ANNA MARIA IGLESIA

 

“A veces, las letras se vuelven dientes y, entre las letras, se ven pedazos de carne humana” escribe Josep Maria de Sagarra en Las dos ventanas, unas palabras que Sabino Méndez recupera bajo forma de cita en su nueva novela, Literatura universal (Anagrama), y que, de cierta manera, sirven para definir las 518 páginas escritas por el que fuera letrista de Loquillo y los Trogloditas.
Entre las palabras –los dientes- de Literatura universal el lector encuentra pedazos de carne humana, pedazos de vida reconstruida a partir de palabras ajenas, palabras robadas de esa literatura universal a la que apela el propio título del libro y que el autor engarza en cada una de las páginas, sin comillas, señaladas únicamente por la nota a pie de página donde se indica su origen. “¿Puede explicarse una historia usando las mejores palabras de los grandes escritores de la literatura universal?” se pregunta el texto de la contraportada.
Sin embargo, la pregunta que el lector se hace no tiene tanto que ver con la posibilidad de la escritura a través de palabras ajenas  -¿acaso la escritura no es precisamente esto?- sino con la construcción de la propia historia: ¿Son las citas las que construyen la historia o es la historia la que apela o reclama a las citas? En otras palabras: ¿Qué viene antes la historia o las citas?
No se trata, evidentemente, de rastrear el proceso creador de Sabino Méndez, pero sí de observar que función tiene el uso de las citas por parte de Méndez. Si bien el narrador y supuesto autor del texto afirma que, como Borges, prefiere jactarse de los libros leídos y no de los libros escritos, la función de las citas va más allá del mero lucimiento personal. El uso de las citas tiene más que ver con el papel que juega la literatura en la vida del narrador, Simón B. Sáenz Madero –un DJ exitoso que cae en desgracia y termina dedicándose a la escritura-, tras el cual alguien podrá ver a Méndez, pero que no debemos confundir con el autor, porque Literatura universal ni es una obra autobiográfica ni debe ser leída como tal.
En efecto, si tuviéramos que definir la novela de Méndez deberíamos decir que Literatura universal es un bildungsroman cuyo protagonista no es solamente el narrador, sino también sus amigos, principalmente, de infancia, todos ellos nacidos en la España de finales de los años sesenta. Si bien se narra las peripecias de una serie de amigos, Literatura universal no es propiamente una novela generacional y no lo es, en parte, porque la voz narradora no se distancia de las experiencias narradas, no se aleja de esa vida transcrita una vez vivida y que, al final, coincide con el propio acto de escritura. El narrador parece escribir no desde la distancia temporal que lo separa de lo vivido, sino de la inmediatez; el tratamiento que ofrece a las mujeres convertidas en meros figurantes a los que apenas dota- véase el personaje de la exmujer de Simón- de algún rasgo intelectual resulta sorprendente y, a momentos, chirriante. Y resulta particularmente sorprendente cuando, al final, el narrador no tiene otra opción que confesar que “la madre de mis hijos me alimenta y yo escribo.”
Sabino Méndez
La literatura le salva espiritualmente, pero es su exmujer, a la que apenas ha dotado de profundidad, la que termina por salvarlo. Este tratamiento de los personajes femeninos, tratamiento que refleja la relación que el narrador mantenía con las mujeres, solamente puede explicarse por la ausencia de distancia y, por tanto, de mirada crítica, que establece el narrador con lo narrado. Esa inmediatez a la que apelábamos antes se refleja en una escritura que busca contarlo todo antes que detenerse sobre lo narrado, es decir, sobre lo vivido.
Por todo ello, si bien Literatura universal habla de una generación, no llega a ser una novela generacional en cuanto el narrador está demasiado cerca de lo narrado y los personajes, que, aunque reflejan un periodo histórico, no son –para bien- prototipos monolíticos de una generación perfectamente identificable.
Literatura universal es la narración de la derrota de las efímeras ensoñaciones de juventud, es la constatación de que esa vida proyectada no sólo se vacía de todo sentido, sino que se vuelve en contra de quien la vive. Todo se derrumba en la vida de los personajes, los momentos de plenitud son efímeros, falsas epifanías que proyectan una vida que nunca llega a ser. “La inevitable putrefacción como afirmación de vida: construir sabiendo que se hundirá, reconociendo que no sabemos cómo acabará, construir por pura vitalidad, por el placer de hacerlo. Eso es lo que había mantenido a la civilización en marcha a pesar de todas las derrotas”, leemos en la última parte de la novela.
El narrador sigue construyendo, puede que “por pura vitalidad”, pero esa construcción ya solo tiene sentido si es a través de las palabras. Así aparece la literatura, como tabla de salvación del protagonista y como único constructo capaz de permanecer a pesar de las derrotas. La literatura para el protagonista no es redentora, ni tan siquiera dota de sentido la inevitable putrefacción de la existencia.  “Cuando pienso en mi vocación, no tengo miedo a la vida”, escribe el narrador dirigiéndose directamente a sus “buenos lectores”. Sí, la literatura no salva, pero a la literatura puede uno aferrarse y esto es lo que hace el narrador y, en parte, esto es lo que hace también el propio Sabino Méndez con las citas, convertidas en anclas se sujeción ante una vida condenada a la derrota.

 

 

Anna María Iglesia (Granada, 1986, residente en Barcelona) está terminado una tesis doctoral sobre las prácticas urbanas dentro del doctorado de Teoría de la literatura y literatura comparada. Se define principalmente como lectora. Desde hace ya algunos años ejerce el periodismo cultural como freelance, colaborando con distintos medios. El Asombrario (Público), Nueva Revista, Letras Libres, Llanuras o El Confidencial.