La novela negra suele ser un lugar de encuentros a veces indeseables, como alguien que te ordena ponerte de cara a la pared con malas intenciones. “BANG. En mucho menos de un segundo, la bala que sale de la pistola que el tipo desenfunda por sorpresa atraviesa el cráneo de la chica y provoca su muerte instantánea”.

Así empieza La chica a la que no supiste amar de la escritora y periodista Marta Robles una novela que se lee de un tirón y donde seguimos los pasos del detective Tony Roures. Un detective con el que el lector se encariña por afinidades electivas y las vicisitudes de más de media vida a sus espaldas. Roures, protagonista también de las dos novelas anteriores de Marta Robles, A menos de cinco centímetros (2017) y La mala suerte (2019), es un analizador social como todos los que ejercen su profesión en las calles o las páginas de los libros.

El detective no es un policía. En esta diferencia nace su fragilidad. Carece de la cobertura que tiene un policía y se ve obligado a emplear métodos que a veces no son legales. El policía indaga en defensa de la ley (o al menos eso debería hacer) y, lo que es más importante, está respaldado por el aparato del Estado. El detective investiga para cumplir el deseo del cliente que lo contrata.

Por su experiencia vital, Roures tiene amistades y conocidos que le ayudan en sus investigaciones sobre infidelidades, hijos ajenos metidos en problemas de drogas… hasta que surge un caso importante. A veces de una forma inesperada, aunque quien se mueve debajo de la línea de flotación siempre está expuesto a la oscuridad del fondo.

Un amigo de los viejos tiempos, de cuando fue corresponsal de guerra, le llama de forma imprevista para pedirle ayuda. Le cuenta que los chulos de una puta negra, Blessing, a la que alguien ha matado porque ya no era rentable (debido a un cáncer de mama le extirparon los senos en una operación quirúrgica chapucera), le hacen responsable de la muerte y acosan a su mujer con ritos de vudú para que él les pague un dinero por los ingresos perdidos. Este amigo, Alberto Llorens, es un putero que dio falsas esperanzas a esa chica nigeriana a la que no supo amar y que se encuentra esclavizada por las mafias gracias a los ritos del vudú.

 

 

A través de la narración, Marta Robles denuncia la trata de las mujeres reclutadas en el Tercer Mundo y el este de Europa, y que después de viajes infernales son prostituidas en condiciones de esclavitud por las mafias y proxenetas. Estos cuentan con la ayuda de una amplia red de complicidades que les permite sortear las leyes y hacer de ello una actividad cuasi legal.

Pero al igual que en la vida nada es como parece, tampoco en esta novela. Las bifurcaciones narrativas entre la trama principal y las secundarias nos enseñan un elenco variado de personajes: la jueza Carlota Aguado, amante y pareja de Roures con su doble vida. Ana Beltrán, la mujer de Llorens. El Mula, dueño del Cocoa, el club de Castellón donde han asesinado a Blessing. Su hombre de confianza, Mazinger. El Manos, colaborador de Roures con su primo Gabriel. Prieto, un mando policial dedicado a las redes de inmigración ilegal, y amigo de Roures. Amalia, la mujer infiel que se siente culpable de traicionar a su marido…

Como dice Roures, y se puede aplicar a los personajes de esta novela, “cada uno ama como puede. Algunos no pueden amar. Algunos no saben hacerlo. Algunos ni siquiera juegan limpio en el amor…”

Acompañado por su música, que viene a ser la banda sonora original de la novela con su lista incluida al final, Roures nos acompaña de Madrid a Castellón y Benicàssim para ver lo que preferimos no conocer si no somos puteros, salvo en alguna película o serie.

La violencia que sufren las prostitutas dentro y fuera del club es también el espejo de otras violencias menos evidentes. Es allí donde entra en juego la mujer de Alberto Llorens, una rica empresaria de Castellón, pero también los otros personajes en territorios más íntimos, y a los que el narrador les proporciona con acierto una voz para explicarnos sus miedos y esperanzas.

Roures no separa la vida profesional de la personal debido a la tensión de la que es testigo y que va creciendo a cada página que se lee. No condena ni absuelve. Ni siquiera a su amante, la jueza Carlota. Pero ofrece la posibilidad de un cambio en la forma de mirarnos a nosotros mismos. En el fondo hace una apuesta similar a la de Dante: pasar por el infierno sin caer en él para volver a casa más cansado pero más libre.

El destino se forja a través de encuentros a menudo fortuitos, y que nos pueden regalar fortuna y amor pero también perjudicarnos o destruirnos. Algo que este detective sabe bien. La cantidad y calidad de nuestros encuentros construyen nuestra biografía. Están tatuados en nuestra piel de una forma que sólo  conocemos nosotros porque como se lee en esta buena novela negra, nadie es fácil de amar.

