Foto de Roger Ballen
Clara, mujer de 58 años, una profesional competente, estaba instalándose tranquilamente en su espacio de trabajo. Hoy tocaba hacerlo en remoto. Siguiendo su naturaleza metódica y organizada, colocaba los objetos que necesitaba para que la faena fuera cómoda y eficaz: gafas de tarea, ordenador, smartphone, goma para el pelo, tazón gigante de café, papel y lápiz por si acaso.
Según estaba abriendo el ordenador, mientras le daba un sorbo a su enorme taza rebosante, atisbó por el rabillo del ojo la presencia de uno de sus dos hijos tardoadolescentes —de 20 años uno y 18 el otro—, y una pequeña luz de alerta se encendió en su panel de mandos mental: identificado objeto no neutral orbitando cerca.
Antonio, así se llama el mayor, pasó al lado de ella. Clara notó su mirada, percibió su respiración e intuyó alguna complicación en el horizonte.
En efecto, después del sonido de avistamiento, el tan socorrido «uhmmmmmmm», onomatopeya comodín que tiene un amplísimo espectro de interpretaciones, Clara ya supo con certeza que alguna demanda o queja iba a salir de los labios de su hijo.
—¡Uf! No voy a llegar a clase a tiempo y hoy tengo laboratorio. Estoy a por el sobresaliente, es muy importante para mí. ¿Me llevas?
Antonio es un portento científico: mega-racional, curioso, eficaz, una rara avis intelectual. Cuando algo le interesa, pone en marcha una capacidad de análisis, de abstracción, de deducción y de intuición abrumadoras.
Un psicólogo de la nueva ola le diagnosticó «un trastorno del espectro autista: Asperger», provocando casi un soponcio a su madre. La pobre interpretó, a causa de la mirada torva y la voz grave que empleó el insigne clínico al pronunciar el temible y rudo nombre alemán, que el chico padecía graves problemas mentales y cognitivos.
Bien es verdad que, desde muy joven, destacó como un apasionado de la ciencia y de la lógica: muy racional, muy intelectual, muy culto y bastante pedante. Siempre fue un muchacho algo rarito que disfrutaba del conocimiento con una avidez casi adictiva, cuyos razonamientos tienen un nivel de profundidad difícil de seguir por el común de los mortales. También es cierto que, en las interacciones personales, su perspicaz manejo de la lógica descoloca cualquier argumento que tenga alguna carga sentimental como tesis central. A veces cuesta tratar con él. ¿Y con quién no?
En román paladino diríamos que es un «cerebrito», un «pitagorín», adjetivos más manejables y afables que incluso pueden tener connotaciones de admiración, cariño y cercanía.
Volviendo a nuestra escena, la madre dijo:
—No.
Sin levantar la vista de la pantalla, notaba la punzada de indignación que atravesaba el espacio entre ambos.

Foto de Roger Ballen
—Si me suspenden será tu responsabilidad y no obtendré Matrícula para que te salga gratis alguna asignatura el año que viene —contestó Antonio.
Clara, como toda madre ungida de culpabilidad desde el mismísimo día del parto, le propuso una oferta:
—Te llevo hasta el metro, nada más.
Antonio insistió:
—No llegaré y será por tu culpa.
La madre concluyó:
—Estoy en horario de trabajo. Esta es mi oferta, no hay más.
La temperatura de la habitación subió un par de grados. Antonio aceptó y salieron en tenso mutismo.
El trayecto en coche arrastró el silencio ofendido y ofensivo. Al llegar al destino, Antonio se bajó del auto y contuvo lo justo el portazo para no caer en la grosería. Según se iba alejando notaba en su espalda la afilada mirada de su madre clavada en la espalda que le empujaba a que se lo tragara la boca del metro.
De camino de regreso, sonó el teléfono. Era su madre:
—Hola, mamá, ¿qué quieres?
—¡Hija, que llevo un rato queriéndote llamar y no encuentro el teléfono!
Pilar es una mujer de 93 años que se acaba de recuperar de una rotura de cadera. Ha estado ingresada en rehabilitación un par de meses. Se ha recuperado muy bien físicamente. A veces está muy asustada y algo desorientada, de tanto miedo y desvalimiento por el que ha pasado. El neurólogo dice que tiene trastorno neurocognitivo. O sea, que tiene muchos años y chochea a veces.

Foto de Roger Ballen
Clara, atónita, le contesta:
—¡Mamaaaa, me estás llamando por el teléfono!
La temperatura se elevó un par de grados más. La mujer al volante resopló y siguió su ruta. No habían sido ni veinte minutos los que había tardado, pero ya notaba que estaba un poco pasada de revoluciones.
Al llegar a casa se encontró, todavía en pijama, al otro tardoadolescente deambulando por la cocina. Al verla, la saludó brevemente con un «¡Ah!» y se zambulló en su leonera particular, presidida por tres enormes pantallas conectadas: una a ChatGPT, otra a un juego impresionante, según el chico: “Fornite”, y otra pantalla enchufada a una red social en donde trasteaba con dios sabe quién y dios sabe dónde.
Su nombre es Tomás es el segundo hijo de Clara. Está en segundo bachillerato renqueante porque anda disperso y descentrado. Le han diagnosticado trastorno por déficit de atención, TDA para los amigos. Es decir, está empanado, en la parra y no sabe qué hacer con su vida.
La temperatura se elevó a nivel de ebullición y Clara estalló: Sobre Tomás cayó el enfado con el hermano, la preocupación por la madre y, sobre todo, la angustia de verle a él sin entusiasmo y sin objetivos.
Tomás estaba sentado de espaldas a la puerta desde donde su madre le echaba la filípica de turno. Él giró levemente la cabeza, apenas un ángulo de 45 grados, y le dijo:
—Madre, relaja, estás menopáusica. Tienes trastornos postmenopausicos
Un sello golpeó la frente de la mujer, dejando, indeleble, la etiqueta: «Menopáusica».
Clara sostuvo un silencio helado, pudo haber sacado las garras y haberlo desollado vivo, pero el estallido anterior había conseguido despresurizar la presión que llevaba dentro.
Dirigiéndose a su hijo dijo:
-Si, hay demasiadas hormonas pululando en el ambiente.
Giró sobre sus talones, y se sentó en el lugar que nunca debió haber abandonado —el suyo—.
Los nombres cambian, las etiquetas evolucionan, pero son las hormonas y el tiempo quien marca los ritmos.

Foto de Roger Ballen
