«Burdeles, picaderos y lupanares: la historia secreta del deseo. El negocio y la doble moral», de Javier Rioyo. Almuzara, 2026
Mujeres de Galicia en la ventana, Murillo (1665-1660)
Hay libros que llegan en el momento justo y Burdeles, picaderos y lupanares: la historia secreta del deseo. El negocio y la doble moral (Almuzara, 2026), de Javier Rioyo, pertenece a esta categoría de obras que reaparecen cuando la actualidad demuestra que son necesarias.
La trayectoria de Javier Rioyo explica también la mirada del libro. Periodista, escritor, guionista, documentalista y antiguo director de varias sedes del Instituto Cervantes —de Nueva York a Tánger—, Rioyo lleva décadas dedicado a esa tarea cada vez más rara de contar la cultura española sin convertirla en un folleto turístico ni en un sermón ideológico. Ahí están documentales como Asaltar los cielos o Extranjeros de sí mismos, su trabajo en el programa literario Estravagario en la televisión y una carrera siempre pegada a la memoria cultural, literaria y política del país.
Burdeles, picaderos y lupanares encaja perfectamente en esa tradición suya de explorar las zonas incómodas de España. Los márgenes, las contradicciones, los personajes excesivos y las verdades que suelen esconderse debajo de la alfombra institucional. Rioyo escribe como quien ha pasado demasiadas noches escuchando historias en barras de bar para creerse los discursos oficiales. Y quizá por eso el libro resulta tan convincente.

La edición de Almuzara es, además, una nueva versión de un libro anterior, más extenso, publicado por Espasa-Calpe en 1991 en una edición de lujo. Entonces llevaba un prólogo de Eduardo Haro Tecglen que concluía con una advertencia casi profética: “¿Le añadirá capítulos cuando el tiempo pase? Porque la historia, ahora, recoge un pasado que a cada vez está más próximo, por la velocidad de los tiempos, por la acumulación histórica y técnica”. Y remataba escribiendo era una historia inabarcable: “Terminarla, no; es interminable”.
Treinta y cinco años después, la frase parece escrita ayer por la tarde, probablemente en la barra del Cock donde este ensayo se presenta mañana, jueves, 21 de mayo, de 2026 en compañía de Fernando Rodriguez Lafuente, Miguel Ángel Aguilar, Rebeca Argudo, Rosa Belmonte, Diego Doncel, Andrés Trapiello, Alfonso Ussia, Julio Valdeón y Marta Robles.
Porque si algo demuestra el libro de Rioyo es que España podrá cambiar de Constitución, de régimen político, de moral oficial y hasta de vocabulario inclusivo, pero jamás renuncia a su deporte nacional favorito. Condenar públicamente lo que consume en privado. La prostitución aparece aquí menos como un asunto sexual que como una radiografía política y sentimental del país. El verdadero tema no es el sexo. Es la hipocresía. El viejo vicio ibérico. El lubricante histórico de nuestra convivencia.

Rioyo se mueve por esta materia con la mezcla justa de erudición, ironía y mirada callejera. Tiene algo de cronista canalla y algo de arqueólogo del deseo. Va desde los fenicios —aquellos empresarios pioneros del comercio carnal— hasta los bares de alterne franquistas donde los patriotas del nacionalcatolicismo descubrían que la carne era débil, especialmente después de la tercera copa con una mujer hambrienta y necesitada. Y en medio aparece toda España: reyes castísimos con amantes por provincias, papas con descendencia reconocida, escritores barrocos obsesionados con las busconas, militares moralistas que toleraban prostíbulos “por necesidades logísticas” y progresistas que abolían el pecado de día para reincidir de noche.
Uno de los mayores placeres del ensayo está en comprobar que la doble moral no distingue ideologías. Rioyo desmonta con elegante mala leche esa fantasía contemporánea según la cual la hipocresía la inventaron siempre “los otros”. Ahí están los Reyes Católicos repartiendo burdeles como quien concede licencias de estanco; Felipe IV convirtiendo la corte en un gigantesco lupanar cortesano; Carlos III prohibiendo placeres con la tristeza administrativa de un concejal de urbanismo; o los republicanos manteniendo intacta buena parte del negocio mientras proclamaban grandes ideales emancipadores. La historia española, vista desde el burdel, se parece sospechosamente a la historia española vista desde el Parlamento.
Madrid es el auténtico protagonista del libro. La capital aparece como un organismo de doble respiración: solemne de día, golfa de noche. Mesonero Romanos veía un poblachón manchego; Azorín, una ciudad aburrida, pero Rioyo descubre debajo de esa costra oficial un ecosistema de mancebías, tabernas, reservados y picaderos donde convivían aristócratas, poetas, chulos, funcionarios, buscavidas y seminaristas con remordimientos.
Hay además un delicioso trabajo etimológico. Uno termina el libro sospechando que el castellano entero se construyó después de una mala noche. “Lupanar” viene de lupa —loba—; “ramera”, de aquellas ramas que señalaban discretamente el negocio; “lenocinio”, del leno, explotador profesional. Todo tiene un origen menos inocente del que aparenta.

Bien tirada está. Capricho de Goya
Y luego está la literatura. Rioyo entiende perfectamente que, sin Quevedo, la picaresca o La Lozana Andaluza no se comprende España. La calle y el burdel fueron durante siglos mejores cronistas que los documentos oficiales. Mientras los moralistas redactaban prohibiciones, los escritores bajaban al barro. Quevedo tasaba prostitutas con la precisión de un inspector de Hacienda del Siglo de Oro. Góngora alternaba la lírica sublime con los garitos nocturnos.
La grandeza del libro está en que no juzga, pero tampoco idealiza. Rioyo no cae en el progresismo sentimental que convierte automáticamente a toda prostituta en víctima o heroína revolucionaria ni en el moralismo histérico que reduce siglos de historia humana a un eslogan ministerial. Habla de la explotación y la condición de la mujer, de miseria y de abuso, sí, pero también de supervivencia, deseo, poder y contradicción.
Tal vez por eso este ensayo resulta tan actual. Porque vivimos tiempos obsesionados con parecer virtuosos. Y cuanto más empeñada está una sociedad en exhibir pureza moral, más fascinante resulta asomarse a sus cloacas. En ese sentido, Burdeles, picaderos y lupanares funciona como una vacuna contra el presentismo beato. Nos recuerda que ninguna época fue tan decente como pretende su propaganda.