 

 

 

Para saber más de La chica a la que no supiste amar, preguntamos a Marta Robles…

 

¿Qué es lo que te empuja a sentarte en una silla y escribir?

La necesidad. Sin escribir, sin contar, sin contarme a mí misma, no soy nada. Me pasa desde niña. Y desde entonces escribo a diario. No concibo la vida sin leer y sin escribir. Supongo que tiene que ver con que, cuando era una niña había algunas oscuras parcelas de mi infancia que no quería compartir con nadie. O tal vez es simplemente una característica de mi personalidad. No sé vivir sin leer y sin escribir.

Tienes a tus espaldas una sólida trayectoria de escritora con más de siete libros de no ficción y nueve de ficción publicados. Los últimos tres dedicados al detective Roures. ¿Qué te condujo a la novela negra?

Mi generación comenzó a leer con unos pequeños detectives cuyas historias ahora se habrían enmarcado en el domestic noir, ya que no eran profesionales. Me refiero a Los cinco y los siete de Enyd Blyton. Ellos y Los tres investigadores o incluso Puck, nos condujeron a convertirnos nosotros mismos en pequeños detectives. Lo cierto es que al poco tiempo, quizás a los once, me encontré con Poe y él ya consolidó mi interés por lo negro. De hecho, mis redacciones del colegio se ensangrentaron tanto, que las monjas hasta se preocuparon… Desde entonces hasta ahora, yo que siempre fui una lectora “omnívora” y leí de todo de manera indistinta y desordenada, no pude evitar ir y volver, constantemente, sobre el género negro, indispensable ya en mi vida.

¿En qué ha evolucionado la novela negra en las últimas décadas desde un punto de vista narrativo?

Bueno, creo que para empezar hay que distinguir entre el género policiaco y el negro. El primero son más bien historias de polis y cacos donde hay que descubrir el enigma, que es quién es el asesino. El género negro es otra cosa. Nace con espíritu de denuncia para señalar la corrupción y, a partir de ahí y de esos bajos fondos de Chicago se va transformando hasta llegar a nuestro días para hablar, sencillamente del mal. Es decir que la radiografía de la sociedad se agranda considerablemente y ya no solo  muestra la de la corrupción de las instituciones o a los malos oficiales, sino que se inmiscuye en el mal de cada uno de nosotros en la hipocresía de una sociedad que tolera el mal y se vuelve cómplice.

 ¿Cuál es la palabra clave que debemos emplear para adentrarnos en el universo Roures?

Probablemente dos. Una es lealtad, que es la clave del comportamiento de este personaje. Y otra es reflexión. En las novelas que protagoniza Roures siempre hay reflexión y se invita a reflexionar. Incluso sobre si la lealtad a veces cercena las herramientas para ver lo que ocurre en los entornos más cercanos.

En su despacho Roures está investigando un caso de infidelidad, otro de una mujer enamorado de un hombre perdido, hasta que aparece un viejo amigo que le habla de una prostituta nigeriana, de ritos de vudú… que le proyecta a otro escenario que será el eje central de la novela. Como creadora de Roures, qué es lo que te hace situarle en  en un determinado mundo?

En la novela Roures investiga dos casos –uno de infidelidad y otro de tráfico de pastillas adulteradas por parte de un amateur- hasta que ese viejo amigo del que hablas de cuenta la historia de una mujer prostituida nigeriana, el vudú y todo lo demás. Esa última historia es el eje central de la novela, la primera que aparece en la narración y la que está presente hasta la última página. Las otras son subtramas que enriquecen a la primera porque aportan reflexiones sobre el amor, la amistad, las dudas… y todo se engarza con lo que ocurre en esa primera trama. La idea de escribir una novela en la que cupiera la trata de mujeres con fines de explotación sexual estaba en mi cabeza desde hace más de una década. Creo que este era el momento adecuado para escribirla porque ahora el tema se conoce mucho. Tanto que a la gente ya ni le toca el corazón. Por eso era el momento de recordarle que las víctimas de trata son personas. Mujeres como las demás que sienten, sufren y enferman, como todas… Pero que están solas, que viven, aunque rodeadas de proxenetas, clientes y compañeras, en una soledad pavorosa.

¿La explotación de estas prostitutas es posible por la indiferencias de las autoridades, el vacío legal, o la existencia de una demanda?

