La vida bohemia. Alfred Pages

Me junté con lo mejor de la época: las élites de Bruselas, el París bohemio, los Rosacruces con sus genios y sus esperpentos, con todo tipo de extravagantes, con la Banda de Picasso, los salvajes pelirrojos Vlaminck y Van Dongen. Yo era el salvaje español entre galgos, caballos, reses bravas y muchas damas. “Picador” me decían los amigos, unos por mi aspecto y mis cuadros, otros por la vida íntima que me suponían.

Tierras Charras, Andalucía, Sevilla, mi hija Elvira que nació en esta ciudad, entre las corrientes al óleo que salían de los talleres de Zuloaga, que vivimos puerta con puerta en el mismo edificio. Ignacio sí es un grandísimo pintor, y su éxito merecidísimo. Yo le decía a Unamuno que a Ignacio Zuloaga era el único que envidiaba en esto de los pinceles. Celebro su éxito y su amistad, como recuerdo ahora a mis queridos Echevarría, a Manuel Losada, a todos mis buenos amigos vascos. Yo nací en Santander, pero me siento de Motrico, (que mi santa madre Joaquina me perdone), porque los vascos nacemos donde nos da la gana. Pero adoro también Santander. Mi primera infancia. Mi tío Elviro, cómo era.

Y recuerdo Córdoba, su gente y sus patios. Al relimpio, claro y oscuro que es su principal personaje artístico, Julio Romero de Torres, al que no han parado de increparle y con quien hice, ya muy fastidiado de la pierna, mi último viaje a Italia. A Julio le han tratado tan mal como a mí. Se han atrevido a increpar moralmente a un pintor que pinta como pinta y que nació en un museo, porque tiene gracia la cosa, Julio nació en una sala del museo que dirigía su padre y casi lo hace enmarcado y colgado a la pared.

España cruel. A garrotazos nos pintó Goya, a garrotazos. España negra que yo he visto de colores. Los colores de los jardines de La Concepción. (Amiga Amalia, amigo Rafael, Horacio que no descansas. Echevarrietas y Echevarrías, portentos de la naturaleza, cuanto tengo que agradeceros que me hayáis convidado en vuestro Paraíso y siempre me hayáis ayudado como lo habéis hecho.) Cuántas noches insomnes de tertulias infinitas. Años en Málaga y en ese sub-trópico que mis anfitriones crearon con sus jardines, y que pude disfrutar en momentos tan difíciles como fueron los que siguieron al ingreso de Marie Joséphine en el convento de Mondragón.

¿Cómo le explicaría esta locura que ahora me toca sufrir a una enferma de la cabeza? Se reiría al verme sin una pierna. ¿Nous partons? Me diría con un frío gesto. Puede que me increpase. Seguro que se reiría del corredor de fondo y puede que llorase de ver esclavo a quien fue tan libre, libertad que ella no ha disfrutado, la pobre. Lo cierto es que no es momento ahora de pensar en estas cosas, se me iría el tiempo y me colmaría de sufrimiento.

“Pobre Iturrino” me llama Unamuno, que tiene opinión de todo y al que respeto por más que se meta en todos mis asuntos, claro que un escritor tiene que hacer eso y él es él. Como Ramón de la Serna, que no se contenta con decir todo tipo de barbaridades, sino que le gusta hacerlo en público y se empeña en dejarlas publicadas. Menos mal que me quiere y le gusta lo que hago, porque se atreve a decir de todo de mí, unos días me llama Landrú (todo un asesino), otros me dice que soy un pintor moro de la morería, y en otros extremos, en ocasiones, que mi pintura es la de un Tintoretto, que menos mal, que ya me gustaría. Tintoretto, genio de verdad, también fue adicto al opio, como lo soy yo. Maldita enfermedad. Ya me gustaría poder enfrentarme a grandes muros y lienzos como el maestro veneciano, que ahora sólo me espera, sólo tengo este pequeño caballete a mi lado. Ya me gustaría volver a leer en alguna crítica que me salgo del lienzo. Menudo con el Tintoretto.

