ROLAND BARTHES.

Después de frecuentar un
teatro-discoteca de París, que estuvo de muy de moda a finales de los años
setenta y comienzo de los ochenta, el filósofo y ensayista francés Roland
Barthes
(1915-1980) escribió un texto que publicamos a continuación. Fue
recogido, junto a otros textos más, en un libro póstumo que se llamó Incidentes
y que fue publicado, en español, por la editorial Anagrama. Nada mejor que
traerlo a esta sección del blog para recordar cuando París era una fiesta
distinta a la de Ernest Hemingway pero más divertida.
Jean Pierre M.
Confieso que soy incapaz de
interesarme por la belleza de un lugar si no hay gente dentro (no me gustan los
museos vacíos), y, recíprocamente, para descubrir el interés de una cara, de
una silueta, de un traje, para saborear el encuentro de estas cosas, necesito
que el propio lugar del descubrimiento posea su interés y su sabor. Esta es,
posiblemente, la razón por la que me seduce el Palace. Estoy a gusto allí. Es
moderno, ¿muy moderno? Y, sin embargo encuentro en el Palace el antiguo poder
de la verdadera arquitectura, que consiste al mismo tiempo en embellecer los cuerpos
que se mueven y bailan en su interior y en animar los espacios y los edificios.

En
nuestros días, los teatros mueren con facilidad. La sala donde vi interpretar a
Beckett por primera vez se ha convertido en un garaje; otras salas pasan a ser
cine, dejan su lugar a nuevos inmuebles. El Palace es un teatro salvado.
Primero, porque en él se van a ofrecer espectáculos. Luego, porque, del teatro
que fue en sus orígenes (y en reiteradas ocasiones), se ha salvado todo: el
escenario, el telón, el anfiteatro, la platea -transformada en un parqué
elegante, pero desde la que podrá verse el espectáculo, de pie o sentado sobre
cojines-, los amplios accesos forrados de terciopelo rojo. Emoción siempre:
subir unas escaleras y desembocar en un espacio amplio, recorrido por luces y
sombras; entrar de repente, como un iniciado, en lo sagrado de la
representación (incluso, o sobre todo, cuando, como aquí, el espectáculo está
por toda la sala). Teatro: esta palabra griega procede de un verbo que
significa ver. El Palace es, por cierto, un lugar dedicado a la vista: uno pasa
un buen rato mirando la sala, y , cuando deja de bailar, mira de nuevo.
El Palace está bien
proporcionado. Eso significa que no se pasa miedo (se dormiría a gusto). Si es
demasiado pequeño, un teatro se vuelve sofocante; si es demasiado grande,
resulta glacial. Se puede circular de arriba abajo, cambiar de sitio a
discreción, libertad siempre frustrada en los demás teatros, donde a cada uno
se le asigna una butaca, la que corresponde a su entrada. Sin embargo, la
libertad no es suficiente para que nazca un buen espacio. Algunos experimentos
han demostrado que una cobaya blanca daba señales de  gran ansiedad cuando
lo colocaban en un escenario vacío, desprovisto de toda referencia. Para
sentirme a gusto en un lugar es necesario, en efecto, que pueda pasar de una
referencia a otra, instalarme lo mismo en un rincón que en una plataforma, y,
como un Robinson feliz en su isla, poder pasar cómodamente de una casa a la
otra. En el Palace, los lugares reconocibles se multiplican: salón para
conversar; bares para las citas, para descansar entre dos bailes; mirador para
sumergirse, más allá de la regularidad de las balaustradas, en el inmenso
espectáculo de la danza de luces y cuerpos. En cualquier lugar en que me sitúe tengo
la misma impresión divertida de estar ocupando una especie de palco imperial,
desde el que dirijo los juegos.
El gran material del arte
moderno, del arte cotidiano, ¿no es acaso la luz en nuestros días? En los
teatros ordinarios, los focos de luz están situados a distancia, y ésta incide
plana sobre el escenario. En el Palace, el escenario es la totalidad del
teatro; la luz ocupa un espacio profundo, en cuyo interior ella misma anima e
interpreta su papel como actor.

