Slg Falckenberg, Breuning, Double, 2002

 

El miedo bloquea, paraliza y amarga. Hay miedos que vienen de afuera, que aterran como dragones gigantescos que de pronto sobrevuelan nuestra vida, oscureciendo el día y la noche hasta el negro absoluto, sin haberlos percibido venir, dejándonos sin capacidad de reacción, sin aire, sin escapatoria. Aparecen con una presencia gigantesca que nos hunde en un sobresalto y nos vuelve pétreos e impávidos.

Lo impensable e imprevisto multiplica el efecto hasta el espanto. Y no hay nada que hacer. Nada. De nada sirve correr, gritar, desmayarse o brotar; cualquiera de estas opciones es natural y comprensible, pero inútil. Su única validez es un intento infructuoso de escapar de la realidad; ser otro para no estar bajo esa grieta, en ese abismo.

Pero estás.

No pudiste moverte ni un milímetro para evitar el impacto del golpe que cayó una puntería espantosa.

Y ahí te quedas, en el mejor de los casos, “de una pieza”, preguntándote por qué ha oscilado tan bruscamente la rosa de los vientos y te has quedado sin norte y sin suelo.

 

Foto de Yeh Wei Li

 

El organismo buscará refugio, descanso y alivio. Habrá que quedarse como un cuerpo apaleado, postrado en reposo, dejando que el hálito vuelva poco a poco a imprimir ritmo a la respiración; que baje la inflamación del golpe, que empiecen a suturar las heridas; que podamos, lenta y suavemente, ir entreabriendo los ojos para volver a enfocar; que disminuya el zumbido de los oídos, que se vomite el vértigo.

Duerme, cae, olvida.

Duerme y déjate

que te meza la nada.

(A. García Calvo)

En ese borde entre el colapso y la conciencia, el individuo no piensa: sobrevive. Tose llanto, escupe restos —de rabia, de desconcierto— y, si hay suerte, alguna mano —amiga o docta— puede ofrecer un punto de apoyo mínimo para intentar recuperar el equilibrio.

¡Qué hostias da la vida! ¡Caramba!

Pero hay que volver.

Imaginemos que estamos en un mundo cruel, en guerra fría o caliente, y que tu cometido fundamental, como perteneciente a una élite especializada —un MI5, por ejemplo, al servicio de Su Graciosa Majestad, que casualmente coincide que eres tú—, es tu supervivencia mental, de la cual depende que la realidad no se resquebraje en un instante.

Si te han enseñado bien en el centro de adiestramiento donde, imaginemos, te entrenaste para ser un agente frío, astuto, escurridizo, resistente y eficaz, con toda seguridad te habrán transmitido —empleando todos los métodos existentes, legales e ilegales— que el éxito de tu recuperación y el logro de tu cometido dependen de no olvidar una consigna, una sola consigna: la culpa no es tuya.

 

Foto de Melike Kara

 

No va a ser fácil.

El daño colateral no viene como el obús que estalló en tu cabeza; ese ha sido el golpe sideral. El daño colateral viene en forma de metralla contaminada, que se queda incrustada y que, según vayas haciendo movimientos, rasgará más la herida, sangrará más y aumentará la posibilidad de infectarse de amargura y autorreproches.

Ahí tendrás que rememorar la frase que tantas veces repitió nuestro imaginario agente, instructor implacable y sutil, mirándote gélida y distante mientras repetía la consigna básica de la que pende tu supervivencia cuando han caído bombazos sobre ti, cuando te ha atrapado el Mal, sin saber ni por qué ni cómo, cuándo has tocado con las yemas de los dedos las puertas del infierno.

Repite conmigo: “No es culpa tuya”.

No tienes responsabilidad en parir un hijo sin vida, o no eres el causante de un padre con alzhéimer; tampoco serías responsable de que a tu hermano lo empujara por la escalera tu madre, ni has planeado el atropello de tu mejor amigo en un paso de cebra; el ictus de tu exmujer no tiene nada que ver con el divorcio, ni que tu abuela se volara la tapa de los sesos en la era, etc. etc. etc.

El primer y fundamental paso para sobrevivir cuando el estado de las cosas se descontrola es zafarse de ese perseguidor implacable y tenaz, agente del mal: “la culpa”, que utilizará todas las tretas inimaginables para tenerte bajo su control, para hacerte agente doble utilizando toda tu información logística, racional y organizadora y, como topo infiltrado, desestabilizarte con tus propias armas. Son muy astutos los de contraespionaje.

 

Foto de Leonard McCombe

 

Intentarán seducirte, te advirtieron. Nada más placentero que un buen masoquismo culposo que se haga cargo de tu existencia, caminando de lamento en lamento cual dolorosa con setenta puñales.

Te debieron avisar también de que te perseguirán con las armas más sofisticadas: Tomahawk, misiles de crucero que vuelan a baja altura, guiados durante todo el trayecto hasta alcanzarte para inocularte dosis interminables de victimismo que mermarán tus fuerzas y te dejarán clamando una justicia restitutiva inexistente, que se tornará en agresividad de verdugo dirigida hacia ti.

Es altísimamente probable que te hayas intoxicado y hecho adicto a la culpa, a la pena y a la lástima, y esto te lleve a funcionar como el toxicómano que encuentra siempre la forma de acceder a la dosis, argumentando con las razones más verosímiles —sacadas de tu propia cabeza— para justificar el consumo compulsivo de culpa, engañosamente iluminadora.

Todos estos enemigos camuflados se te echarán encima cuando, todavía noqueado, andes buscando algún rastro de sentido.

 

Foto de René Maltête

 

Te habrán advertido también tus instructores de que no te asombre cuando muchas de las personas que te rodean —y las que vas a encontrarte—, queriendo aportar consuelo, te digan lo más inadecuado e impertinente, lo menos procedente, delicado y amable. Tras el estupor, te convendrá no tenerlo en cuenta, porque los seres humanos somos torpes y nos aterran estas situaciones: apenas tenemos recursos para reaccionar convenientemente y, en un intento de borrar el susto o negar la realidad, te sueltan que tendrás más hijos, que “estar volado no está mal”, jeje… etc. Inconveniencias de este tipo, fruto más de la ineptitud que de la mala intención.

Así que, como agente bien entrenado, te levantarás como puedas, buscarás apoyo, apretarás los dientes, te sacudirás el polvo y recordarás tu misión fundamental para que la realidad permanezca estable: disfrutar de la vida, pasártelo lo mejor posible y buscar siempre un horizonte.

En ese momento también te puedes fumar un pitillo y beber un trago de whisky.

 

Bruno y su gato 2025 © Emeline Sauser