Me llega la noticia de que en el mundo empresarial se está imponiendo una nueva fórmula para despedir a la gente. Una frase aparentemente inocua, administrativa, pero despiadada donde las haya: «Tu puesto de trabajo ya no existe».

Si ya de por sí quienes se ganan el pan con el sudor de su frente y contracturas cervicales viven con una estabilidad comparable a la de un funambulista haciendo equilibrios en la cuerda floja, sin red ni barra de estabilidad, tras escuchar semejante sentencia la percepción de uno mismo puede asemejarse a la experiencia de quedar flotando en la nada, como las figuras de los cuadros de Magritte, con rostro de manzana.

Porque la profesión es algo más que un intercambio económico o una tarea que se cumple a cambio de un sueldo. Es una forma de estar en el mundo. Nos construye y nos nombra a partir de lo que hacemos para los otros y para nosotros mismos. Somos maestros, cirujanos, peluqueros, periodistas, abogados, ingenieros… y también eso singular que cada uno pone en su hacer. La profesión nos inscribe más allá del estatus social: nos da un lugar reconocible, una imagen ante los demás y ante nosotros mismos. Ahí nos apoyamos, ahí echamos raíces.

 

Foto de Lisl Ponger

 

El trabajo, de algún modo, funciona como un organizador central: pauta la vida cotidiana y también la vida mental. Ordena los días, sostiene el valor propio, alimenta un ideal y ofrece un sentimiento de pertenencia. No es poco.

Cuando te dicen: «usted está despedido» o «ya no nos interesan sus servicios», el golpe es directo. El Otro —la empresa, la institución— da la cara: yo te despido, ya no te quiero aquí. Hay un responsable, alguien que toma una decisión. La rabia, el enfado o la ira pueden dirigirse hacia fuera hacia un destinatario concreto.

Pero cuando lo que te comunican es que tu puesto de trabajo ya no existe, el acto se esfuma. Nadie decide, nadie excluye. El despido se disuelve en una frase impersonal, como si las cosas ocurrieran solas. Además del problema económico y social, se abre entonces una grieta más profunda, de orden existencial. Las coordenadas que te sostenían desaparecen. ¡Puf! No hay nada: aquello sobre lo que te apoyabas ya no está. Búscate la vida y el sentido. Tu realidad se ha desvanecido como lágrimas en la lluvia.

 

Foto de Martin Parr

 

En este mundo que hemos construido hay que estar espabilado y frío, porque es posible que no solo recibas el tremendo golpe —con recorrido e impulso— de un bate de béisbol contra la cabeza, sino que, además, apabullado y desorientado, tengas que merendarte tarros de angustia que no te corresponden. Ansiedad producto de una manipulación fría, disfrazada de exactitud técnica, escondida tras una pretendida neutralidad en la que la responsabilidad desaparece y tú te quedas solo ante el peligro. Es el mercado, amigo.

En el aire queda flotando una culpa sin causa que puede terminar alojándose en el despedido —con el riesgo de ser carcomido por dentro—, obedeciendo a esa nefasta ley de atracción según la cual al perro flaco todo son pulgas.

Tenemos la fea costumbre de que, cuando estamos dolidos y no sabemos por qué pasan las cosas, intentamos resolver el enigma encontrando la manera de convertirnos en los culpables a nosotros mismos. Craso error, motivado por una ingenua veleidad de poder, como si de nosotros dependieran los intereses en bolsa, el comercio global, las inversiones en futuros y todo ese rosario de ambición competitiva que mueve el mundo.

Así, uno puede empezar a llenarse de fantasmas: no había nada; mi valor no es ni bueno ni malo, simplemente no existe; desaparece el puesto de trabajo, desaparece el nudo que me ataba al lazo social.

¿Desaparezco yo?

Pues, evidentemente, no.

 

Foto de Fumiko Imano

 

Más allá de la necesidad de una restitución del empleo mediante una adaptación rápida, conviene revisar los elementos internos —la identidad, la valoración de uno mismo, el lugar que se quiere ocupar en el mundo—, porque si estos no están construidos con códigos bien distintos  a los de las  leyes del mercado, si no están suficientemente afinados y asentados en otros principios que no sean meramente mercantiles, el golpe puede arrastrarnos hacia una depresión profunda y francamente invalidante.

En el frio y despiadado discurso del mercado los sujetos son prescindibles e intercambiables. Que un lugar se borre del organigrama no significa que el sujeto deje de existir con él. Desaparecer para esa empresa, para ese mercado, para esa función, para ese lugar no es lo mismo que invalidarse como persona.

El individuo no se agota en una función. Un lugar, un puesto de trabajo no define lo que en cada persona hay de deseo, de potencia, de creatividad y de valor

Las leyes del mercado no gobiernan tu mente, amigo.

 

Foto de Michel Guyllierminetti

 


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