Es posible, para empezar por la precariedad y la desigualdad social. Y por la maldad del ser humano.  Por eso hay explotación de mujeres y asesinatos, robos y violencia…Más allá de todo eso, está claro que es una patata caliente del que las autoridades no parecen querer ocuparse.  Y por eso existe un vacío legal que los proxenetas, ayudados por los abogados que les aconsejan, aprovechan para ir buscando los caminos que les permitan seguir con su lucrativo negocio. Y claro, si no hubiera demanda, si no existiera ningún putero, ningún hombre que comprara carne humana, pues nadie pondría carne humana a la venta… Yo sé que la explotación de mujeres no se acabará jamás, igual que tampoco acabarán los crímenes de diversas índoles; pero me parece imprescindible que se le pongan las cosas lo más difíciles que sea posible a los malos. Como dice el amigo policía de Roures: “solo con que consigamos salvar a una mujer, habrá merecido la pena”

 Roures ya es sesentón y desde su juventud hasta ahora, ¿qué crees que ha ganado y perdido en el camino?

Ha perdido todo lo físico, naturalmente, y parte de las ganas de la juventud, pero ha ganado humanidad, solidez, capacidad para reconocer los errores, hábito de escuchar y de ser empático… No creo que Roures fuera igual de atractivo a los 20. A veces pasa…

Dime de estos tres valores cuales son los que más aprecias: Valor, lealtad o inteligencia. ¿Y si tuviera que responder Roures?

A estas alturas de mi vida, lo que más aprecio en un ser humano es la bondad. Más que el valor, la lealtad o la inteligencia. Pero debo decir que creo que la lealtad es un territorio en el que la bondad se mueve con soltura. Y también que las personas inteligentes saben que no hay nada que provoque mayor satisfacción que la bondad. Respecto al valor, a mí que soy una insegura compulsiva y que escribí un libro titulado “Haz lo que temas”, comprenderás que es algo imprescindible. Pero en la medida de cada cual. Quiero decir que la valentía a veces no es enfrentarse a gigantes sino a carencias. A Roures el valor se le supone. No se puede ser corresponsal de guerra y no tener valor. Así lo creo.

De la banda sonora que acompaña a tu novela, y de la que publicas la lista, ¿cuál crees que representa mejor la trama amorosa de la novela entre Roures y la jueza?

Pues es que son varias las canciones que tienen que ver con los distintos estados de ánimo por los que atraviesa la propia trama amorosa. La vida rosa, de los Romeos, Fade into you, de Mizzy Star, los distintos temas de Prefab Sprout que aparecen en el texto, Last Goodbye de Patrick Buckley y desde luego No one’s easy to love de Sharon Van Etten.

 ¿Quieres añadir algo?

Solo que escribí está novela con el deseo y la convicción de que le tocara el corazón a los lectores. Y creo que lo consigue. Roures y yo estamos agradecidos y satisfechos.

 

 

 

Marta Robles es licenciada en Ciencias de la Información, rama periodismo, por la UCM y lleva treinta años ejerciendo su profesión en todo tipo de medios.

Comenzó su carrera profesional en la revista Tiempo y desde entonces nunca ha dejado de colaborar en distintas publicaciones como Panorama, Man, Woman, Elle, Carácter, Wapa, XL Semanal, el Magazinede La Vanguardia, Grazia, La Gaceta de Salamanca o La Razón.

En televisión ha trabajado en Canal 10, TVE, Tele 5, Antena 3, Canal 7, Telemadrid, Canal Sur y Dkiss, en todo tipo de formatos informativos y culturales, casi siempre dirigidos y presentados por ella misma.

En radio ha dirigido y presentado programas en Radio Intercontinental, Cadena Ser, Onda Cero y EFE Radio, y ha colaborado en Punto Radio y Es Radio.

Ha escrito siete libros de no ficción: El mundo en mis manos (1991), La dama del PSOE (1992), Los elegidos de la fortuna (1999), El catálogo del Parque Oceanográfico de Valencia (2003), Madrid me Marta(2011), Usted primero (2015) y Haz lo que temas (2016); y ocho de ficción: Las once caras de María Lisboa(2001), Diario de una cuarentona embarazada (2008), Don Juan (2009), Luisa y los espejos (2013) —Premio Fernando Lara de Novela—, Obscena, A menos de cinco centímetros (2017) —finalista en el Premio Silverio Cañada de novela negra de Gijón—, HNegra (2017) y La mala suerte (2018).

Actualmente colabora en La Razón, La Gaceta de Salamanca, Objetivo Bienestar, Amigas y conocidas(TVE), Espejo Público (Antena 3) y El Cascabel (13TV).

Además participa regularmente en mesas redondas, charlas y coloquios e imparte conferencias por toda España.

Entre sus numerosos premios cabe destacar el TP de Oro, dos Antenas de Oro, dos de Plata, el Woman de Oro, el Premio Nacional de Comunicación o el Premio PR a la periodista más querida de Madrid, además del Premio Fernando Lara de novela.

Vive en Madrid, está casada y es madre de tres hijos.