Fragonard, Jean-Honore; The Swing; The Wallace Collection

 

El Amor tendiendo el arco en un macizo de rosas… pensemos en la imagen… ¿hay algo más delicado? ¿Exquisito? ¿Es que Cupido se dispone a atacar, a enamorar? O quizás, está condenando el endiosado diablillo a alguien al sufrimiento, que también ocurre. (Heliogábalo, infausto emperador romano, ahogaba a amigos en pilones repletos de rosas y violetas, pero este es otro protagonista, malsano y perverso, y el cuadro que interrumpe mi visión, es de un pintor posterior, también divino y de nombre excepcional, Alma Tadena). Pero hablo de Fragonard, pintor de amor tan tierno como carnal, sensual y angélico. Amor de Fragonard.

El Amor dormido entre rosas, El Amor con una rosa, El Amor locura, estos son algunos de los títulos de obras del dieciochesco francés Fragonard, favorito de mi mirada. ¿Cuál sería el calificativo exacto para su pintura? Yo lo sé, yo lo tengo. Que es un primor. Sí, un primor. Candor amor y candor sensual. ¿Decir otra cosa? Se me ocurre que aunque en tiempos como los que vivimos tan proclives al verbo frío y sobrio, candor y primor riman con amor mejor que otras palabras que algún verdadero cursi calificaría como tales. (A los que amamos el Rococó, los cursis nos parecen los otros, los que espurios estetas que dicen horrorizarse de nuestro gusto). Vivan Fragonard y el Rococó. Otros días hay para vivir o recordar momentos tristes, para tararear canciones tristes, para aburrirse eternos ratos grises. Pero no ahora, pensando en Fragonard, en alguien que dijo de sí mismo que era pintor de las Gracias, los Amores y las Risas. Las risas, las risas nada menos.

 

Fragonard. El beso robado

Como en este tono que observo, pienso en este francés porque me resulta cómodo y fácil, pero también lo hago en su coetáneo Boucher, que aún me excita más, o en Quentin La Tour, tan grande y simpático como el respeto que tengo a su maestra, la pintora veneciana Rosalba Carriera, a la que también dedicaré unos versos cuando me venga en gana, que ambos tenemos cierta contienda y amigos comunes. Pintores del rococó y del pastel. Que buen sustantivo también… pastel. Pastel de fresa, de cerezas, de manzanas normandas. Beber Calvados, otro placer. El verde licor en una copa en la mano, en el caballete el lienzo o el papel, el óleo o el pastel. Óleo santo o tentador. Pastel… azul, verde, rosa. Pastel fucsia de arándanos, aroma malva de lavanda. De François Boucher, maestro de Frago, -como lo llamaban sus amigos- decir que además de retratar tan bien a la controvertida Madame Pompadour, tuvo la gracia de mostrarnos una y diez veces a su propia mujer desnuda. ¡Qué generosidad! ¡Qué bonhomía la suya! (Aquí el verbo se emociona con el pincel y la paleta de algunos de estos pintores, debo de contenerme, los austeros me odiarían, pobres.)

 

Con títulos y temas como los que Jean- Honoré Fragonard pintó, ¿alguien duda de la bondad de este divino pintor? ¿De su intención? ¿Qué espíritu tenía? Lienzos de Fragonard sobre el amor y las rosas, esas rosas cuyos pétalos eran piel y carne rubia y dorada, carne rubia y dorada enamorada. ¡Cómo suena! ¡Qué alegría pensar que hay gente así! Si bien pintó para la perversa amante del rey Luis XV, Madame du Barry, paradigma de la promiscuidad exagerada y confundida, el pincel del amor de este pintor es el de la sanísima locura, el sucumbir a la tentación de la alegría, celebrarla, el placer del placer por el placer, la felicidad de la felicidad, la del instante sublime, la eterna para siempre sin final. El tiempo que sea, el del balanceo en un columpio floral en el bosque amable tal como el retrato tan graciosamente en el instante voyeur de su famosísimo cuadro que primero se llamaría Los felices azares del columpio, y que jugaba con las eróticas intenciones visuales de un joven obispo observando el balanceo de una jovencita y de sus ropajes. Suspiremos ¡Que felicidad! El swing.

 

No creo que sea difícil para nadie recordar este cuadro del columpio, aceptar que los títulos de este pintor no pueden ser más sensuales y románticos, y que no se disponga a observar otros cuadros rococós como los recordados del maestro François Boucher en que sobre divanes, entre damascos y sedas nos ofrece los magníficos cuerpos de sus favoritas. Que nadie se sorprenda de que digamos que la mujer del lorito azul de la Carriera nos parece una obra fundamental de la Historia de la Pintura. ¿Exagerado? Rococó. Más Calvados.

Más títulos, El beso robado, El encuentro secreto, El amante coronado

Fragonard. El encuentro secreto