Mark Twain por Abdulá Freres, 1867
Mark Twain no fue un ser divino precisamente. Que fue un tipo excepcional y tremendo, no hay ninguna duda de ello a tenor de su trepidante existencia, (…)

pero de santo… poco, y religioso, nada, nada de nada. Desde una educación presbiteriana recibida de sus padres,  acabó como el más furibundo agnóstico, cuando no, como un campeón de los ateos. Pero los textos que tengo en mi mesilla sí lo son un poco, un poco  religiosos, un tanto, un mucho, digamos que a la manera del autor. 

Estos libritos que están tan cerca de mí ahora, no pueden ser más interesantes dado el carácter del gran escritor y lo que se trata en ellos, habiendo sido escritos, además, al final de su vida. Son cartas desde el Cielo y la Tierra, desde el Infierno, el Paraíso, textos extravagantes sobre religión y agnosticismos con su especial estilo caustico. Cartas desde la Tierra y Reflexiones contra la religión son los títulos publicados por Trama Editorial  hace ahora algunos años, editorial que ya nos tradujo a Maurice Sachs sus artículos de París Canalla, y que para quien esto escribe, supusieron un regalo, pues la lectura de este libro, junto a otras cuestiones, me animó a biografiar al mayor de los crápulas parisinos de su época.
¿Divino Twain? El encantador y ácido autor de las Las aventuras de Tom Sawyer y Huckelberry Finn, de El príncipe y el mendigo, de Un yanqui en la corte del rey Arturo, y cientos de obras de todo tipo, en las que podríamos incluir la mucha oratoria que desplegó por todos los confines de un mundo que recorrió hasta la última playa, tan gloriosa esta oratoria como es su extensa obra escrita. Un dios de la literatura norteamericana. La vida de Samuel Langhorne Clemens, que era el verdadero nombre del escritor Mark Twain, es poco mensurable. Hizo de todo, lo vivió todo, viajó sin parar, escribió muy abundantemente, y no le faltó tiempo para hacer sus negocios e inventos como hombre universal que fue.
Nacido en Florida, en el condado de Monroe, Missouri, como todo americano muy americano en aquellas épocas pioneras, en las mismas riberas del Mississippí, del que sería uno de sus hijos predilectos y quizás su mejor conocedor y cantor (obviando a todos los bluesmen de sufridos recorridos, de los campos de algodón a las cadenas de montaje). Desde niño trabajó como marinero, maquinista y patrón en los riverboats, cuyas imágenes todos tenemos, y que trazaron parte de la historia de aquel país. Fue periodista y reportero, cajista impresor, todo en la edición. Fue víctima del éxodo por las praderas del Medio Oeste, hombre de montaña también,  del Rush, la Fiebre del Oro, minero en Frisco, San Francisco. Pronto tuvo una importante personalidad pública, y sus devaneos políticos, a los que se vinculó tras unirse con la mujer de su vida, Olivia Langdon, Livy, adepta a los abolicionistas, a los radicales, perteneciendo ella a la clase privilegiada. Las controversias de la opinión política y social de Twain, le convirtieron en una gran personalidad pública. Con Livy tuvo varios hijos, un primogénito que moriría de difteria, y tres hijas que pervivieron, y juntos pasaron largos decenios teniendo como base primero la ciudad de Búfalo, en Nueva York, donde fundó el periódico Buffalo Express, y luego la Nueva Inglaterra de Hartford en Connecticut. Olivia moriría en Florencia, Italia.
Mark Twain por A.F. Bradley
Navegante y viajero no dejo océano ni mar sin recorrer y contárnoslo en sus muchos relatos de su “vuelta al mundo”, de sus vueltas al orbe, que en nuestro país publicase Laertes, una delicia literaria y fenomenal testimonio de la época. Al igual que sus novelas, estos libros de viajes y aventuras de Mark Twain son también de lo más importante de su obra. Desde el Medio Oeste, (con su hermano exploró el Territorio de Nevada),  a las Islas Sándwich del Norte, hoy Hawái, las Islas Marquesas, el Mar de la China, los mares del Sur, todo el Mediterráneo. Todo el mundo y de todo comentándolo todo, que esa es otra virtud del autor. Una obra inmensa en la que sus especialistas trabajan todavía.
Su éxito como escritor se inició con las entregas en el New York Saturday de su novela La célebre rana saltarina del condado de Calaveras. Fue esta primera obra la que le reportó fama y dineros, y la que permitió proyectarse a un individuo como él, de personalidad tan capacitada, de intereses y conocimientos múltiples, y especialmente dotado para la literatura. Con la gran literatura norteamericana de la que se constituyó en patriarca. Esta novelita de la rana saltarina le posicionó como gran escritor y le favoreció en sus proyectos literarios, y en la amplia labor periodística, (tuvo su propia editorial y revista), y de negocios que quería desarrollar, pues también fue inventor de un tipo de tirantes y de una suerte de juego de trivial, de cromos, de instrumentos eléctricos con su amigo el emigrado serbocroata Nikola Tesla, prohombre de la electricidad y la radio, excéntrico litigante con Thomas Alva Edison y con Marconi. Muy cerca de éstos, nuestro Mark Twain, el de  Tom Sawyer, probó en muy distintos negocios con amigos millonarios unos y calaveras otros, que le obligaron a tener una vida económica muy inestable, siempre liada con deudas. Escribió sobre una gran profusión de temas pues sus intereses y contactos con personalidades de todo tipo, se lo permitieron. Orador y hombre social, tuvo amistad con muchos de los grandes de su tiempo. Varias veces Honoris Causa pasó de defensor del Imperialismo Norteamericano a ser uno de sus mayores críticos, reacción antiimperialista que le empujó a ser enemigo de determinados gobiernos como el de Leopoldo II Sajonia-Coburgo, rey de los belgas, desafortunado protagonista del mundo colonial de la época.
