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Los doce césares de la antigua Roma nunca se fueron del todo

Los doce césares de la antigua Roma nunca se fueron del todo

Nerón sobre las ruinas de Roma  de Carl Theodor von Piloty

 

El historiador romano Cayo Suetonio Tranquilo escribió «La vida de los doce Césares» en el siglo II d. C. y comprendió algo que sigue vigente hoy día. Los ciudadanos aseguran que les importan las instituciones y los asuntos públicos, pero en el fondo de su corazón lo que de veras les gusta es la personalidad de los políticos. Suetonio sabía que los ciudadanos que alababan públicamente la república romana y sus valores preferían el espectáculo que los césares les proporcionaban, las disputas por el poder, los chismes y los escándalos de unos hombres muy poderosos.

Al leer «La vida de los doce césares» en 2026 resulta difícil no imaginar a la antigua Roma como un adelanto de la política moderna. En el libro del historiador romano hay gobernantes inseguros, escándalos sexuales, crisis públicas, traiciones, campañas de propaganda y suficiente ego como para alimentar varios siglos las redes sociales. Con el paso del tiempo, los nombres cambian pero el mecanismo del poder muy poco.

Con ello tampoco queremos decir que Donald Trump es una mezcla entre Julio César y Nerón. O Xi Jinping el sucesor del emperador Augusto y Vladimir Putin, un Tiberio ruso. Tampoco compararemos a los césares menores que gobiernan otros países con los menos conocidos del libro de Suetonio. Las analogías históricas se vuelven absurdas cuando las conducimos demasiado lejos. La antigua Roma era un imperio gobernado mediante la fuerza y la política dinástica, no a través de constituciones modernas o burocracias partidistas. Pero Suetonio fue el primero que comprendió cómo los líderes políticos se convierten en grandes actores teatrales antes de deslizarse hacia el autoritarismo.

 

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Al presidente norteamericano Donald Trump podemos compararle con Julio César. La verdadera innovación de Julio César no fue la conquista militar, sino la creación de una marca. Suetonio lo describe como un líder obsesionado con la visibilidad, el simbolismo y el control narrativo. César escenificó triunfos, cultivó la lealtad de los romanos, perdonó a los enemigos que le interesaban y se transformó en un mito viviente mucho antes de que su asesinato lo transformara en inmortal.

Donald Trump vive en un mundo completamente diferente, pero tiene un instinto similar para captar la atención de la gente (incluso de quienes le detestan) como una forma de poder. Su dominio político depende menos de los detalles de las políticas contradictorias que emprende como de su presencia emocional. Entiende la política moderna como una actuación permanente en el plató de un show televisivo. Cada insulto, eslogan o ataque a sus enemigos aumenta su visibilidad, un mecanismo que le otorga autoridad pese a sus disparates y equivocaciones.

Los enemigos de Trump ven en ello un reflejo de su enorme superficialidad. Suetonio no estaría de acuerdo. En la antigua Roma, el espectáculo formaba parte del gobierno. La emoción pública importaba tanto como la eficacia administrativa porque la legitimidad dependía cada vez más de esa fuerza simbólica.

 

El presidente Donald Trump acompañado del vicepresidente de China, Han Zheng, a su llegada al aeropuerto internacional de Pekín el 13 de mayo de 2026.

 

Esa dinámica da forma ahora a la política democrática en gran parte del mundo. Los líderes modernos compiten no solo por los votos, sino por la atención de los electores dentro de ecosistemas mediáticos fragmentados y donde la indignación y la pasión se difunden más rápido que cualquier medida legislativa. Julio César se habría adaptado en un minuto a las redes sociales y habría publicado constantemente vídeos en Tik tok. Pero si Trump asemeja al caos de Julio César, el presidente chino Xi Jinping se parece más al disciplinado Augusto.

El emperador Augusto aparece en «La vida de los doce césares» como el gobernante que comprendió que un poder estable tiene que dejar de parecer revolucionario. Después de la cruenta guerra civil romana, Augusto implantó el Principado, un sistema autocrático disfrazado de instituciones republicanas, y dio comienzo a una era de estabilidad, expansión territorial y esplendor monumental. El Senado seguía existiendo. Las elecciones continuaban celebrándose. Oficialmente, Roma era una República. Sin embargo, todo el mundo sabía dónde se encontraba el poder.

La China de Xi funciona a través de instituciones muy diferentes, pero la lógica subyacente nos resulta conocida. Xi se presenta menos como un populista disruptivo que como el guardián de la continuidad, la estabilidad y el destino nacional. Su autoridad depende de la disciplina más que de la improvisación.