Tintoretto, autorretrato

Todo me gustaba y todo me gusta. He disfrutado con muchísimas cosas. Muchos me han dicho, Paco, tú eres un vividor. Y sí, sí lo he sido, casi plenamente. No me importa decirlo. Nunca me dije no a nada, nada me puso freno. He tenido la suerte de tener amigos estupendos aquí y allá. En España, me dice el estupendo Corpus Barga, que me visita algunas mañanas, que también quieren organizar un fondo de ayuda a mi persona, los Artiach y demás en el País Vasco y Madrid, y creo que Pichot en Barcelona, una beneficencia conmigo como la que han hecho mis amigos franceses. Les estoy agradecido, son conocedores de mi ruina, algo que me fastidia como no tendría que hacerlo pues soy responsable de la misma. Que me encuentre en la situación económica en la que me encuentro. Todo lo de Vollard, voló, y cuando empezaba a vender, no sé lo que ha pasado. Madrid y París no son ciudades baratas, ciertamente. En una y en otra precios caros y el tener que hacer mucha vida social, vida doble, dos Chats Noirs, dos mundos de celebridades y compromisos, dos talleres, y mi descalabrado “sin parar” que no me ha permitido reparar en mi catastrófica economía.

No hay campesino ni caballista de los Arribes del Duero o de las serranías cordobesas que no tengan un retrato hecho por mí, tengo kilómetros de tela -que decía el otro- en sótanos y buhardillas, y sin embargo mi cuenta en el banco de mi amigo Rafael Echevarría es cero coma cero. Ya me lo decía mi padre, desastroso, Paco, eres desastroso. Que si pensaba que mi vida iba a ser la verbena de La Paloma, y en algún momento en exceso irreverente, le dije que no me importaría que así fuese, que mientras se convocaba la verbena, me iba de romerías y tientas.

Nací para la bohemia y las artes como le decía a mi camarada de juventud. mi buen amigo belga Henri Evenepoel, cuando me retrató como lo hizo antes de morir de malaria. Lo hizo con tanto éxito que casi me convierten en un cartel publicitario. Marca española. Al menos di una imagen poderosa de un caballero artista español, nada de monteras, trabucos o panderetas. Aquel fue un retrato sonado. Aparezco más chulo que un ocho, aunque con la mirada un poco turulata. Tan rara como enfadado parezco en el retrato de André Derain al que también agradezco las visitas que me ha hecho en La Charité. De los retratos que me han pintado el que más me gusta es el de Juan Echevarría, el traje que me puso y el amarillo mostaza de la corbata, el careto triste que impide pensar lo bien que me lo estaba pasando aquellos días entre el Paraíso Terrenal de los Echevarrieta y ese Madrid que no perdonábamos salir una noche. Muchos se creyeron lo de “Pobre Iturrino”, y la verdad es que prefiero que me digan triste y pobre que fanfarrón enloquecido, ni lo uno, ni lo otro. Bueno, ahora pobre sí soy, y mucho, y triste lo estoy un rato. De fanfarrón sólo tengo la “f”, la de fracaso.

Siempre he amado mi tierra vasca y a Santander. Mi tío Elviro que me regaló mi primer lápiz es mi gran recuerdo de niñez. Él me enseñó hacer los primeros dibujos y a poner mis manos en las teclas del armónium que él tan bien tocaba y que yo tan mal lo he hecho. El tío Elviro hizo feliz mi infancia y encendió mi pasión por las artes. Quizás sea artista por él, no por frívolas apuestas como algunos supo- nen, o que yo les he hecho creer, que no sabría decir ahora. Lo cierto es que no decía una palabra y ya hacía garabatos, de chaval pasaba horas en silencio jugando con mis lápices, guardando siempre mi cuaderno que luego perdía o tiraban.

Darío de Regoyos. Hernani

Decía que amo el País Vasco y resulta que donde menos he parado ha sido en Motrico donde siempre quise tener mi taller principal. Bilbao siempre me trató bien y yo siempre he querido a aquella ciudad. Fue mi primera juventud, fueron mis primeros amigos e inquietudes. Los chicos que fundarían el Kurding Club, que casi todos siguen y seguimos liados en esto de las artes, que tan bien lo pasamos aun siendo todo tan difícil como lo era, aunque bien es cierto que mis amigos más problemas no tenían que no fueran los de las artes y el cómo divertirnos. Los Basterra, los Aznar, (los “Golfos de Vizcaya”), Orueta, tantos, todos iban pasando por París, Manuel Losada a la cabeza. Todos con ánimo intelectual, artístico y libertino. Ideal. París era el faro. Lo es.

