Antonio Gastón, en la sala El Sol de Madrid. ROBERTO MOLINOS
Hace unos meses publicamos en “Libros, nocturnidad y alevosía” una entrevista con Antonio Gastón, el dueño de la mítica sala El Sol y personaje único de la noche madrileña. Con motivo de su fallecimiento, el pasado 23 de febrero, reproducimos el artículo publicado ayer por Miguel Mora en el diario El País.  

Antonio Gastón nació en 1937 en San Sebastián y murió ayer en Madrid, a causa de un cáncer que no se quiso tratar, en su cama, en su casa, riéndose hasta el último día y arropado por su mujer, Elena, sus amigos y sobrinos. El 23 de febrero. Era previsible que un bohemio como él, un purasangre de la libertad, fuera a palmar el día del aniversario de aquel golpe grosero. Gastón era un arquitecto con pinta de francés elegante metido a español de forma transitoria, y sobre todo fue un mito de la noche de Madrid, quizá el primero que hubo en la movida-Transición y seguramente el último mito noctívago que quedaba tras la muerte del maestro Enrique Morente hace dos meses. Sin tener mucho que ver, salvo por la vena artística que le empujaba cada noche a interpretar las coplas de Marifé de Triana sobre el escenario, enredándose en las cortinas rojas inolvidables, los dos eran personajes caóticos y únicos, con un enorme carisma y una legión de incondicionales. Los dos trabajaron, sin hacerlo, en la misma escuela: la noche, la cultura y la educación sentimental.
Gastón y su escenario de las cortinas rojas eran El Sol, el garito madrileño más bonito, libertario, liberal y libertino del flamante Madrid democrático. Abrió sus puertas en la calle Jardines, 3, a un paso de Montera, en 1979. Gastón condujo con arte y sin un mal gesto hasta 1993, cuando con buen criterio dejó la sala antes de quemarse con ella. Durante su reinado, fue el emperador de Madrid. El Chicote de la Movida. La foto de Roberto Molinos resume su influjo: esa era la primera estampa que se divisaba al bajar la escalera curva de cine y doblar el círculo dorado, el espejo y la señora del guardarropa: Gastón pareciéndose a Alain Delon con su Moët Chandon, sus paquetes de Winston y sus canutos.
Como el maestro de ceremonias y las cortinas, todo era impecable y de seda. Los camareros jamás se enfadaban ni se alteraban por nada; el maître, Rafita, como en toda casa seria, atendía todo tipo de necesidades. Arriba, Fernando, el más flaco y menudo guardián de la larga historia de los locales nocturnos, toreaba por naturales. La música no tenía rival: el dj, Miguel Domínguez, Domi, viajaba a Londres y Nueva York en busca de los últimos vinilos, y su cabina era la encarnación del neologismo cool y de la incipiente modernidad cosmopolita. Y de remate, en la puerta, a la salida, Chuso: “Hay bocatas automáticos, se comen solos”.
Y luego estaba la fauna. Heterogénea, freak, artística, impasible, un espectáculo diario. Terele Pávez bebiéndose el alba con Félix Rotaeta; los amigos y amigas de Gastón; Benet y Vicent, y Paco Umbral y sus poetisas; las chicas más guapas del mundo siempre sin novio (o eso parecía); gais a su bola, aristócratas pijas bailando con chicos de Vallecas; rockeros, mods y punks en santa compaña, quinceañeros, reporteros acabando con la cosecha escocesa…
Echando la vista atrás, la tarea de Gastón para que aquello no desembocase en una tragedia diaria fue ingente. Su estilo principesco contagiaba a una tropa deslavazada que aprendía a vivir. Pese a todo, ligar se ligaba poco, porque el objetivo nunca era irse, sino aguantar hasta el cierre de las cinco, cuando Domi encendía las luces y pinchaba la Marcha Número 9 de Pompa y Circunstancia. Pero si somos justos, la lambada con Aitana, la mirada dulce de Emma Suárez, la charla del primer amor serio y el cierre de la transacción definitiva cuajaron allí…Sin moverse apenas de su mesita, Gastón impartió una lección de vida. O como escribió Luis de León, “una obra escénica y vital”: ser generoso sin presumir, hacer que los demás lo pasen bien, nunca quejarse de nada y divertirse hasta el último suspiro. Su viuda, Elena Figueras, cuenta que llevó el cáncer con gran dignidad. “El lunes le pregunté si le dolía y me dijo: ‘La punta de la nariz’. Contaba que este último año había sido el más feliz, ordenado y sereno”. Tan sereno que le dio un intenso rapto místico, lo que encaja con su esencia de Rey Sol y sumo sacerdote de la libertad. El epitafio lo puso el oncólogo cuando se despidieron: “Gracias Antonio por los buenos ratos”.


MIGUEL MORA
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Antonio Gastón