Europa y la cultura occidental”, le escribe a Fritz en diciembre del 31. La selección también muestra, nítida, lúcida, la figura del hermano menor, autodidacta, que salvó los manuscritos del hermano mientras no publicó nunca nada de su enorme producción escrita, que mantuvo en secreto en lo que tuvo de vida, escéptico hasta grados de enorme inteligencia respecto a los cantos de sirena del nazismo, defensor por contra de los años de Weimar porque creía, con razón, que un estado débil aguantó mejor los embates de codicia de los aliados, sobre todo los franceses, que un enfrentamiento directo, que hubiera llevado al desmenbramiento del Reich hasta convertirlo en dos  provincias, Sajonia y Turingia.

Un personaje, en fin, alegre, dicharachero. Eran famosos los discursos que largaba en el pregón de Carnaval de su pueblo, un hombre con cierta fama de ligón mientras que el hermano, investido de catedrático, con esa solemnidad tan alemana, ocultaba su relación con su joven alumna Hannah Arendt y mostraba al mundo, convertido ya en una figura famosa del pensamiento, su menosprecio por la ciudad moderna y los peligros de disolución que conllevaba su contacto, por más leve que éste fuera.

Precisamente la correspondencia se abre con el consejo que Fritz da a su hermano, estamos en marzo de 1930, sobre la conveniencia, ya que era un filósofo famoso, “te has convertido en un valor estándar en la bolsa mundial de la opinión pública”, de aceptar una cátedra que se le ofrecía en Berlín. La respuesta de Martin es la de menosprecio de Corte y alabanza de aldea, en definitiva la definición de Fray Antonio de Guevara, y un recuerdo a su hermano de la Arcadia navideña en que se convertía Messkirch cuando eran niños y paseaban por su calles nevadas. A partir de ahí ya no hay más insistencia en incurrir en pasar siquiera por la Babel moderna y sí una serie de consejos de Heidegger sobre la lectura de Mi lucha, “deseo de verdad que examines a fondo el libro de Hitler, que es muy flojo en los primeros capítulos autobiograficos”, libro y doctrina en que Fritz no deja de poner peros.

“ Posiblemente sobre el Nazi tardaremos en ponernos de acuerdo. Comprendo tus reticencias ante el singular representante”, y que llega a poner nervioso a Martin, “ supongo que no te hallas entre los admiradores de Brüning y dejas el centro (se refiere al centro político) para las mujeres y los judíos como lugar de refugio”. Pero Fritz no ceja en sus reticencias y Martin empieza  reconocer ciertos errores de los nazis que él llama brusquedades, “Y a pesar de todo, pese a todos los descarríos y brusquedades, hay que estar con ellos y con Hitler”, insiste, una y otra vez, y todo esto a pesar de que Fritz dice del Ministro de Propaganda Göbbels que es “un dictador de la vida espiritual de Alemania y su tendencia a un colectivismo espiritual, a un pastor y un corral de ovejas”. La correspondencia sigue en ese tono, agravada por el hecho de que hacen a Martin rector de la Universidad de Friburgo y ahora carga un poco más sobre los judíos: “El escrito difamatorio del emigrante judío Kraft… en el uso de tales medios los jesuitas, con su el fin justifica los medios, son meros niños”.

Pero llega la guerra y Martin, ahora, utiliza a Fritz como copista y albacea de su obra, en caso de que él desapareciera. La correspondencia se centra, entonces, en los bombardeos, la comida y si Fritz ha dejado a buen recaudo sus conferencias sobre Hörderlin y los escritos sobre la esencia de la obra de arte, en un cambio de registro tan brusco que nos preguntamos con asombro de qué manera un filósofo tan apegado a la esencia y el silencio de las cosas podía ser tan práctico a la hora de la verdad como sus detestados anglosajones, cosa que demostró en la manera en que llevó sus relaciones con la enamorada Arendt. La respuesta quizá estribe en esa maravillosa expresión española, “la hora de la verdad”, tan taurina, por otro lado, y que nos lleva, también, a preguntarnos la razón de por qué somos tan poco metafísicos en la configuración de nuestra filosofía ya que en la frase se oculta su respuesta.

La correspondencia es fascinante porque uno de sus protagonistas es el autor de Ser y tiempo. Cabría preguntarse si la calificaríamos así si Martin y Fritz se hubieran convertido en dos ciudadanos alemanes anónimos y dotados de una gran cultura. De ser así podríamos sorprendernos de ver como Fritz se agiganta mientras Martin se encoge. Cabría imaginarlo pero no es así porque a pesar de los pesares Martin es el autor de libros fundamentales de pensamiento en el siglo XX. Ya lo dijo Hannah Arendt cuando acudió en defensa de Heidegger en la posguerra, al fin y al cabo cuando hablamos de Platón se nos ha olvidado sus relaciones con el tirano Dionisio de Siracusa… cierto, salvo que Hitler no es Dionisio y, sobre todo, Heidegger no es Platón.

Aquí lo dejamos.

Martin y Fritz Heidegger. Correspondencia. 1930-1947.Editorial Herder. Barcelona. 2018. 172 pp

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