Un
laser inteligente, de espíritu sofisticado y fino, como un titiritero de
figurines abstractos, produce rasgos enigmáticos, con mutaciones bruscas:
círculos, rectángulos, eclipses, rieles, cuerdas, galaxias, espirales. Lo más
notable no es la proeza técnica (por lo demás, todavía rara en París), sino la
aparición de un arte nuevo, en su material (una luz móvil) y en su práctica,
pues se trata de un arte público en la medida en que se desarrolla entre el
público y no frente a él, y de un arte total (viejo sueño griego y wagneriano)
en el que se combinan centelleos, músicas y deseos. Eso quiere decir que el
arte, sin romper con la cultura del pasado (la escultura de un espacio con
laser recuerda bastante las tentativas plásticas de la modernidad), se
despliega fuera de los límites de la sumisión cultural. Liberación marcada por
un nuevo modo de consumo: se observan las luces, las sombras, la decoración,
pero entre tanto se hace también algo más (se baila, se habla, se mira),
práctica que ya conocía el teatro antiguo.

En el Palace no estoy obligado a
bailar para estalecer una relación viva con el lugar. Solitario o, por lo
menos, un poco, un poco aparte, puedo soñar. En este espacio humanizado puedo
exclamar de pronto: «¡Qué extraño es todo esto!». Extraño el viejo
telón del escenario, donde puedo leer un anuncio ilustrado de la French Line:
Le Havre-Plymouth-New Cork (me resulta curioso que de todos estos sitios,
Plymouth es el que excita mi imaginación, ¿debido tal vez al mito romántico de
la escala?). Raros son los bailarines sombríos (por los efectos del contraluz)
entre la niebla que cubre por momentos la pista, articulados como marionetas
bajo un techo de rayos verdes y rojos. Curioso el espejo oscilante. Curiosos
los frescos de color pardo, vagamente griegos, que corren como una sabiduría un
poco retro a lo largo del friso.
El Palace no es una boîte como
las demás, reúne en un lugar original los placeres habitualmente dispersos: el
del teatro como edificio amorosamente preservado, que resulta un gozo para la
vista; la excitación de lo moderno; la exploración de nuevas sensaciones
visuales, debidas a técnicas nuevas; la alegría del baile; la magia de los
encuentros posibles. Todo ello, reunido, se convierte en algo muy antiguo
llamado fiesta, algo muy distinto de la distracción: todo un dispositivo de
sensaciones destinado a hacer feliz a la gente durante una noche. Lo nuevo es
esta impresión de síntesis, de totalidad, de complejidad: estoy en un sitio que
se basta a sí mismo. Por este suplemento, el Palace deja de ser una simple
empresa y se convierte en una obra, algo que permite a los que los han
concebido que se consideren unos artistas.
¿Le
hubiera gustado a Proust? No lo sé, ya no hay duquesas. Sin embargo, asomándome
desde arriba a la platea del Palace sacudido por rayos de colores y siluetas
que bailan, adivinando a mi alrededor en la oscuridad de las gradas y de los
palcos descubiertos un permanente vaivén de cuerpos jóvenes sumergidos en
circuitos desconocidos, me parece encontrar otra vez en el Palace, traspasado a
nuestros días, algo que leí en Proust: aquella velada en la ópera cuando la
sala y los palcos formaban, bajo la mirada apasionada del joven narrador, un
medio acuático, suavemente iluminado por broches, miradas, diamantes, caras,
gestos esbozados como los de las diosas marinas, en medio de las cuales reinaba
la duquesa de Guermantes. En definitiva, sólo una metáfora que acude desde un
lugar distante de mi memoria y viene a ofrecer al Palace un último encanto: el
que heredamos de las ficciones de la cultura.