 

Estatua de Augusto encontrada en la villa que Livia tenía en la localidad romana de Prima Porta. Actualmente esta escultura está en los Museos Vaticanos.

 

Suetonio admiraba a Augusto porque reconocía que los sistemas duraderos requieren legitimidad emocional, no solo el ejercicio de la fuerza. Los ciudadanos, con el tiempo, necesitan percibir la autoridad como algo natural. Ese puede ser el proyecto político del siglo XXI, como lograr que el autoritarismo se perciba como algo normal.

El emperador Tiberio, quizás la figura psicológicamente más moderna del libro de Suetonio, se retiró gradualmente de la vida pública mientras se volvía cada vez más receloso, aislado y represivo. Los rumores florecían a su alrededor. La lealtad se volvía imposible de medir y el miedo flotaba alrededor suyo.

El presidente ruso, Vladimir Putin, gobierna a través de una visibilidad controlada. Sus apariciones públicas están cuidadosamente coreografiadas, la información muy controlada y la oposición política reducida a la mínima expresión.  Al igual que Tiberio, Putin proyecta tanto omnipresencia como distancia.

 

i Jiping y Vladímir Putin, el Día de la Victoria el 9 de mayo 2025 en Moscú. (EFE)

 

Suetonio comprendió que los gobernantes que lo controlan todo acaban por no confiar en casi nadie. Esto crea sistemas en los que los subordinados dejan de informar con honestidad sobre la realidad porque se vuelve peligroso. El resultado es un aislamiento político disfrazado de fortaleza. Y seguramente, cuando decidió la invasión de Ucrania, Putin fue mal informado por sus lugartenientes sobre el estado del Ejército ruso y la capacidad de resistencia ucraniana.

Pero ningún emperador fascinó más a Suetonio que Nerón. Cantaba en público, organizaba espectáculos, perseguía la fama de forma obsesiva y empleaba su autoridad no tanto para conseguir una buena gestión administrativa como una excelente comedia. La ciudad de Roma se convirtió en el público favorito de su teatro.

Las tragicomedias de Nerón pueden hacernos reír desde la perspectiva de la democracia moderna hasta que nos acordamos que la política contemporánea se rige cada vez más por la lógica del entretenimiento.

 

Una carroza que representa al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, como el emperador Nerón tocando el arpa frente a una Casa Blanca en llamas, ha sido presentada en el desfile de carrozas «Lunes Rosa» (Rose Monday) de Mainz. EFE/Hasan Bratic

 

Trump es el ejemplo más obvio, pero la transformación actual de la política va mucho más allá de él. El éxito político depende ahora en gran medida de la visibilidad, la intensidad emocional y la compatibilidad algorítmica. Los políticos compiten por la atención de la gente de la misma manera que los influencers compiten por la de sus seguidores. Internet no creó la política del espectáculo, sino que la industrializó.

Suetonio captó algo que muchos analistas modernos subestiman, pero los situacionistas captaron muy bien en el siglo pasado. El espectáculo no es lo opuesto al poder, sino que se convierte en poder. Por eso, la verdadera razón  de la actualidad de «La vida de los doce césares» no se debe a que cuente de forma entretenida la vida de unos emperadores excéntricos. Muchos historiadores lo han hecho. Suetonio fue el primero en comprender que las repúblicas se deterioran culturalmente antes de colapsar institucionalmente.

Roma siguió conservando el lenguaje republicano mucho después de que el poder se hubiera desplazado hacia el culto a la personalidad. Las leyes se mantuvieron y se siguieron celebrando elecciones. Pero la política giraba cada vez más en torno a tiranos capaces de eclipsar a las propias instituciones.

En cambio, las sociedades modernas se ven a sí mismas como sistemas racionales gobernados principalmente a través de políticas y procedimientos. Pero a muchos ciudadanos les motivan menos los grandes principios teóricos que el espectáculo, el miedo, la lealtad, el resentimiento, y el sentirse representados por hombres que juegan a ser como los antiguos césares de Suetonio.

 

Página de «La Vida de los doce césares». Impreso por Robert Estienne, 1540, Francia.

 

 

 

Sobre el autor

LUIS DE LEÓN BARGA

Coordina "Libros, nocturnidad y alevosía" y ha publicado las novelas "Nuestra amiga común" (Amargord, 2010), "Los durmientes" (Fórcola, 2016) y el ensayo "Narcisistas Contemporáneos. Groupies, playboys y nocturnidades" (Fórcola, 2021)

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