Escritora y periodista, Consuelo Triviño Anzola nació en Bogotá, pero lleva décadas viviendo y trabajando en Madrid. Sus publicaciones comprenden obras de ensayo y de ficción, entre las que destacan cinco novelas: Prohibido salir a la calle(1997), La semilla de la ira (2008), Una isla en la luna (2009), Transterrados (2018) y Ventana o pasillo (2021). Todo es cuento (2024) da título a su libro de relatos más reciente. Por otra parte, ha publicado una biografía de José Martí y volúmenes sobre Carlos Fuentes, Germán Arciniegas, Pompeu Gener y Miguel de Cervantes. Fue editora de varios libros sobre la obra de autores significativos de las letras hispanoamericanas y posee una amplia bibliografía de colaboraciones en revistas y suplementos culturales. Su última entrega, Cien novelas con nombre de mujer (ediciones Cátedra, Madrid, 2026), que motiva la entrevista, es un ensayo monumental de lectura e interpretación de esas grandes obras en prosa que se crearon a partir del siglo XVIII hasta finales del XX.
Cien novelas ordenadas cronológicamente y representativas de la problemática de la mujer. Pertenecen a 32 países de Europa, Estados Unidos, Canadá y Latinoamérica. También de Rusia, Japón y de una autora saudita nacida en Alejandría. Un recorrido amplio y exhaustivo que le sirve a Triviño para tratar asuntos fundamentales a la hora de abordar novelas que colocan a la mujer en el centro de la ficción. Los estereotipos que aparecen y son analizados de forma reveladora por la autora colombiana arman un cuadro sumamente interesante del tratamiento que se le ha dado a los personajes femeninos según la época y las distintas tendencias literarias. Triviño nos habla con sabiduría del momento histórico en el que las obras fueron escritas. Presenta el argumento, cómo se organiza el relato, narra las dificultades que atraviesan las protagonistas y los dilemas a los que se enfrentan de acuerdo con el estereotipo asignado. Ofrece, de manera sucinta, cómo fue recibida por la crítica cada obra. Escritores relevantes –desde Madame de Lafayette pasando por Daniel Defoe, Jane Austen, Mary Shelley, Stendhal George Sand, Charlotte Bronte, Alejandro Dumas hijo, José Mármol, Flaubert, Jorge Isaac, León Tolstói, Benito Pérez Galdós, Rubén Darío, Máximo Gorki, Colette, Miguel de Unamuno, Teresa de la Parra, Virginia Woolf, Rómulo Gallegos, Nabokov, y muchos más, hasta llegar a las argentinas Martha Lynch y Beatriz Guido, la chilena Isabel Allende y los españoles Almudena Grandes y Antonio Muñoz Molina- dan carnadura a este magnífico ensayo.

Consuelo Triviño Anzola. Foto de https://www.consuelotrivinoanzola.com/home
Reina Roffé: Me pareció particularmente interesante que antes de entrar en tema hayas señalado, entre otras cosas, la importancia que tiene el nombre. Tomando en cuenta que tu ensayo se titula Cien novelas con nombre de mujer, decir algo al respecto resultaba necesario, ya que ciertos nombres están cargados de significado y forman parte esencial de la identidad. ¿Qué significa Eva, María, Antonia, etc.? ¿Van cambiando de significado a través del tiempo o se olvida lo que una vez representaron?
Consuelo Triviño: Claro que sí, los nombres entrañan un significado cultural. Están ligados a las mitologías, y dan información sobre nuestros ascendientes. Eva, en la cultura judeocristiana, tiene una carga positiva: es la primera mujer, pero también negativa: es la primera pecadora. Para el cristianismo, María encarna la pureza. Ella da a luz al hijo de Dios, es la elegida. Almudena Grandes en Malena es un nombre de tango juega con el significado del nombre de la protagonista: María Magdalena. No olvidemos que Magdalena equivale a pecadora. Es la mujer pública que va a ser apedreada. También la norteamericana Willa Cather es consciente del peso del nombre que le asigna a su protagonista en Mi Antonia. Esta es la pionera que en América se enfrenta a todo tipo de adversidades y las supera. Casi todas las novelas de este ensayo evidencian el peso del nombre de la protagonista, empezando por aquellas que nos instalan en las culturas indígenas. Iracema, además de ser anagrama de América, en lengua tupi significa “la de los labios de miel”. El nombre Cumandá, en la lengua de los jíbaros, hace referencia al color de la piel de la protagonista, quien es mestiza: “la de tez de marfil”. Toá significa “el fuego” en la lengua de los siona. Ella es el símbolo de la vida y de la muerte.
