«Algo quedará de mí», de Mercedes Monmany. Galaxia Gutemberg, 2026
La escritora y publicista Margarete Buber-Neumann (fotografía sin fecha). (picture-alliance / dpa / dpa)
Hay libros que no se limitan a contar la Historia, sino que miran al pasado con la intención de acercarlo al presente. En Algo quedará de mí (Galaxia Gutenberg), de Mercedes Monmany, la investigación histórica adquiere la forma de un viaje ensayístico que busca una verdad siempre escurridiza. Subtitulado Historia de diez heroínas de la Resistencia en el campo de Ravensbrück, el gran campo nazi para mujeres, atraviesa también gran parte del siglo XX para interrogarnos sobre el significado de resistir a las múltiples formas de barbarie que acompañan a la condición humana.
Para explicarlo, Monmany escribe sobre diez personajes femeninos reales, acompañados de muchos secundarios, a quienes retrata no solo por su enfrentamiento al nazismo, sino también por haber sufrido otros autoritarismos, como el comunismo. Por eso, Algo quedará de mí se transforma en un ensayo que reflexiona sobre la inteligencia moral de las mujeres en tiempos de devastación.
Monmany convierte el campo de Ravensbrück no solo en un escenario del horror, sino también en un símbolo de una Europa rota, donde la civilización mostró su reverso más oscuro. Y, sin embargo, precisamente allí, en el centro del desamparo, surgieron formas de resistencia que poco tienen que ver con el gesto heroico de los relatos convencionales.

Se trata de una resistencia hecha de pequeños actos que, en el contexto del campo, adquieren una densidad moral inmensa. La autora nos enseña en su libro que la supervivencia física no agota la experiencia. Importa también la supervivencia del sentido, como muestran los testimonios que cita sobre la tenacidad moral y espiritual de sus protagonistas. Un concepto central en la literatura testimonial que Monmany conoce bien, como ha demostrado en otros libros. Resistir es también sostener una idea, compartir un pedazo de pan, escribir de memoria, cuidar a otra prisionera, seguir pensando cuando todo parece construido para impedir el pensamiento.
Las mujeres elegidas por Monmany no forman un bloque homogéneo, y ese es otro de los aciertos del libro. No son heroínas en un sentido abstracto, sino que tiene su singularidad biográfica, sus contradicciones, así como hablan distintos lenguajes y tienes diferentes fidelidades. Entre ellas se encuentran una etnóloga, una dramaturga, una resistente, una espía, una aristócrata, una religiosa —y santa de la Iglesia ortodoxa—, junto a la brigadista Lise London, la doble víctima del nazismo y del comunismo Margarete Buber-Neumann, la traductora y confidente de Kafka, Milena Jesenská, y una poeta polaca. Esta constelación de conciencias distintas, unidas por una misma negativa a doblegarse, abre una vía interesante para comprender la resistencia femenina.
Pero lo mejor del libro es que no se limita a narrar la épica del pasado. Se interesa también por lo que viene después: ese territorio menos visible y quizá más doloroso, marcado por la dificultad de ser creídas, recordadas, publicadas o escuchadas. Muchas de estas supervivientes tuvieron que luchar de nuevo, esta vez contra el olvido, la indiferencia o una memoria pública que prefería otras imágenes de la guerra. Monmany rescata ese segundo combate, el de la palabra posterior, y lo sitúa en el mismo nivel de dignidad que la resistencia anterior. No basta con haber sobrevivido porque hay que lograr que la experiencia tenga lugar en la historia común.

Mujeres en Auschwitz
El título del libro, tomado de Horacio, condensa bien esa intuición. “Algo quedará de mí” no indica orgullo, sino persistencia. En el vibra una verdad antigua. El ser humano se extingue, pero no del todo si logra dejar una huella moral, una forma de relato, un testimonio que sobreviva a la destrucción. Monmany trabaja justamente en ese límite entre la desaparición y la permanencia. Su escritura no embalsama a las figuras que evoca; intenta darles el mayor relieve posible, como si el ensayo pudiera reparar, al menos en parte, la violencia de lo sufrido.
Leído hoy, Algo quedará de mí importa no solo por lo que cuenta, sino por la forma en que mira sin renunciar a la complejidad. Las mujeres no son víctimas pasivas, sino sujetos de acción, pensamiento y memoria. Ravensbrück no es solo un simple nombre del terror, sino una prueba radical de hasta dónde pudo llegar la deshumanización y, al mismo tiempo, de hasta dónde puede llegar la voluntad humana de no ceder del todo. En esa tensión, en ese espacio entre el espanto y la dignidad, la escritura de Monmany limpia una superficie dañada para que vuelva a verse lo que había sido cubierto por la ruina y el olvido. Porque, al final, lo que queda de estas mujeres no es solo la historia de su sufrimiento, sino una llamada ética para los lectores de hoy.

Mercedes Monmany
