Corpus Barga y Julián Zugazagoitia. Casa del Pueblo de Madrid, 1933. Foto de Santos Yubero

Durante una cena familiar celebrada hace tiempo, me contaron un episodio de mi tío abuelo, Corpus Barga, que creo que es merecedor de que trascienda el ámbito de la familia. Para entender mejor el personaje sólo decir que Corpus Barga fue el seudónimo de Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna (era tío de Ramón Gómez de la Serna).

Corresponsal del diario madrileño “El Sol” en el París de entreguerras, fue un testigo privilegiado de los grandes acontecimientos de la primera mitad del siglo XX. Amigo de Baroja y Valle-Inclán, se trató con la intelectualidad española y europea de su momento, y desde su atalaya parisina supo hacer de la crónica un género literario. Como escribió Unamuno de un artículo suyo, “a pesar de no aparecer más que informativo, hay ‘cosas’: basta el modo con que está todo en él contado”.
Para quien esté interesado en leer algo suyo, puede acudir a la recopilación de artículos, editados el año pasado por Arturo Ramoneda con el título “Periodismo y literatura”, dentro de la colección Obra Fundamental, de la Fundación Banco Santander.
Como hombre de su tiempo, Corpus tuvo múltiples intereses incluso contrarios entre sí. De este modo, su afición por los adelantos técnicos (en 1919 viajó en un biplano desde París a Madrid y, en 1930, cubrió el primer viaje en zeppelín a Suramérica) se contradice con esas historias de un tiempo perdido que retrató magistralmente en sus memorias sobre la vida española a caballo de los siglos XIX y XX, y que tituló “Los pasos contados”.
Quienes tuvimos la suerte de conocerle, sabemos de un pensamiento capaz de unir el hilo que une dos ideas opuestas. Y también de las contradicciones de su vida, como reflejan los testimonios de dos literatos de su época.
Vecino del Madrid de los Austrias, Ernesto Giménez Caballero nos cuenta haber visto a Corpus Barga salir todas las tardes de un palacio de piedra gris en compañía de su hermano, un perro “aristárquico” y un criado. Pasan los años y el “cuasi infante” de Giménez Caballero se transforma en un “joven alto, rubio y de ideas un tanto subversivas”, como lo describe Baroja en sus memorias.
Pero el camino que conduce del palacio madrileño a la anarquía tiene unas características distintas a la de otros miembros de la Generación del 98 que simpatizaron con la acracia, como Azorín, Gustavo de Maeztu o el mismo Baroja. Corpus Barga, más joven que ellos (nació en 1887), llegó a militar en una célula anarquista que preparaba un atentado.
Su conversión al anarquismo se produjo cuando su padre, senador por uno de los distritos de Córdoba (tenían una casa solariega en un pueblo de la serranía cordobesa, Belalcázar), le envió a visitar las minas de Peñarroya. En cierto modo se trataba de un viaje de estudios, ya que Corpus se iba a matricular en la escuela de Ingenieros de Minas. Una vez allí hizo amistad con un capataz anarquista que le servía de guía. Este hombre le explicó la ideología que podía remediar la terrible explotación que sufrían los mineros y que, grosso modo, venía a resumirse en “yo no quiero mandar en nadie ni que nadie mande en mí”.
Impresionado por las condiciones de vida de los mineros y sus familias, a su regreso a Madrid Corpus siguió la senda que ya habían recorrido otros jóvenes rebeldes. A las lecturas de Nietzsche, Tolstói, Dostoyevski, Bakunin, Eliseo Reclús… se suceden las tertulias de los cafés y las visitas a las redacciones de los periódicos más extremistas con un artículo en la mano. La consecuencia de todo este activismo literario y político es el abandono de sus estudios en tercero de carrera. Sin embargo, mantiene en secreto su deserción por la devoción que sentía hacia su padre. Sólo lo hará público cuando éste muera en diciembre de 1907, unos días después de su mujer. Entonces la casa queda a cargo de los dos hermanos mayores, Eulalia y Pedro.
Es a comienzos de 1908 cuando Corpus Barga se encuentra en el cenit de su compromiso anarquista. Según le contará más tarde a su hermana Eulalia, con la que mantendrá una estrecha relación a lo largo de toda su vida, frecuenta a un grupúsculo anarquista. Por lo visto, éstos no tomaban demasiado en serio a este joven con “el aire un poco decadente de pollo de la burguesía” con que lo vio un día Baroja. Él, a su vez, enamorado de una joven anarquista (en ella se basará para hacer el retrato de Sole, una de las protagonistas del tomo tercero de sus memorias, “Las delicias”) quiere demostrar que su deuda con la causa va en serio.
En una de estas reuniones se habla de pasar a la acción directa. Corpus hará valer su relación familiar con el jefe del parque de artillería de Monteleón, situado en Malasaña, y dirigido por un tío suyo, el coronel Rafael Jabat, que estaba casado con la hermana de su madre. Los anarquistas deciden aprovechar el 2 de mayo para atentar contra las autoridades civiles y militares que asistirían al acto castrense que se celebraba con motivo de tal festividad, y en el que iba a participar el rey Alfonso XIII.
Todos los militantes de aquel círculo de exaltados piensan que nadie mejor que Corpus Barga para acudir a la celebración sin levantar sospechas y arrojar una bomba.
Pero tres días antes de la fecha elegida, Corpus Barga se echa para atrás (no sólo su tío era artillero sino que también su hermano preferido, Rafael, que se encontraba en la Academia de Artillería). Entonces confiesa a sus hermanos mayores su difícil situación: “Me han escogido para cometer el atentado, si no lo llevo a cabo como he jurado tomarán represalias en contra mía”, les dice.
Eulalia y Pedro deciden quitarlo de la circulación y mandarlo a Belalcázar y donde Corpus redactará su primera novela, “La vida rota”, que apareció en 1910. Aburrido de encontrarse en un lugar donde nadie puede entenderle, apenas tres meses después se escapará de su encierro para emigrar a América, aventura que culmina con su repatriación en penosas condiciones.
Si como escribió el poeta T.S. Eliot “lo que pudo haber sido y lo que ha sido tienden a un solo fin, siempre presente”, en el caso de Corpus Barga esta experiencia le sirvió para abrazar un republicanismo más intelectual que político. Un ideal que, desde su independencia, defendió siempre y le obligó al final de la guerra civil a exiliarse, primero en Francia y después en Lima, ciudad en la que murió en 1975.