En la extensa y proteica Introducción de tu libro, te preguntas si existen diferencias entre las obras centradas en personajes femeninos escritas por hombres y las escritas por mujeres. Si así fuera, ¿cuáles son?
Nuestra tradición marca los orígenes de la novela moderna en Cervantes. Pensemos en Las novelas ejemplares cuyas protagonistas son mujeres. Al leerlas se capta la admiración del narrador por el carácter de sus protagonistas. Hay una suerte de vocación feminista en el Quijote cuando la pastora Marcela se desentiende de los reclamos de su enamorado, que junto a ella parece tonto. La novela romántica se centra en personajes femeninos con una vocación de sacrificio y entrega, que las lleva a renunciar al amor o a morir. Pero esto les ocurre también a los hombres. Recordemos al joven Werther.
Hasta las últimas décadas del siglo XIX no aprecio diferencias importantes en el tratamiento del personaje femenino cuando se trata de escritores o escritoras. Entre Indiana de George Sand y Armance deStendhal no hay diferencias importantes en el tratamiento de lo femenino. Ambas protagonistas renuncian al amor, aunque por distintos motivos. Sin embargo, hay novelas fuera de serie, que rompen con los estereotipos de su tiempo, escritas tanto por hombres como por mujeres. Théophile Gautier, en Mademoiselle de Maupin (1834), persigue el andrógino, igual que Rachilde en su Monsieur Venus (1884). Es a partir de las vanguardias, y con la popularización de técnicas narrativas como el monólogo, junto con un cambio de paradigma en la cultura, que las mujeres empiezan a explorar otras posibilidades expresivas para abordar temas íntimos: dilemas morales, prejuicios sociales, necesidades, aspiraciones, o frustraciones específicas de su condición, derechos sociales. Ello no implica que otras autoras no hayan abordado estos temas en el pasado. Por ejemplo, Madame de Genlis planteó tempranamente los peligros a los que se enfrentaba una escritora cuando se atrevía a firmar sus libros con su nombre, en la novela La femme auteur (1802).

Manuel Puig
El escritor argentino Manuel Puig decía que él trabajaba o prefería trabajar con personajes femeninos, porque eran los que más juego daban a la hora de la representación psicológica. Resultaban emocionalmente más ricos, más complejos, más sensibles y misteriosos, más impredecibles y, por lo tanto, más revolucionarios. ¿Estás de acuerdo?
Digamos que Puig podría sentir fascinación por ese otro/otra, que él sentía como parte de sí mismo, y con quien se identificaba. Lo mismo le ocurría a Antonio Gala. Los temas de la infidelidad, el adulterio y la prostitución han sido tratados, en general, por autores que se centran en figuras femeninas: Manon, Nana, Santa, por poner ejemplos de este libro mío, que abarcan más de un siglo. Pero encuentro original el tratamiento que Édouard Dujardin le da al mismo tema. Este elige la perspectiva de un joven ingenuo atrapado en las garras de una buscona, en Les lauriers sont coupés (1888). En esta novela se recurre con gran maestría a la técnica de monólogo interior en un apasionante relato.
Tú misma reconoces el asombro que te despertó advertir la cantidad de novelas con nombre de mujer que existían o con personajes femeninos que van creciendo hasta tomar la escena central de la historia que se narra, independientemente del sexo del autor. ¿Quedaron muchas en el tintero? ¿Por qué incorporaste unas y otras no?
Me dio pena descartar novelas que he leído con placer, para empezar, muchas de Galdós, o de George Sand, como la que lleva mi nombre, Consuelo, o de Balzac, como La prima Bette, también de los Goncourt: Madame Gervaisais, así como otras novelas de Soledad Acosta de Samper, que he disfrutado. Lamenté no poder incluir novelas de protagonista femenina que no se titulan con nombre de mujer: La madre naturaleza, de Emilia Pardo Bazán, Una mujer en la selva del nicaragüense Hernán Robleto, o La mujer desnuda, de la uruguaya Armonía Somers, y no sigo…En cambio, no pude resistirme e incluí La babosa, cuya protagonista es una mujer que acaba destrozando reputaciones y sembrando el caos en su comunidad, igual que Mulata de tal, que enfrenta a los terribles dioses mayas contra la exégesis bíblica. Es una lucha a muerte contra la hibridez cultural, incluso después de la destrucción del pueblo. La primera es del paraguayo Gabriel Casaccia. La segunda es del Premio Nobel Miguel Ángel Asturias.

Sidonie-Gabrielle Colette (Saint-Sauveuren-Puisaye, 1873 – París, 1954)
Te abocaste especialmente al análisis de las novelas del siglo XIX y XX, aunque hay antecedentes importantes en siglos anteriores en cuanto a la construcción del género ¿Por qué?