En París la agitación fue la propia de aquel tiempo, tendré que pensar algún día en contar nuestros días en Montmartre, las ilusiones y los trastornos. El ambiente que vivíamos, rondas, parrandas, verbena, los Bals musettes, las modas del Can-can y mucha locura efervescente como el champagne que bebíamos cuando podíamos con nuestros amigos visitantes en el Moulin Rouge, en las tertulias en el casi facineroso au Lapin Agile.

Josèphine y yo nos las veíamos felices pero murió nuestro hijo Elviro, nuestro primogénito, al poco de nacer. Ello no nos paró. Teníamos todas las ilusiones del mundo. Íbamos y veníamos sin parar a Bruselas, donde todavía estaba Evenepoel y Octave Maus, el jefe de los Vingt y de casi todo, que nos trataba con la deferencia que pensaba merecíamos como amigos de Regoyos, quien también nos recibió en París.

Darío siempre una luminaria en el camino de mi vida. Diez años ya que murió sin poder hablar, un terrible cáncer de lengua. Lo despedí en Barcelona. Darío fue un gran hombre, tampoco podía parar, era un artista integral. En el recuerdo tengo también sus lamentos a la guitarra que tan bien tocaba, extraordinario intérprete. Parecía ir siempre por delante de todo. Barcelona, también quiero a esa ciudad. Cuántos amigos y cuanto ambiente. Ramón Casas, Santiago Rusiñol, el bueno de Isidre Nonell, un santo, Ramón Pichot. Los más grandes y muchos más. No lo pasábamos mal a un lado y otro de las Ramblas, en las Galerías Laietanas, en las noches del Paralelo, ciudad de cabarets y amaneceres interminables. No era París, desde luego, pero tenía un ambiente fenomenal. En Francia eran los catalanes los más activos de los españoles.

Anglada Camarasa. El mantón

No lo sé bien, pero la verdad es que de nuestra generación llegamos todos en los mismos años, unos con mayor suerte que otros, con más o menos permanencia, pero algunos tuvieron inmediato éxito, Anglada Camarasa, mi querido Ignacio Zuloaga que tan bien casó con Valentine. No digo nada del dios malagueño, o de Paco Durrio, amigo de Gauguin desde el principio.

Familiarmente nuestras fugas de París queríamos fueran al País Vasco, pero resultó que los primeros años juntos Marie y yo derivábamos a Castilla, a Salamanca, y luego a mi adorada Andalucía, dorada de oro, unos paisajes muy distintos a los Cantábricos en que me crié y en los que estábamos viviendo. Buscaba el sol. Tras el Cantábrico, sus bosques, sus playas, mi vida se había desarrollado en Bélgica y el frío y húmedo París. Buscaba sol, Salamanca fue el destino.

Hasta que me casé en Córdoba tras la denodada insistencia de mi tío Prudencio, mis padres no recibieron a mi mujer y nosotros, rebeldes, estuvimos diez años enfrentados por esta cuestión con mi padre, una estupidez por ambas partes, pero somos así, somos Iturrino y somos vascos. Mi padre no podía entender mi manera de vivir, y yo no podía aceptar las ofertas que me hacía con un futuro administrativo o semejante que era la intención de aquel padre engañado durante mis presuntos años de estudio. Alma de ingeniero, mi padre no soportaba la bohemia. (Gracias, madre, por todo lo que me diste, lo que soportaste, como nos ayudaste.) No quiero pensar donde quiero que me entierren. En Motrico puedo suponer. En Santander querría mi madre, o aquí, en alguna loma frente a este mar, en el encantador cementerio junto la ermita de este pueblo que me acoge. Con las brisas azules en la eternidad de este Mediterráneo antiguo y bellísimo.

