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Los trenes son fáciles de amar. Y de enamorar. Por esos motivos es de esperar, por qué no, caprichos y celos. Caprichos del que quiere subirse a todos ellos: eléctricos, a vapor, de alta velocidad, suburbanos, de levitación magnética, de cercanías, ligero, monorriel, metro… Celos del que desconfía, y con razón, de que las butacas de su amado, siempre estarán tibias. El romance (de la humanidad) es probable que se deba a toda la mitología generada en torno al longuísimo medio de transporte desde que aquellos viejos celuloides en blanco y negro nos persuadieron a creer que no podía haber una buena historia de amor o de conspiraciones políticas sin una despedida en un andén con pañuelos y beso incluido. Un hombre con su impecable gabardina gris y una dama con su fascinante sombrero clôche. El murmullo de las estaciones. El chirrido del roce entre metales. Y es probable, además, que lo sean porque las realidades son igualmente legendarias: el Oriente Express y el Transiberiano pueden contener en cualquiera de sus vagones, la historia de Europa de los últimos dos siglos. A mí me gustan los trenes porque me recuerdan los bluses tristes de Robert Johnson y Fred McDowell, llorando sobre sus guitarras como si estuvieran condenados a una dicha amarga y porque su bocina, a la distancia, se parece a la agonía de un gigante.

 

Katoomba Train Station

 

A mediados del año pasado estuve recorriendo algunos pueblos a lo largo del Main Western Railway y el Main Northern Line  (Principal Ferrocarril Occidental y Principal Línea Norte, respectivamente), en los alrededores de Sidney, Australia. Por lo general, trato de no omitir el consejo de Rudyard Kipling quien dijo que “lo primero que hay que hacer para entender a un nuevo país es olfatearlo”, y él, nacido en ese paraíso de olores exóticos y fuera de catálogo como lo es Bombay, debía tener toda la razón; sin embargo, a mí los poblados/aldeas/pueblos/ciudades, me entran por sus nombres más que por sus aromas. Por eso, cuando tomé entre mis manos el mapa ferroviario (sí, soy un romántico que prefiere los mapas impresos al Google Maps) no pude resistirme al encanto de la palabra escrita que decía todas aquellas denominaciones aborígenes: “Katoomba”, “Leura”, “Koolewong”, “Woy Woy”… Así que, algunas veces, cuando no podía conciliar el sueño, le pedía a mi esposa que me susurrara esos nombres con una melodía misteriosa, como si se tratara de nanas para arrullar bebés. Y me dormía. Debo decir que al último pueblo de los antes citados, lo hallé casualmente, cuando abrí mis ojos tras una breve siesta en el “quiet wagon” (vagones silenciosos que eligen los solitarios o los somnolientos) y allí mismo, mientras leía el cartel de bienvenida con esas dos enormes “W” en amarillo ineludible, no tardé más de un segundo en convencerme de mi deber casi moral, de traspasar sus puertas y adentrarme por sus calles desconocidas. ¿Cuánto valor tiene para la fantasía y para la propia heroicidad, dar pasos de forastero y asumirse anónimo en otro punto del planeta? Mucho. Y es excitante.

 

 

Es probable, quiero confesarlo, que sienta una extraña sensación de vacío. La sensación es parecida a la impotencia y la resignación. Y tiene que ver con las posibilidades limitadas, el tiempo finito y las extensas líneas de ferrocarril que no podré recorrer. Los trenes que no me llevarán jamás, las ventanas que no me verán quieto mientras todo el paisaje pasa como borrándose. Y los pueblos que en este viaje (son una decena, una centena, un millar) no pude explorar, con sus nombres tan ajenos, tan de otros: Bullaburra, Wangi Wangi, Mirrabooka; y que serán millones, sino cientos de millones, cuando termine este viaje, el que no es en trenes, sino en sangre y latidos.