Antonio Núñez de Herrera, de pie, en una reunión de miembros de la revista Mediodía

 

Imaginaos por un segundo la cara de Antonio Núñez de Herrera (1900-1935) si levantara la cabeza de su tumba en la localidad portuguesa de Montegordo. El escritor, extremeño de Campanario, sevillano de adopción, se pasó media vida escribiendo con pólvora vanguardista, y de pronto… silencio. Cuarenta, cincuenta, ochenta años de “¿Núñez de qué?”. Hasta que comienzan las primeras investigaciones, ediciones,  y ahora la revista TURIA le dedica un monográfico de lujo con 150 páginas, textos inéditos, una docena de firmas y más de cuarenta sevillanos de pro metiendo baza.

Este número se presenta el 18 de marzo en la Fundación Caja Rural del Sur de Sevilla con una entrevista en RNE entre el poeta Fernando del Val, César Rina y José María Rincón, los dos mosqueteros que han coordinado este rescate. Preámbulo perfecto, además, de cara al centenario del 27. Porque si Góngora tuvo su fiestón en Sevilla, Núñez de Herrera se merece, como mínimo, que le saquen la vajilla de plata.

Que conste: no es un muerto cualquiera. Es de esos raros que, cuando aparecen, te hacen preguntarte cómo perdió el DNI literario. Núñez de Herrera fue periodista, prosista transgresor, republicano, y, sobre todo, un tipo que miró Sevilla sin las gafas de color de rosa que usaban los demás. Su único libro, Sevilla: Teoría y realidad de la Semana Santa (1934), sigue siendo una bomba de relojería estilística. No es un devocionario con olor a incienso. Es un tratado que mezcla crítica social, humor negro, vanguardia pura y una prosa que parece escrita mientras corría delante de una procesión.

 

 

Juan Bonilla lo explica en TURIA: “A Núñez de Herrera le hubiera gustado el truco de Bergamín para inventarse una etimología sobre la palabra ‘religio’… no de ‘religare’ –unirse–, sino de ‘relegere’. La religión como un modo de releer el mundo”. Y releerlo, sí, pero poniéndole música. Convertir la fiesta en melodía. Eso hacía él: elevaba la vida a la “alegría de estar vivos”.

Su olvido fue, como dice la revista, “mayúsculo”. Nadie reseñó su libro durante décadas.  Y eso que no era precisamente un don nadie. Tenía contactos en Madrid, ejercía de mediador entre el grupo de la revista «Mediodía» y las vanguardias, era el secretario del primer alcalde republicano de Sevilla, jefe técnico de la Hemeroteca Municipal… Vamos, que no era precisamente el típico escritor de boina y buhardilla. José María Rondón, en su artículo “Núñez de Herrera y el grupo Mediodía: el solitario en el rincón de Trotsky”, cuenta que mientras sus compañeros de generación jugaban a ser tibios, él fue del Partido Republicano Autónomo, impulsor del andalucismo con Alfonso Lasso de la Vega… Un heterodoxo en la ciudad de los prodigios, como lo llama el monográfico.

Sevilla, esa urbe anclada en la tradición pero que, en los años 20 del siglo pasado, resultaba hasta moderna. Eva Díaz Pérez cuenta que  gracias a Ignacio Sánchez Mejías, el Ateneo se convirtió en el escenario donde los poetas jóvenes le montaron el circo a Góngora. Y Núñez estaba allí, en primera fila, tomando notas con estilográfica afilada.

Pero no todo es Semana Santa y política. Carlos Mármol, en “Las ‘verdades de plata’ de Antonio Núñez de Herrera”, lo corona como “cronista heterodoxo de las tradiciones de Sevilla”. El hombre no inventaba; simplemente miraba lo que los demás preferían no ver. La prosa cofrade de entonces era, en su mayoría, azúcar glaseado. Él, en cambio, levantó acta de lo que tenía delante: lo bello, lo ridículo, lo humano. Un realismo divergente, dice Mármol. Realismo con guasa. David González Romero, por su parte, desentierra cómo muchas de esas estampas sevillanas que mandaba a la prensa madrileña entre 1929 y 1931 fueron el germen del libro del 34. Periodismo literario con reflejos políticos, costumbrismo paródico, humor callejero… Lo que hoy sería un influencer cultural con máster en ironía.