¿Pero qué eternidad estoy hablando? Mis huesos no son eternos, sencillamente, no son. Una pierna me ha desaparecido. No tiene ninguna gracia. ¿Qué es esto? ¿Qué es esto para mí? No quiero pensar estas cosas pero tengo cierta sensación de enterrarme en vida en esta casita en la que voy a vivir, y en la que no quiero parar de pintar, aunque me vuelva loco. Recuerdos. No pudiendo moverse lo que uno quisiera, me queda la memoria, pero realmente quisiera la acción, pintar, viajar, cuidar a mis hijos.

Recuerdos. Los vascos amamos Castilla y yo más. Venía de la húmeda Bruselas, del frío París. Los campos charros eran y son luz y sol, silencios sólo perturbados por mugidos y relinchos. Ledesma es un preciosísimo pueblo que casi convertimos en capital de las artes con tantos amigos artistas extranjeros como vinieron, que, por uno u otro motivo, pasaron por la villa, pasearon por sus murallas. Las casas que tuve fueron todas preciosas, a las puertas de la ciudad una, con un claustro de moreras inmensas la última. Allí empecé a pintar como yo quería hacerlo, a pleno sol, con toda la luz que hasta ahora no había tenido en los estudios y calles de París. Me decidí a quedarme en las tierras salmantinas. Mi taller sería la naturaleza, mi caballete los mismos árboles en los que perdía mi mirada en su abierta fronda. Mis modelos los toros, los garrochistas y caballos, las mujeres a las que adoro.

Veneré a mi madre Joaquina, amé a Marie Joséphine, todas las mujeres me enamoran, y me gusta que se amen y me quieran. Lo he dicho y lo he pintado, me gusta la fiesta que es la naturaleza salvaje. Soy salvaje, dicen que soy fauve. Lo soy. ¿Un ansioso? Puede. Como dijo Ramón en la tertulia de Pombo, que conmigo todo eran “multitudes”, y quería referirse a cientos de mujeres. ¿Las mujeres de mi vida? Me gustaba pintarlas vestidas y desnudas, y seguiré haciéndolo, claro que mi estudio actual es un poco pequeño para hacerlo desnudas y se acabaron “ las multitudes”.

Unamuno nos convocó a muchos, nos presentó a todos. De alguna manera fue uno de los que más influyó en todos nosotros. Sabía de todo y de todo escribía. Él me presentó a Baroja, a Maeztu, a Juan Ramón Jiménez, las estrellas del firmamento intelectual de la época. En el Novelty de la Plaza Mayor de Salamanca nos convertíamos en sedentes peripatéticos mentales en torno al Sabio que se había convertido don Miguel, elegido rectordela Universidad de Salamanca siendotanjoven como era. A mí me quería mucho. Echevarría le ha hecho un buen retrato, varios buenos retratos. Él y Zuloaga han dejado memoria de toda esta iconografía de buenos escritores e intelectuales.

Alexander Steinlen. “El Gato Negro”

Aún conocí a más escritores y periodistas en El Gato Negro, la tertulia que organizó José Mari Soltura cuando se vino de Bilbao a Madrid, dejando los archivos y bibliotecas por la buena vida y la beneficencia. Allí estaban todos también, el extravagante Valle-Inclán, amante de los números, de montarlos. En el Café Pombo me hicieron socio honorífico el día de los Santos Inocentes. Buen día, al menos muy especial. Pues yo era un inocente, bien es cierto.

Aquel café, su sótano, su “Sagrada Cripta” era el reino de Ramón Gómez de la Serna, todo un elemento al que, como he dicho, tengo que estar agradecido, y con él a su amigo Solana que tanto pinta y pinta tanto. Allí, en el Pombo, me encontraba a mi querido José Cabrero de Santander, el joven Bergamín, más original que ninguno, que todos. Ya conoce todo el mundo como era aquello. Era Madrid, pero era Bilbao y Santander y todo artista o singular que viniese del extranjero.

Seguiremos con el recuerdo. Me queda la memoria, una memoria dulce en estos tiempos amargos. Recuerdo mi llegada a Sevilla. Vivíamos a la sombra de la catedral. Nació nuestra hija Elvira y desnudé a todas mis modelos. Marie-Joséphine estaba asustada.

Fuimos invitados por la familia Miura, la familia ganadera, muy buena gente, en su cortijo en Lora del Río. Días de reses bravas. Era serio el asunto, y bellísimo. No me daban miedo los toros bravos, ni nada en ese campo calmo y salvaje.