¿Y por qué Twain ahora, un siglo después? Por unas cartas. Unas cartas que su familia no quiso se publicasen tras fallecer el escritor en 1910, y cuya edición sólo se consiguió en 1963. Un pudor religioso y moral le hizo tomar a su segunda hija Claire, albacea de un inmenso legado de textos, la decisión de que muchos de ellos no se publicarán, bien para proteger la imagen del idolatrado hermano, bien por el carácter mismo del pensamiento expreso en ellos, y, también, por su misma textura, unos completos, otros incompletos. El mismo autor, que en muchos de ellos trabajó al dictado sentado en su rockin´chair junto a la chimenea, no tenía especial intención de que estos escritos se dieran a conocer; decía que “para el 2046”. Los que saben de esto me dicen que su obra es inconmensurable; lo repito, de compleja edición. Con Twain yo me limito a lo fundamental, lo leído de niño y lo leído de mayor, sus novelas principales primero, sus viajes después. Todo me gusta en Twain y el colmo ha sido el regalo que he tenido de una amiga artista fotógrafo,  prominente persona de prominente familia, que me hizo entrega de estos textos… divinos. 
Son unos escritos fundamentalmente entretenidos. Unas cuantas reflexiones, un discurso sencillo, y un humor que concita los más inteligentes pensamientos que el autor trasmite en párrafos breves. Piensa y versa al final de su vida sobre la religión sobre la que tiene especial juicio y una cierta animadversión. No es Pascal auto convenciéndose. No es Schopenhauer, afortunadamente. Twain es sincero en su locuaz crítica y no tiene remilgo alguno en decir lo que quiere, tanto en cuestiones reales como en las muchas y extravagantes figuradas que las religiones ofrecen. Twain, en la brevedad de estos textos, no hace una reflexión rigurosa, pero sí expone “humorísticas” dudas severas del firmamento religioso, o mejor todavía, cuando habla como el Diablo en las cartas que éste “malévolo” arcángel escribe y que poseen un exquisito sabor. 
Mi mujer, al leer este artículo para su supervisión, (ella ha leído ambos libritos de Twain), me dice que no comento lo suficiente el contenido del libro, lo que en sus páginas se dice, (entre muchos propósitos y despropósitos, muchas blasfemias), y sobre la soberbia forma que tiene de contarlo, una soberbia en sus dos acepciones básicas, la de su extrema calidad, y la de quien muestra una autoridad sobrada que no permite discusión, una soberbia llena de humor, pero pletórica de un pensamiento que quiere trasmitir en los tiempos de cierta ancianidad en que los escribe. B, mi mujer, me dice que os cuente más sobre el libro y lo que haré será reproducir el introito de las Reflexiones contra la religión, al final de este artículo. Contentaré a mi dama y obviaré una realidad, que nadie mejor que el propio autor para explicar sus intenciones. 
Seguimos pendientes de Twain, de quien tendremos eternamente a Sawyer y a Finn, del que disfrutamos de historias de todo tipo, de poder ocuparnos de conocer una vida sin igual. Rey y señor de las sentencias y aforismos, al que a lo largo de esta vida nos lo hemos encontrado en miles de citas  al comienzo de capítulos, de comentarios, de sagaces pensées extendidos a todos los ámbitos. Siempre con humor, ese don divino. Mark Twain, que no era un santo, no sé si fue divino, que no, seguro que no, pero extraordinario, muy extraordinario, lo fue.

PD. Introducción de Mark Twain en sus páginas Reflexiones contra la religión.


Martes, 19 de junio de 1906.
Nuestra biblia nos revela el carácter de nuestro dios con exactitud minuciosa y cruel. Se trata, claramente, del retrato de un hombre –si es que un hombre tan cargado y sobrecargado de impulsos, cuya maldad va más allá de todo lo humano, es imaginable en un personaje ahora que Nerón y Calígula están muertos- con quien quizá nadie quisiera alternar. En el Antiguo Testamento sus actos revelan, una y otra vez, su naturaleza vindicativa, injusta, avarienta, despiadada y vengativa. Siempre castiga delitos insignificantes con una severidad mil veces superior; castiga a niños inocentes por culpa de sus padres; castiga a poblaciones inofensivas por la culpa de sus gobernantes; y llega a rebajarse y desencadenar venganzas sangrientas sobre terneras y ovejas y cabras y bueyes inocuos, castigándolos por las transgresiones de poca monta de sus propietarios. Quizá nunca se haya puesto en tipos de imprenta una biografía más lapidaria. En comparación, Nerón es un ángel de la luz  y una guía.
Y Twain continúa y lo hace en este plan. ¿Asustados? No, divertidos, es muy divertido.