 

Antonio Núñez de Herrera

 

TURIA ha digitalizado archivos y ha sacado cuatro joyas que resumen al personaje. La más deliciosa es un “Diccionario filosófico” publicado en la revista argentina Síntesis. Un breviario de sabiduría con sorna que parece escrito por un Diógenes que se hubiera tomado copas de más. 

“Anaxímenes. Cosmología aérea: El mundo un cuajarón de aire; la vida, un paréntesis aviador; y un buchito de viento, el alma. Cada persona un globo –un glóbulo– que la muerte desinfla fácilmente.”

“Diógenes. Hijo arruinado de Sócrates tiene, por necesidad, que hacerse troglodita y vegetariano. Vive con la Virtud, dama andrajosa que acaba metiéndose a ramera en casa de la Cirenaica.”

“Los cínicos. Los cínicos eran buenos con martingala; pobres meritorios; feos de conveniencia; plebeyos honorarios y canes de afición.”

“Estoicos. Los cínicos fueron los ‘bohemios’ de la filosofía; los estoicos son los cínicos, pero vestidos de limpio.”

 

Cruz de guía de la hermandad de la Macarena en el siglo pasado

 

¿Quién necesita a Twitter, perdón X,  cuando tienes a Núñez de Herrera definiendo la filosofía como si estuviera en una tertulia de barrio? Es puro oro. Y demuestra que el tipo no solo escribía sobre nazarenos; escribía sobre el mundo entero con la misma mirada traviesa.

Pero el número de TURIA no es solo Núñez de Herrera. Hay una entrevista a fondo con Juan Manuel Bonet, el sabio de las vanguardias (París 1953), exdirector del Reina Sofía, del IVAM, del Cervantes… Angélica Tanarro cuenta cómo su padre, el historiador del arte Antonio Bonet Correa, le enseñó a ver pintura, arquitectura, literatura y cine como un todo; la influencia de Fernando Zóbel; su etapa sevillana escribiendo crítica en El Correo de Andalucía; su pasión por Dis Berlin, Broto, Campano…

 

Juan Manuel Bonet

 

Y sí, también cuenta, con esa elegancia suya, que sus salidas de los grandes cargos no fueron precisamente un paseo, pero que él prefiere recordar los frutos y no las penas. Coleccionista empedernido, ya está preparando su legado para la Fundación Antonio Pérez de Cuenca. Un tipo que, cuando habla de listas de librerías del mundo a las que entró “a por libros”, te dan ganas de pedirle el Excel.

De Venezuela llega Yolanda Pantín (Caracas, 1954), entrevistada por Michelle Roche Rodríguez. Poeta, dramaturga, ensayista, Premio García Lorca 2021. Su voz “se alza por encima de la tribu como antaño hicieron los chamanes”. Ella lo dice claro: “Fuera del lenguaje en la escritura, no existe para mí casi nada”. Habla de su cuidado para que la política (crítica feroz con el chavismo) no convierta la poesía en panfleto. De la herida abierta que es Venezuela, de amigos que se fueron, de la perplejidad ante un mundo que “se abre todavía sin lenguaje”. Leerla es como oír a una sacerdotisa que sigue cantando aunque el templo esté en ruinas.

 

Yolanda Pantin

 

Para rematar, un ensayo de David Pastor Vico que merece leerse dos veces: “Rectificar es de sabios. Sobre tecnología, humanidad y salud mental”. El filósofo belga-sevillano (Jambes 1976, UNAM) desmonta el maniqueísmo de misoneístas vs tecnófilos y nos recuerda que ninguna tecnología es inocua por definición. Que los móviles y las redes están haciendo estragos en la salud mental de los chavales: desadaptación cerebral, relaciones sociales alteradas, autolesiones… “Actuamos antes de pensar, movidos por la emoción o la excitación del momento”. Y propone prevención: educación, supervisión, programas escolares. Rectifiquemos a tiempo, dice. Ojalá le hagan caso.

TURIA, fundada en Teruel en 1983 por Raúl Carlos Maícas, cuatrimestral en papel y diaria en digital, sigue siendo esa rara avis que combina rigor con alegría. Este número, financiado por la Fundación Caja Rural del Sur, es prueba de que la revista quiere volver a mirar hacia Andalucía con el mismo cariño con que lo hizo en sus monográficos de Cernuda o Juan Ramón Jiménez (agotadísimos, por cierto).

 

David Pastor Vico

 

REVISTA TURIA