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El culto a la belleza. Hasta el 8 de noviembre de 2026. CCCB. Barcelona

El culto a la belleza. Hasta el 8 de noviembre de 2026. CCCB. Barcelona

 

El CCCB presenta El culto a la belleza  hasta el 8 de noviembre de 2026,  una exposición concebida originalmente por Janice Li para la Wellcome Collection de Londres y adaptada en Barcelona por Blanca Arias y Júlia Lull. Con más de 400 obras, documentos, objetos históricos e instalaciones contemporáneas, la muestra recorre la historia de los ideales de belleza desde la Antigüedad hasta nuestros días para cuestionar los mecanismos culturales, políticos y económicos que han convertido el cuerpo en uno de los grandes territorios de disputa de nuestro tiempo.

Hay conceptos que parecen inocentes hasta que se observan de cerca. La belleza es uno de ellos. Pocas palabras gozan de un prestigio tan universal y, al mismo tiempo, esconden tantas formas de exclusión. La belleza promete placer, armonía y deseo, pero también establece jerarquías, impone normas y delimita quién merece ser visto, admirado o aceptado. Como recordaba Umberto Eco en su célebre Historia de la belleza, cada época ha construido sus propios ideales estéticos. Lo que hoy consideramos bello habría resultado extraño en otros momentos históricos, y viceversa.

 

 

La exposición del CCCB parte precisamente de que la belleza no es una verdad universal, sino una construcción cultural. Lejos de celebrar un supuesto ideal eterno, la muestra analiza cómo los cánones han sido producidos, difundidos y naturalizados a lo largo de los siglos, convirtiéndose en instrumentos de clasificación social y control simbólico.

La pregunta que atraviesa todo el recorrido no es tanto qué es la belleza como quién la define. Y, sobre todo, quién queda fuera de sus límites.

 

Juno Calypso

 

La exposición llega en un momento especialmente oportuno. Nunca antes habíamos vivido tan rodeados de imágenes. Nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para modificar nuestra apariencia ni de tantos dispositivos dedicados a evaluarla. El cuerpo se ha convertido en una superficie de exposición permanente. Redes sociales, filtros digitales, cirugía estética, cosmética avanzada e inteligencia artificial participan de una misma economía visual donde la imagen funciona como capital y donde la apariencia adquiere un valor social cada vez más determinante.

Sin embargo, la obsesión contemporánea por la belleza no surge de la nada. El recorrido expositivo demuestra que la voluntad de definir un cuerpo ideal acompaña a las sociedades humanas desde la Antigüedad. Las esculturas clásicas, convertidas durante el Renacimiento en paradigma de perfección, establecieron buena parte de los principios que todavía hoy organizan nuestra mirada. La proporción, la simetría y la armonía fueron elevadas a la categoría de verdad estética. Lo que parecía una descripción acabó convirtiéndose en una norma.

 

 

Uno de los grandes aciertos de la exposición consiste en mostrar que estos ideales nunca fueron neutrales. La belleza siempre ha estado ligada a valores morales, religiosos y políticos. Durante siglos se creyó que la apariencia física reflejaba cualidades interiores. La asociación entre belleza y virtud atravesó la filosofía clásica, el pensamiento cristiano y numerosas teorías pseudocientíficas posteriores. Ser bello significaba, de algún modo, ser mejor.

Aunque aquellas ideas hayan sido desacreditadas, sus ecos continúan resonando en el presente. La cultura visual contemporánea sigue asociando determinados cuerpos con el éxito, la salud, la juventud o la disciplina personal. La industria de la belleza no vende únicamente productos sino también promesas de aceptación social.

 

Foto de Zed Nelson.

 

La segunda parte de la exposición aborda precisamente esta dimensión industrial de la belleza. Cosméticos, tratamientos, campañas publicitarias y tecnologías de transformación corporal revelan cómo la apariencia se ha convertido en un mercado global de dimensiones gigantescas. La belleza ya no es solo un ideal cultural; es también un negocio extraordinariamente rentable.

En este contexto, el mito de Narciso adquiere una nueva actualidad. El espejo, símbolo tradicional de la contemplación de uno mismo, se ha multiplicado en pantallas, cámaras y algoritmos capaces de registrar, clasificar y corregir nuestros rostros. El selfie representa quizás la expresión más evidente de esta transformación. Nunca habíamos tenido tantas oportunidades para observarnos ni para construir versiones idealizadas de nosotros mismos.

 

Foto de Leia Goiria

 

Pero la exposición evita caer en discursos simplistas. No plantea una condena moral de las prácticas contemporáneas de cuidado corporal ni de las tecnologías de la imagen. En lugar de ello, explora sus ambigüedades. Las mismas herramientas que pueden reforzar modelos normativos también han permitido que personas y comunidades históricamente excluidas encuentren nuevos espacios de representación y autoafirmación.

Es en este terreno donde la exposición adquiere una especial fuerza política. Buena parte de las obras reunidas en el CCCB cuestionan las jerarquías raciales, de género y de clase que han sostenido los cánones occidentales. Los cuerpos racializados, las identidades trans y queer, las corporalidades disidentes y las subjetividades marginadas dejan de ocupar el lugar de excepción para convertirse en protagonistas de nuevas narrativas visuales.

 

Foto de Josep Tapiró

 

Las obras de Lorenza Böttner, Carlos Motta, Regina José Galindo, Roberta Marrero o Angélica Dass, entre muchos otros artistas presentes en la muestra, revelan hasta qué punto la belleza puede ser también una forma de pluralidad.

Resulta significativo que el recorrido concluya en el ámbito dedicado a la piel, el cabello y la carne. Allí la materia aparece como una fuerza capaz de desbordar cualquier intento de clasificación definitiva. Si el canon busca fijar formas estables, el cuerpo insiste en transformarse, mutar y escapar de las categorías que pretenden contenerlo.

 

Foto de Colita

 

Quizá sea esta la principal enseñanza de El culto a la belleza. La belleza no desaparece cuando se cuestiona el canon; al contrario, se multiplica. Deja de ser una norma única para convertirse en una experiencia diversa, contradictoria y abierta.

En una época marcada por la proliferación de imágenes artificiales y por la creciente presión sobre los cuerpos, la exposición del CCCB nos recuerda que toda definición de belleza implica una visión del mundo y que ningún ideal es inocente. Pero también sugiere que allí donde existe una norma siempre surge la posibilidad de desafiarla.

 

Foto de Harriet Davey

 

Frente a la perfección estandarizada que producen los algoritmos y las industrias de la imagen, El culto a la belleza reivindica una belleza incómoda, plural y cambiante. Una belleza capaz de contener la infinita diversidad de los cuerpos humanos y de cuestionar, precisamente por ello, cualquier pretensión de perfección.

 

INFORMACIÓN PRÁCTICA

 

 

Sobre el autor

ALBERTO LATTINI

Alberto Lattini (Milano, 1982) e laureato in lingua e traduzione spagnola del Universitá Statale di Milano. Trabaja en Madrid.

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