Como no me daba miedo verme rodeado de decenas de señoritas que ponía a jugar entre ellas. Sevilla tenía mucha gracia.

Francisco Iturrino. Dos gitanas

Entonces no me daba miedo nada y, además, era imparable, hoy estaba aquí y mañana allá, duraba quince días en cualquier lugar.  Una sombra o una pared ya me movían. El nerviosismo. De París a Madrid varias veces al año, a Sevilla, Andalucía entera, todas sus ciudades y caminos, guía de los que me visitaban y visitando yo a tantos amigos, a las familias vascas que tanto me han querido. En Córdoba igual, y repito. Mi viaje con Matisse fue realmente interesante. Lo pasa- mos bien. Matisse venía fascinado con la exposición de Arte Islámico que había visto en un viaje a Múnich con su amigo.

Albert Marquet, y quería conocer nuestras ciudades omeyas y califales, la Granada Nazarí. Nos conocimos antaño en el taller del maestro Moreau y nos habíamos tratado brevemente a través de nuestro común marchante Vollard. Le recibí en Sevilla y desde el primer día nos pusimos a pintar juntos y a pintar lo mismo, todo lo serio que es él y lo nervioso que soy yo. Y luego nos planteamos más “Oriente”, que no tengo que decir lo que nos fascinaba el asunto a todos los artistas pintores desde la moda de Delacroix. La seducción que una ciudad como Tánger ejercía sobre nosotros era absoluta. A aquella ciudad nos fuimos con nuestros caballetes y carpetas y unas ganas de pasarlo bien enormes.

Vivíamos en distintos hoteles, pero pintábamos juntos y bien que nos pusimos manos a la paleta. No era fácil contratar modelos femeninos, pero lo conseguimos. A pesar de tantos líos con las cabilas bereberes viajamos sin problemas por el país. Nos divertíamos con la bohemia internacional allí exilada, la instalada en la ciudad, y en ese ambiente dulcemente intrigante que la ciudad tiene: diplomáticos, negociantes, aventureros, un ciudad musulmana donde todo lo prohibido estaba permitido. Matissey Amélie, Marquety Camoin, el amigode Cézanne, vivían en el Hôtel Ville de París; yo con los Orbea en un hotelito de unos alemanes, el Caville. Hacíamos una vida muy especial, pero trabajé denodadamente, pintamos como para llenar un bazar, cuadros que luego expuse en Bilbao y en París. Buenos tiempos que tenían que acabarse. Marie Joséphine enfermó.

Ahora con el sopor de esta droga escribo estos comentarios (o lo que sean), no quiero pensar en el dolor. Me revuelve. No quiero recordar cuando separé a los niños de su madre, cuando la dejamos con las monjas en el manicomio de Mondragón con toda la tristeza del alma.

¿Era yo responsable? ¿Había vuelto loca a mi mujer? ¿Iba a volver locos a mis hijos que no conocían una misma escuela tres meses seguidos? Yo no podía parar y no pensaba hacerlo.

Francisco Iturrino. En la piscina

 

¿No desaparecen durante meses los pescadores en procelosos mares, no se pierde el nómada en los desiertos sin mostrar su rostro? Yo no nací como el común de los mortales y la fuerza me acompaña. Con humor diría que soy grande, muy grande y es imposible amarrarme. Pero no estoy para propias estimas, si ahora mismo me mirase en un espejo, tendría un Iturrino especialmente arrugado y con los ojos velados por la pérfida morfina. Enfermera necesaria, al final, amante.

Rota mi familia, quebrada. Mi hermano Paulino y mi querida cuñada Elena quisieron encargarse del cuidado y educación de unos niños con una dolorida conciencia de lo que estaba ocurriendo, y sin más referentes que nuestro vagabundeo por distintas ciudades y campos, un padre que no para de pintar y una madre que se ha vuelto loca. Se fueron primero a Santander, luego a Madrid. Ahora no les puedo decir que vengan aquí.

