Restos de antiguas fortificaciones en las cercanías de Teruel
En honor de su padre y de sus compañeros, pero también por recorrer un territorio, el que atraviesa la espina dorsal de la península ibérica, que sintetiza como muy pocos su esencia, Julio Llamazares en «El viaje de mi padre» (Alfaguara, 2025) ha repetido su viaje y lo ha hecho en los mismos meses del año para intentar sentir lo que ellos sintieron siquiera sea referido al clima. Por el camino se encontró con personajes que mantienen vivo el recuerdo de aquel invierno terrible en Teruel, el peor del siglo XX, y de aquel verano ardiente junto al mar Mediterráneo, y con algunas de las historias que su padre le contó y que los paisajes conservan aún flotando como una pátina sobre ellos.

«LA HISTORIA PERMANECE EN LOS LUGARES EN LOS QUE SUCEDIÓ COMO LAS PALABRAS SOBRE LA MEMORIA»
Hoy no hay cóctel. Beberemos vino en bota, aguardiente y orujo. Demasiado frío, demasiado desgarro, demasiada desolación para evocar una historia junto a una bebida de lujo que exige manteles de hilo, cubiertos de plata y tapicerías de terciopelo, y los acordes de una pieza de jazz en lugar del sonido impertinente de una corneta.
Llegué a este viaje de Llamazares por el título, por su poder evocador y porque mi padre acababa de emprender el suyo último y definitivo. Me atraparon los colores envejecidos de la foto de cubierta y el soldado —casi un niño soldado podríamos decir si no hubiera casos mucho más flagrantes— de la quinta del biberón. El hecho de que se tratara, en el fondo, de un libro de viajes, que es un deporte que como lectora practico poco y nada como escritora, no logró disuadirme del resto de atractivos que ofrecía.

Soldados durante la batalla de Teruel
Debo confesar que me costó entrar: a veces en estos tiempos confundimos calma con lentitud, serenidad con falta de pasión. En un mundo donde todo tiene que mostrarse y percibirse amplificado seguramente se valora muy poco la descripción sosegada de un paisaje, del aire, de un sonido o de su total ausencia. Pero esa sensación duró poco, aunque mi velocidad de lectura tenía más que ver con el ansia de llegar que con el interés por un desenlace por desgracia bien conocido. En un determinado momento me di cuenta de que iba navegando por las páginas a velocidad de crucero, páginas esteparias con caminos de tierra, cielos nublados o de rabioso azul quasi velazqueño, cumbres escarpadas de mayor o menor altura, campos infinitos, abundancia de riscos y alguna trinchera. Y sobre esas descripciones, sucedía algo maravilloso: el viajero que al principio nos contaba cuándo y dónde se subía al coche o se bajaba de él, si compraba unos dulces típicos o cómo era el hotel donde paraba a hacer noche, empezó a desgranar sobre esa geografía suya tanques, soldados con sus armas, camiones cargados de hombres y munición, el equipo de comunicaciones, disparos, bombas, aviones en el cielo (a veces enemigos, a veces no se sabía bien) como aquellos transferibles que salían en algunos productos de nuestra infancia y que podíamos colocar donde y como quisiéramos en el álbum diáfano, inventando nuestra propia aventura.
Llamazares viaja con las ideas claras y el alma exenta de romanticismo respecto a la contienda, intentando reproducir quizás el único gran viaje que hizo su padre acompañado de un amigo, tratando de rellenar las lagunas de historias que de joven no quiso escuchar. A quién no le ha pasado eso, con lo pesados que son los viejos con sus batallitas. El viaje no es fácil, a pesar de las comodidades modernas (que dificultan aún más su intento de meterse en la piel de dos quintos imberbes en unas condiciones de dureza hoy difíciles de imaginar desde el confort de nuestras vidas) porque en el suelo prácticamente todas las trazas se han borrado o son difíciles de encontrar y también porque la memoria es altiva y el olvido escurridizo y caprichoso. Sin embargo el autor, que cuenta de antemano con todos estos contratiempos, llega a su destino con sensación de objetivo cumplido, no porque haya logrado tapar todos esos huecos de su biografía histórica, ni porque haya conseguido ocupar siquiera con la imaginación el lugar que ocupó su padre, sino porque ha saldado una deuda con su progenitor y consigo mismo. Esa es la sensación que deja la lectura, al menos: una especie de viaje iniciático al revés, una reconciliación con lo que nos sigue persiguiendo durante toda la vida a pesar de que nos la pasemos, entera, tratando de huir de ello.

El escritor Julio Llamazares. Foto de Eduardo Margareto