Entiendo que en el siglo XIX se asiste al auge de la novela, especialmente en Francia, Inglaterra, y en el mundo hispánico. La novela realista a partir de la segunda mitad del XIX es como un microcosmos que da cuenta de la sociedad y de sus cambios: los adelantos científicos, las nuevas corrientes de pensamiento, las clases sociales, el papel de la familia y el lugar de la mujer. Es muy significativo el éxito del género, que se abre camino en la prensa bajo la forma de novela por entregas. Ello implicó un aumento considerable de lectores, lo que popularizó el género novelesco. Pero el realismo, con temas como el adulterio, se volvió muy repetitivo, ya Baudelaire se burlaba de las penas de madame Bovary. Los creadores buscaron otras fuentes de inspiración, en el arte, por ejemplo. Los simbolistas insisten en À Rebours, una novela sobre el hastío y la necesidad de ir más allá de los valores impuestos. Se rompen los estereotipos, aparece en el escenario la figura del dandi, de la mujer fatal, no ya la esposa atrapada en las cuatro paredes del hogar, sino la que quiere triunfar en el mundo; no es la pobre costurera burlada, sino la mujer vestida de hombre que quiere ampliar sus conocimientos, o la deportista, la intelectual, la que se detiene en los escaparates de las librerías, como en Nadja, de André Breton. Las novelas anteriores al siglo XIX, en su mayoría de género epistolar, se centraban en la virtud de la mujer y las trampas que debía sortear para preservase. Pensemos en La princesa de Clèves (1687) y en Pamela (1740). Pero también tenemos una versión femenina del pícaro en Moll Flanders (1722), que se presenta bajo la forma de un testimonio, que un autor adapta para no escandalizar a los lectores. Asimismo, tenemos en Atala (1801), de Chateaubriand, una novela, que da las claves de lo que será la novela hispanoamericana. Hay que tener en cuenta que una de nuestras primeras novelas es la colombiana Yngermina o la hija de Calamar, publicada en 1844. Fue después de las independencias que se pensó cómo debería escribirse la novela americana. Pero también incluyo un importante número de novelas del siglo XX. Son 42 novelas, que empiezan con Claudine, de Colette. Es evidente un incremento de escritoras con propuestas novedosas. Estas autoras recogen cambios significativos, rompen con los estereotipos y abordan sus dilemas íntimos, no sólo desde su condición de esposas, sino también, desde sus inquietudes intelectuales, como por ejemplo en Eva Luna, de Isabel Allende, que me parece digna de mención por ofrecer la imagen de una mujer huérfana y abandonada, capaz de abrirse camino y de ganarse la vida contando historias, como la propia autora.
¿Qué tipos de mujeres se presentan, según el momento, a partir de ese libro inaugural que fue La princesa de Clèves, de Madame Lafayette? ¿Cuáles son las tipologías más frecuentes?
Aquí abordo quince tipologías de mujeres, pero podrían ser más. Destaco a la mujer trabajadora de la que Elizabeth Gaskell nos ofrece un ejemplo entrañable. En esa misma línea tenemos a la institutriz y la doncella, que parte del modelo de Pamela, pero que en Jane Eyre presenta a una mujer de espíritu superior, capaz de mantener un diálogo al mismo nivel con el patrón, quien acabará seducido por su inteligencia. Al lado de las trabajadoras encontramos a la mujer pionera que lucha contra el medio hostil para sacar adelante a la familia, casi siempre desbordada por la inoperancia del marido. También tenemos ejemplos de mujeres estigmatizadas por una falta, o por nefastas herencias. Estas sufren el asedio de las pasiones y huyen del mal. Puede ser la hija que despierta la pasión del padre, o la hermana que huye del amor del hermano. Son situaciones confusas debido a relaciones adúlteras o incestuosas. No falta la mujer vampira que seduce a una joven mientras le va quitando la vida. Miguel de Unamuno presenta en La tía Tula un personaje singular: casada con la familia de su hermana, que ejerce de madre sin haber concebido hijos, y que cuestiona el relato bíblico porque considera que en la Santísima Trinidad falta la mujer.
¿Qué autores y novelas rompen con los estereotipos femeninos o con algunos de ellos?
Ya he mencionado los ejemplos de Théophile Gautier, de Pierre Louÿs y de Rachilde, pero también están Arthur Schnitzler, con el magistral monólogo de La señorita Elsa, André Breton, con Nadja, o Lawrence Durrell, con Justine, una de las piezas del célebre cuarteto de Alejandría.

Elizabeth Gaskell
En estas novelas hay muchas suicidas, ¿Sus sueños de libertad se ven aplastados por la sociedad patriarcal?