En aquel momento, Amalia y Rafael Echevarrieta me acogieron en los jardines y palacio que un par de años antes habían comprado a los marqueses de Casa Loring. Amalia, enamorada de las artes me llevó consigo y me trató como a un rey. Pintaría aquella fantasía subtropical en las orillas mediterráneas, y viviría el mundo salonnier que mis amigos mantenían, recibiendo invitados de calidad permanentemente. Días maravillosos tanto entre peones jardineros y gente del campo como con políticos e intelectuales que los mecenas invitaban, con mis amigos que venían a verme y a pintar conmigo las mil y una perspectivas de la selva que es La Concepción, donde la calima se transformaba en nieblas de junglas ultramarinas inmediatas a la costa con su exotismo botánico. Si en Salamanca y en Sevilla ya iba al máximo de trabajo, en Málaga lo multipliqué. Con todo ello, con muchísima obra, me fui a París, con Vollard una vez más. En Francia creían que me había muerto, no había expuesto en unos cuantos años, y parece que algunos me echaron de menos, claro que la primera Gran Guerra había provocado la diáspora correspondiente, y las más trágicas sospechas sobre la situación y estado de todo el mundo. Mis padres y amigos no se podían imaginar que mientras se gaseaban en las trincheras y los taxis parisinos llevaban al frente las levas de soldados con su kepis y sus uniformes azules y rojos, con unos líos y tragedias enormes, yo estaba en el Edén mismo, en un Paraíso Terrenal. Verdaderamente he tenido suerte en estas cosas. La guerra la pasé en Tierras Charras. Maravilla de la naturaleza. Con mi vida en Ledesma, en esa Castilla pura y dura que nos elevaba el espíritu, que nos hacía místicos aun no siéndolo.

De Sevilla y Andalucía ya he hablado, o ya hablaré. Antes de todo esto fue la capital. Me las prometía felices en Madrid. Cuando mis amigos de la Asociación de Artistas Vascos me promovieron en el Círculo de Bellas Artes, mi alegría fue la que fue. Por fin, Madrid. Yo estaba contento con las exposiciones que Santiago Segura organizó en Barcelona y con la crítica recibida. Pero esta exposición en la capital de España -no sé cómo decir-, no sé si culminaba mi carrera, o era todavía el umbral al reconocimiento de mi pintura. La verdad es que hubo de todo. Quien me sitúo en un pedestal como Alcántara, mi amigo crítico cordobés, o un tal Melgar, que me puso a caer de un burro siendo él un verdadero asno. Pero me daba sensación de triunfo. Hasta tuve casa y atelier. Iba a triunfar. En Madrid tenía a mis hijos, tenía mis amigos, tenía mi obra colgada, y me sobrevino esta catástrofe, este infecto mal. Maldigo esta maldición que me corroe. Al final, el orgulloso que yo era se convirtió en el verdaderamente “Pobre Iturrino”. Me gustaría contar todo lo bueno que me estaba pasando, pero no tengo fuerzas. No sé ni donde tengo más hojas para escribir. Es complicado moverse.

Lloraría y no quiero. Dicen que los morfinómanos somos hidrofóbicos, que odiamos el agua, la repelemos, moriré al óleo, pues o con estas acuarelas. Entre grabados con los que ganaré mis dineros.

Voy a dejar de divagar como lo estoy haciendo ahora. Quiero que pase este mediodía, quiero trabajar en unos aguafuertes que mandaré a Marcelo y a José Cabrero a Santander, y luego, si vienen los Renoir, cenar o tomar algo con ellos. Es mediodía y se me cierran los ojos, tiene su gracia. Un pintor que tiene que ponerse a trabajar con los ojos cerrados por culpa de Morfeo. Mañana seguiré, respiro mal. Me estoy ahogando un poco. No estoy bien.

 

*Francisco Iturrino murió semanas después, al final de la primavera, el veinte de junio de 1924, cuando era visitado por sus dos hijas mayores, María Luisa y Elvira, y con la asistencia de sus vecinos y amigos los Renoir. Su sepelio se hizo entre los amarillos del sol provenzal, el tapiz lavanda de sus campos, el azul del Mediterráneo, cuyos vientos y brisas batirán eternamente sobre su tumba en un maravilloso lugar llamado Cagnes-sur-Mer y con el cariño de todos sus amigos.