La vida quiso que fuera una desgraciada, pero no me dio la gana. Pérdidas, perdidas y perfidias
Foto de Sheila Metzner
Carmen se mecía en su butaca mientras deshacía el croché que había empezado días atrás y que ya no le parecía adecuado para la bufanda que estaba tejiendo.
Hacer y deshacer hasta que las cosas queden bien construidas.
Y entre aquel extravío se le enredó la cabeza reflexionando sobre lo que se pierde y sobre lo que nos pierde. Pensó Carmen, con un punto filosófico:
Nada más llegar a la existencia nos encontramos con el primer quebranto. Los bebés tienen que mamar tanto la nutritiva leche materna como alimentarse de las ausencias y carencias de mamá. Ahí empieza a perderse la esperanza de plenitud; integramos la desilusión antes incluso de saber andar. Mamá no está siempre. Papá no lo puede todo.
Luego vienen las pérdidas propias del crecimiento y del paso del tiempo. Por ejemplo, perdemos los dientes de leche, hacia los seis años, para dejar paso a otros más contundentes, dibujando en las suaves caras infantiles una sonrisa de teclado escacharrado. Más tarde también se pierden los dientes, aunque entonces por desgaste y no por relevo. Menos mal que gracias a la ingeniería médica existen implantes de titanio, pensaba Carmen mientras pasaba la lengua por sus molares de recambio.
Se pierde el pelo; se pierde la energía, la potencia, la frescura y la inocencia. También pueden perderse algunos ideales. La caída del mito, la decepción de descubrir que la fórmula perfecta para la vida no sirve para todo y que, al final, nada vale para todo.

Foto de Sheila Metzner
Barruntaba estas cosas la mujer mientras comenzaba de nuevo la cadeneta sobre la que iría asentando el resto del tejido y, entre tanto, «chin-chán, chin-chán», se columpiaba en su butaca.
Vamos acumulando una sarta de pérdidas, grandes o pequeñas, según la diosa Fortuna reparta suerte. En todas ellas nos jugamos algo importante: comprobar cómo salimos de esas batallas. Porque no existe el buen perder; eso es autoayuda de aeropuerto.
Existe el perder menos malo. El que no te destruye.
Asentía para sí la pensativa mujer, atravesada por la vida.
Carmen sabía que existen pérdidas morrocotudas, de esas para las que no hay giroscopio capaz de mantener el equilibrio y de las que no se sabe muy bien cómo se sale. Tienen el impacto de un meteorito del Cretácico: te dejan convulsionado, desorientado, con las capacidades perceptivas alteradas y cubiertas por un polvo de amargura y dolor. Uno se queda dando trompicones, tanteando la nada, mientras intenta recuperar la visión y el equilibrio, aturdido por la onda expansiva.
Estos arrebatos dejan a uno perdido en el espacio mental: solo, náufrago, huérfano, herido y completamente desorientado. Son pérdidas que rompen la arquitectura de una vida y que parecen venir del cosmos, del azar o del infierno.

Foto de Sheila Metzner
Recomponer una vida y una esperanza requiere mucha inteligencia y mucho deseo. Como parece que decía Jorge Ibargüengoitia al hablar de su tía: «Mi tía Lola Sierra, que era una mujer listísima y apasionada, decía: “La vida se empeñó en que fuera desgraciada, pero no me dio la gana”».
Hace falta mucho coraje para sacudirse el polvo y no quedarse con el regusto permanente del lamento.
La mecedora de Carmen aumentó la frecuencia del vaivén y la labor avanzó.
Después de algunas privaciones, unos pueden quedarse como zombis, vagando por los caminos en busca del mundo desaparecido, actuando bajo fuerzas que ya no pertenecen a la realidad. Los melancólicos quedan atrapados en lo que pudo ser y no fue.
Carmen negó con la cabeza, reafirmando con el cuerpo las ideas que cruzaban su mente.
Otros, en cambio, se fastidian y, con gran dolor en el corazón, asumen que lo que se fue marchó para no volver. Entonces buscan nuevas posibilidades de tejer vínculos con otros elementos de la rica y variada existencia. Tiran para adelante.

Foto de Sheila Metzner
Carmen estiró el hilo para rebajar la tensión y seguir tejiendo con holgura. Ya llevaba unas cuantas vueltas y la labor empezaba a parecerle satisfactoria.
Aparecieron entonces las perfidias: Hay pérdidas que llegan del mal deliberado y contra las que apenas cabe agachar tristemente la mirada o elevarla al cielo y darse de cabezazos contra el árbol de la ciencia del bien y del mal.
Queda el consuelo del inmenso mar de la ignorancia, donde uno puede agarrarse al salvavidas del perdón y empeñarse rabiosamente en afirmar una identidad ajena a esos comportamientos inhumanos. Perseguir una vida más allá del horror. Salvarse a sí mismo.
—¡Mierda! —maldijo Carmen.
Se había confundido en el conteo de los puntos y había hecho un desastre. Hay cosas que no se pueden entretejer bien a la primera y hay que deshacerlas y rehacerlas una y otra vez. Vuelta a deshilar. Vuelta a empezar.
Recordar para olvidar.

Foto de Sheila Metzner
Concentrada de nuevo, la señora del ganchillo, ya más tranquila, rememoró lo que ella llamaba las «perfidias fantasmas»: esos quiebros que se producen en las relaciones humanas y que, por un exceso de expectativas o de no sé qué, se viven como perfidias de grado sumo: Infidelidades convertidas en traiciones de lesa humanidad. Herencias que no adjudican lo esperado y se interpretan como pruebas de abandono extremo. Divorcios que se prolongan durante toda una vida porque el daño se considera vital y no circunstancial. Ambiciones laborales frustradas que se convierten en pruebas irrefutables de maltrato o acoso. Amigos que no se comportan como hermanos. Hermanos que no se comportan como padres, etc., etc. etc.
Los fantasmas pueden tener mucha fuerza en nuestras vidas. Anidan en la cabeza y acaban tomando el mando. Interpretan lo que vemos y lo que sentimos según sus propias reglas, no según la realidad. Son malos traductores: convierten las diferencias en agravios y las decepciones en traiciones. Tienen su propio guion y, además, nos reparten el papel.
Implican un sufrimiento gratuito, un penar sin sentido. En algún momento se erró el tiro y la conciencia quedó encasquillada en la ofensa, sin advertir que una opción distinta de la esperada o deseada no siempre constituye un agravio; a veces es solo una disonancia.
El balanceo de Carmen se fue suavizando. Su atención se desvió al exterior y se deleitó contemplando la hora azul, la l’heure bleue de los fotógrafos, cuando los contornos se matizan, la luz se vuelve suave y las sombras pierden dureza.
Desde la ventana abierta llegaba el olor del jazmín y del laurel. En algún lugar, alguien escuchaba los nocturnos de Chopin, y hasta sus oídos alcanzaban las notas armónicas de la melodía. La mujer alargó el brazo hacia la mesita que le servía de apoyo. Allí reposaba una copa de tintilla que le había traído de Rota uno de sus sobrinos favoritos.
Carmen tomó un sorbo de tintilla. Después dejó descansar las manos sobre la labor y acaricio la suavidad del mohair.

Foto de Sheila Metzner