Así es, muchas de las mujeres que apuran el veneno, se lanzan a las vías del tren, o se arrojan al abismo, en realidad huyen de un mundo hostil donde no encuentran un lugar para ser como ellas quisieran. A veces se trata de un esposo autoritario, que pone en la balanza la opinión pública, y que parece más preocupado por el qué dirán. Pero este patrón varía, por ejemplo, en la hermosa novela del suizo Ramuz, Aline, cuya protagonista se suicida por no soportar la traición del joven que le prometió amor. En cambio, en Panna, de Max Nordau, la joven se suicida cuando comprende que no hay justicia para los suyos.
¿Las trasformaciones políticas, científicas y sociales que se dan en los siglos XIX y XX modificaron también la escritura y la presentación de los personajes femeninos?
Así es, las vanguardias proponen nuevas técnicas narrativas, como el monólogo interior al que se recurre en La señora Dalloway. Vemos desplegarse magistralmente esta técnica en Bibiana, de la española Dolores Medio, o en La señora Ordóñez, de la argentina Marta Lynch. Asimismo, las modernas teorías permiten construir personajes femeninos como si se tratara de casos clínicos, principalmente bajo la influencia del médico francés Charcot, que trabajó sobre la histeria femenina, y que llevó a su escritura el colombiano José María Vargas Vila, en casos de irrisoria locura. Del mismo modo influyeron las tesis de Darwin a la hora de construir estereotipos femeninos, tema que ya abordé en un ensayo publicado en 2004.
¿Qué autora o autoras y libros producen un cambio fundamental en el siglo XX en cuanto a la emancipación de la mujer?
De nuestro entorno menciono la novela de Teresa de la Parra, Ifigenia, pero en Francia tenemos muchos ejemplos a partir del modelo que propone Colette en su serie sobre Claudine. Son mujeres hasta cierto punto descaradas, que atentan contra las buenas costumbres, que aspiran a conquistar su libertad en un mundo de estrechos horizontes. Teresa de la Parra conduce a su personaje al sacrificio, y Marta Lynch se suicidó, lo que nos hace pensar que compartía muchos de los dilemas de su personaje, a pesar de ser una intelectual de prestigio, muy reconocida en su tiempo, junto a Borges o Bioy Casares que destacaban en el horizonte cultural argentino. Quizás ella supo captar gran parte de las contradicciones sociales que asfixiaban a las mujeres en su medio.

Carmen Martín Gaite
¿Cuáles son las particularidades estilísticas y temáticas que distinguen la “literatura femenina” de la “literatura de mujeres” de las que, en una época, se habló tanto? Esta última, ¿se construye con vivencias propias del género, evidenciando el sometimiento de las mujeres?
Existen muchas teorías sobre una escritura específicamente femenina. Isabel Allende opinaba que la literatura no era femenina ni masculina, sino buena o mala. Virginia Woolf decía que, para que el acto creativo se llevara a cabo, debía existir una suerte de colaboración entre el pensamiento del hombre y de la mujer. Carmen Martín Gaite distinguía un “discurso de doble voz”, que surgiría de un lenguaje “prestado por los hombres”, pero construido con las vivencias de las mujeres. No he querido entrar en estos debates en los que se “deconstruye” el logos y se borran los conceptos de “femenino” y “masculino”. En este ensayo he seleccionado mujeres de novela. No olvidemos nunca que la literatura no es la realidad, sino un artificio maravilloso y real.
¿Cuáles son las novelas con nombre de mujer de las que no quisieras desprenderte y por qué?
Son muchas: Pamela, de Samuel Richarson, Emma, de Jane Austen, La señorita Elsa, de Arthur Schnitzler, Katrina, de Sally Salminen, La babosa, de Gabriel Casaccia, y volvería a leer más de una vez Mulata de Tal, de Miguel Ángel Austurias o Bibiana, de Dolores Medio. Este grupo de novelas destaca por su prosa, intensa, sobria, precisa o densa, por su depurada técnica y por la fuerza de los personajes femeninos: una institutriz, una joven inteligente que reflexiona sobre su condición; una campesina valiente que asume las consecuencias de su decisión equivocada; una mujer despiadada de lengua viperina; un híbrido que no puede engendrar ni concebir, y una entrañable ama de casa que sufre por los suyos en el Madrid de los años cincuenta.

Reina Roffé nació en Buenos Aires y vive en Madrid. Ha publicado cinco novelas, entre las que destaca La rompiente (1987) y varios libros de ensayo. Se la considera la primera biógrafa de Juan Rulfo, a quien le ha dedicado varios trabajos. Es autora de dos libros de cuentos: Aves exóticas (2004) y Vivir entre extraños (2025). Buena parte de su obra ha sido traducida al italiano, inglés y francés.
