Damián Flores. El cinéfilo melancólico. Tel Aviv

Lo primero que se puede decir de esta exposición es que representa un ejemplo más de la coincidencia y de la colaboración entre literatura y arte gracias a un asunto que, por sus características, es capaz de reunir ambas actividades debido a un interés común, a la existencia de un mundo coincidente. Una realidad que viene a confirmar la identidad entre las dos actividades, algo que llevaba a Fernando Pessoa a sugerir que eran una misma cosa. Pero la exposición es también el resultado de la mirada y del trabajo de una serie de artistas a la realidad de unas ciudades en un momento concreto del pasado siglo, tan intenso como literario. Son una serie de lugares que hemos seleccionado  con la intención de dar una visión tan individual como colectiva, es decir, panorámica, de un conjunto de urbes que tienen características literarias, históricas y geográficas comunes que en cierto modo expresan la historia del siglo XX.

          Alvar Haro. El comteverde en el puerto de  Trieste

Son todas ellas puerto franco -todas miran al mar-, pues a ellas se llega desde todas partes y desde ellas se parte hacia cualquier destino. Son ciudades abiertas, internacionales, cosmopolitas, neutrales, territorios de acogida en momentos de guerra; son el centro de todos los tráficos y de todos los negocios, nido de espías y desencantados pero también santuario para los refugiados a los que ha movido la historia durante siglos. Son ciudades que comparten la definición que hizo Ángel Vázquez de su Tánger natal en la magnifica y  memorialística novela La vida perra de Juanita Narboni, cuando decía que la ciudad era “tierra de nadie y tierra de todos”. Es decir, un lugar de llegada y partida aunque entre un momento y otro a veces transcurra una vida o se pierda en el intento. Para la representación de cada una de las ciudades elegidas –que tienen tanto un especial protagonismo histórico y cultural como un destacable carácter literario, al tiempo que una condición marítima común– se ha dado un giro a la idea del triestino Claudio Magris, según la cual las ciudades son madres e hijas de los escritores. Ahora, en esta exposición es a los artistas y a la pintura a quienes corresponde representar estas urbes y establecer su relación con ellas.

Alberto Gálvez. Ventanas de Nápoles

Para llevar a cabo este proyecto, que de nuevo aproxima la pintura y las letras, hemos propuesto una serie de ciudades  que han pintado un conjunto de artistas que comparten generación y vocación figurativa, aunque de estilo e inspiración diferentes, que tienen además de una inclinación literaria que se refleja en sus obras, un interés por el cine, la fotografía, la arquitectura o el cómic, que es paralelo y a veces complementario, a su trabajo. Es una poética compartida e inseparable de su pintura y del universo creador en que se mueven, lo que les hace receptivos a proyectos en los que se combinan estas actividades.

Chema Peralta. Sampán frente al Bund. Shangái

Se trata de Chema Peralta, quien se ha centrado en un Shanghái, tintinesco –de El loto azul-–  y déco, al que llegó el paquebote triestino Comte Verde con su carga de refugiados judíos desembarcados en el Bund cuando ya estaban los japoneses, un episodio que ha contado Ángel Wattgenstein; Illán Argüello, quien ha escogido el misterioso Estambul, que también retrató Ara Güller, que mira a todas las orillas, convertido en una ciudad de espías entre Oriente y Occidente; Álvar Haro, quien se ha inclinado por Trieste, fronterizo y literario, azotado por la bora, tan d’annunziano y origen de la guerra fría como equidistante de varias Europas;  Javier F. Lizán, que ha preferido el Argel canalla de la kasbah y Pepe Le Moko, como Antonio Rojas, ha hecho lo propio con Tánger, centro de  todos los extraviados y fugitivos de parte del siglo. Por su parte, Damián Flores ha pintado Tel Aviv, ciudad nueva, refugio de arquitectos judíos que hicieron de ella un kibbutz racionalista al que se conoce como la “ciudad blanca”,  Alberto Gálvez ese Napoles, entre neorrealista y malapartiano que también contó Norman Lewis, y Pelayo Ortega, se ha dedicado a una Lisboa de Pessoa, Almada Negreiros y refugiados de toda Europa que aguardan la llegada del Yankee Clipper.

Joaquin Millán. La partida del Paul Lemerle. Marsella

Junto a ellos hay otras ciudades como la Marsella de la Francia de Vichy, del fin del Vieux Port, de los surrealistas de Bel Air, de Varian Fry y los paquebotes hacia la libertad como el Paul Lemerle, cuyo viaje ha contado hace poco Jon Juaristi en Los árboles portátiles y ha pintado ahora Joaquín Millán. Luego están Alejandría, modelo de ciudad plural y equidistante de todo gracias a Marinetti, Lee Miller y el grupo Art el Liberté, tan británica, griega, italiana y turca como internacional, que combinaba nacionalismo y surrealismo mientras el Afrika Korps se acercaba a sus puertas, y el Beirut rico, cosmopolita e inquietante de la posguerra que conoció César González Ruano, ciertamente la Suiza canalla de Oriente hasta que llegó la guerra civil de décadas. De ellas se ocupan Joaquín Millán, Concha Gómez Acebo y Antonio Mateos, respectivamente.

