Damián Flores expone «Venecias», que enseña su última obra dedicada a la ciudad. en la galería Utopia Parkway de Madrid del 6 de marzo hasta el 17 de abril de 2026. En sus cuadros, Damián Flores construye una Venecia mental, elaborada a partir de la experiencia, la memoria cultural y las lecturas. Con escribe Juan Lamillar en el prólogo del catálogo, el pintor nos convierte en «acompañantes de sus paseos por calles y campi, de sus navegaciones y regresos por la Laguna, y acaba por hacernos cómplices de la nocturnidad de la fábula y de la alevosía de la emoción». 

 

 

 

FÁBULA DE VENECIA
Juan Lamillar

 

En el prólogo de esa “comedia de polichinelas” que es Los intereses creados, de Jacinto Benavente, Crispín le expone a Leandro cuando llegan a una ciudad: “Digo dos ciudades como en toda ciudad del mundo: una para el que llega con dinero, y otra para el que llega como nosotros”. Siendo válida también (¡y cómo!) esta sentencia para Venecia, podríamos añadir en esta urbe tan especial otra distinción: la del que llega a ella buscando muchedumbres (carnavales, teatros, ceremonias) o la del que llega buscando soledades (en este caso, más melancólicamente machadianas que pirotécnicamente gongorinas). Y es en esa búsqueda última y en sus hallazgos donde hay que situar la presente muestra de Damián Flores.

A lo largo de sus distintas exposiciones, el artista ha seguido fiel al título de la primera, en 1992: “El viaje de la pintura”, y a su decisión de “pintar en silencio”, que es otro modo de pintarlo. Ese viaje de décadas lo ha llevado por ciudades distintas, por paisajes precisos y por arquitecturas diversas, con una predilección por el racionalismo. También, gracias a su interés por la historia del arte y a su mirada atenta, ha establecido un diálogo con los pintores admirados: Hopper, De Chirico, Morandi –más en su visión silente sobre la realidad que en sus temas- o Balthus, y tantos maestros clásicos que, muy sutilmente, están tras muchos de sus cuadros. Además, Damián es un pintor literario en un doble sentido: por sus múltiples lecturas, entre las que destacan los libros de viajes y la poesía, y por sus abundantes retratos de escritores, casi siempre en un escenario adecuado a sus circunstancias biográficas, como demostró en la exposición “El viaje y el escritor. Europa 1914-1939”. En otra anterior, ya nos presentó a dos escritores cuyas obras sobre la ciudad son esenciales: Paul Morand y sus Venecias, Joseph Brodsky y su Marca de agua.

La presencia constante de la arquitectura, resuelta frecuentemente con perspectivas inusuales, con la detallada firmeza de los edificios, contrasta con algunos títulos de exposiciones pasadas que nos hablan de un mundo más irreal: “Paseos y ensueños”, “El taller de los sueños”, “Color del alma”, lo que indica que Damián les otorga a muchas de esas representaciones un tono vagamente onírico que añade a su perfección un ambiente inquietante, como podemos observar en algunos de los cuadros presentes. Así, la inagotable Venecia es la protagonista de esta exposición, una ciudad que ya había aparecido en “El viaje del Véneto”, junto a Bolonia, Mantua y Verona.

Como los dos millones de pilotes sobre los que se asienta, muchos nombres ilustres sostienen la ciudad sobre los cuatro fundamentos de la arquitectura, la pintura, la música y la literatura. Pero siempre es posible otra vuelta de tuerca (para decirlo a lo Henry James, que la frecuentó), otra mirada distinta y personal, como la que supone este conjunto de obras, en realidad unas ensoñaciones de paseante solitario, pero no por la naturaleza roussoniana sino por los laberintos cerrados de una ciudad única y antigua.

Asistimos en esta serie a una Venecia poco convencional, que no se centra en lo monumental ni en las vistas acostumbradas: no están ni los palacios sobre el Gran Canal ni las iglesias de más empaque arquitectónico y turístico. Incluso cuando aparece el Puente de los Suspiros, lo hace con una veladura gris que le da un aire casi metafísico. Nos presenta, por tanto, una ciudad íntima en la que el espectador reconocerá una autenticidad que no la despoja de su condición de “Serenissima” sino que la completa con pinceladas de misterio.