Concha Gómez Acebo. Alejandría, 2018

A modo de interés compartido y como expresión del proyecto común, cada uno ha dedicado una obra a Lisboa, convertida de esta forma en ciudad de referencia, lo que les reune y sirve de punto de partida del itinerario y de la cartografía que forman estas ciudades literarias y que, a modo de elipse, lleva de un continente a otro y acaba en el lejano Mar de la China. Un recorrido que muestra el carácter y la historia que en cierto modo comparten estas urbes, a las que el mar otorga su personalidad en una época tan difícil como intensa.

  Javier F. Lizán. La Kasbah. Argel

El itinerario pictórico y las propias obras realizadas por los artistas reunidos es tan novedoso y complementario como encontrado. Está formado por una suma de visiones individuales de un grupo de ciudades cuyo elemento común lo han puesto la historia y la literatura de este siglo, llevadas a cabo partir de un imaginario, de una poética y de un lenguaje diferente y de unos recursos plásticos distintos.

Pelayo Ortega. Rua de la  Baixa

Figuración, si, la de todos ellos, pero de expresiones muy distintas. Está el neopop de Pelayo Ortega, en un cruce donde están Hergé, Dufy, Torres García y Evaristo Valle; la figuración canejiana y algo oriental a fuer de lírica y sencilla, casi de línea clara –hay en él algo de Patrick Caulfield y mucho de Alex Katz–, de Chema Peralta; la metafísica mágica de Illán Arguello, que aúna lo más clásico de las corrientes figurativas fantásticas del siglo XX con una evidente renovación; la figuración viajera y lírica, a veces algo “pintura fruta” boresiana, a veces hooperiana, de Concha Gómez Acebo; está también la figuración entre fantástica, surrealizante y no poco literaria, por narrativa, de Álvar Haro, unos rasgos que con registros diferentes, en su caso cercanos a Max Ernst, comparte con más intensidad la obra de Javier F. Lizán. Un universo del que, con el lenguaje que brota del cruce de geometría, metafísica maravillosa y forma, también participa Antonio Rojas, siempre incluyendo sus guiños marinos.

Antonio Rojas. Un episodio distante

Luego está la figuración literaria, de atmósfera metafísica y formalidad arquitectónica –Hopper, Sironi y De Chirico– del siempre literario Damián Flores, unas características que también comparte Alberto Gálvez, en quien hay cierto aire escultórico –de nuevo Sironi sin chimeneas– y una atmósfera tan italianizante como onírica, como de un Valori Plastici de clasiscismo atemperado y pincelada morandiana. Por último, está la pintura urbana, más enérgica e intensa que expresionista, de arquitecturas y personajes, pero sobre todo de una intensa atmósfera literaria, que crean un relato, de Joaquín Millán. Unos rasgos que comparte Antonio Mateos en una figuración que está entre Albert Marquet y el también inevitable Hopper, actualizados con personalidad y aires de escuela madrileña, que le permite construir una ciudad propia.

       Antonio Mateos. Beirut. Ketty Copacabana

Gracias al carácter plural de las obras y a la variedad de artistas convocados, se diría que estamos ante una exposición múltiple, como una suerte de matrioshka, de muñeca rusa artística, pues la muestra encierra dentro de una colectiva varias exposiciones o varios relatos, como una Rayuela píctórica, como una exposición algo cortazariana que permite alternar recorridos y miradas. Y es que Lisboa, Tánger, Trieste y otras ciudades literarias se puede ver como una exposición colectiva dedicada a once ciudades.

lllán Argüello. Estambul El Gülhane

Es este en realidad su objetivo principal: proporcionar una visión conjunta a través del trabajo de varios artistas de una serie de ciudades esenciales en el siglo XX que tienen rasgos tan comunes como distintos del resto de las metrópolis, un hecho que aproxima sus trabajos y les dota de un discurso común. También se puede ver comola reunión de once exposiciones individuales que corresponden a los trabajos de cada uno de los artistas dedicados a una de las urbes escogidas. Se puede encontrar una exposición colectiva dedicada a Lisboa, a la que hemos dotado de carácter de referencia, pues todos los artistas han pintado obras dedicadas a esta ciudad. Por último, dentro de ella hay, como escondida, una pequeña muestra colectiva dedicada al escritor Fernando Pessoa, un personaje que ha inspirado a muchos artistas. Todo en una variedad de identidades que remite al mundo de los heterónimos creados por el escritor portugués.    

 

LISBOA,TÁNGER,TRIESTE y otras ciudades literarias

Una idea de Fernando Castillo pintada por Illán Argüello, DamiánFlores, Alberto Gálvez, Concha Gómez Acebo, Álvar Haro, Javier F. Lizán, Antonio Mateos, Joaquín Millán,Pelayo  Ortega,  Chema Peralta y Antonio Rojas.

CENTRO SEFARAD-ISRAEL

Palacio de Cañete. Calle Mayor, 69. 28013 Madrid

EXPOSICIÓN

3 de mayo de 2018- 30 de agosto de 2018 Lunes a Jueves: 10.30-14.30 y 15.30-20.00 Viernes: 10.30-14.30