Haciendo honor a su título de “capital del agua”, en todos los cuadros expuestos (excepto en cuatro) está presente el agua marcando horizontes distintos. Agua serena, lámina sobre la que la imaginación podría dibujar sus espejismos. Cinco personajes, más simbólicos que reales, aparecen en ese mundo acuático. Uno, en un embarcadero, sobre una góndola, recorta su perfil bajo la tenue luz de un farol, frente (esta vez sí) a una imprecisa escenografía de palacios; otros dos, bogando sobre barca y balsa, nos dan la espalda y se dirigen hacia edificios diferentes, evocando esa travesía hacia la isla de los muertos (precisamente uno de los cuadros se llama “Scola di morti”) con la que Arnold Böcklin estableció un símbolo que todavía nos conmueve. En otro cuadro, ya sin presencia humana, las altas rocas y los cipreses del suizo se transmutan en las fachadas y torre de San Michele, el cementerio de Venecia, descanso de varios difuntos ilustres, entre ellos Igor Stravinsky (la música), Zoran Music (la pintura), Ezra Pound (la poesía), Serguéi Diaghilev (la danza).

Y, frente a la imagen tradicional de los enamorados que en una góndola pasan bajo el Puente de los Suspiros, una efectiva grisalla nos muestra a una pareja que mantiene una significativa distancia, de pie sobre una básica estructura flotante que la conduce, indiferente, hacia las aguas del Bacino di San Marco.

 

 

 

Aunque componen un conjunto reducido, los cuadros “nocturnos” dejan sentir una presencia más acentuada, porque añaden una atmósfera enigmática, ya sea la visión de San Giacomo dell’Orio, la de San Geremia, contemplada a distancia a través del hueco de una portada, la de la punta de la Dogana, algo fantasmal, la del puente vuoto, o ese capriccio que es “La scala notturna”.

El Arsenal fue el origen del poderío veneciano, y el cuadro que lo evoca es el prólogo a otros que se detienen en mecanismos y escenarios industriales: la grúa que alza su enérgica curva ante el fondo de San Giorgio Maggiore o las torres no precisamente renacentistas con su estilizada y solitaria presencia. La proa poderosa de un trasatlántico años cincuenta frente a la ciudad lejana y un avión de los años treinta (un Savoia-Marchetti S.66, precisa el pintor) que sobrevuela Poveglia, la pequeña isla entre la ciudad y el Lido, son testimonios de una pasada modernidad intemporal.

Aunque ya figuraba (remolcado a través del canal de la Giudecca, ante la iglesia del Redentore) en la exposición del Véneto, el Teatro del Mundo de Aldo Rossi (1980) es una invención, una construcción flotante tan sugerente que comparece de nuevo aquí, central en la soledad de la Laguna.

Dos cuadros que parecen romper su armonía, en realidad enriquecen el conjunto expuesto, desplazando la atención hacia dos actividades decisivas para Venecia: la primera, el cine, vinculado prestigiosamente a ella desde los primeros años treinta; la otra, el coleccionismo artístico, tan arraigado desde hace siglos en una ciudad enormemente productiva en los diversos campos artísticos y con unos aficionados no precisamente desprovistos de cultura, sensibilidad y riqueza.

Para el cine, se nos ofrece un rodaje en el corazón de la ciudad, la Piazza San Marco, con el director y el equipo técnico frente a la perspectiva de la Basílica y el Campanile. El coleccionismo no encuentra mejor figura que la de Peggy Guggenheim, ejemplo destacado de tan envidiable ocupación y del amor de los extranjeros por la ciudad. En esta ocasión, en una estratagema que trastoca la cronología y los espacios, Peggy abandona sus tesoros de pintura moderna y la terraza del palazzo Vernier dei Leoni, el palazzo non finito, para descender (y no es metáfora) al estudio de Damián y posar ante la pared donde aguardan los cuadros que ahora está contemplando el espectador, en un juego borgiano de fantasías y espejos.

¿Cuántas Venecias distintas y verdaderas (con esa verdad engañosa de la pintura) nos ofrece Damián en esta exposición? Contemplándolos, hacemos nuestros el tiempo detenido, la silenciosa música de estos cuadros, cuyo formato mediano o pequeño subraya la sensación de cercanía, de intimidad. Con ellos Damián Flores quiebra su querencia solitaria, nos convierte en acompañantes de sus paseos por calles y campi, de sus navegaciones y regresos por la Laguna, y acaba por hacernos cómplices de la nocturnidad de la fábula y de la alevosía de la emoción.

 

Autorretrato de Damián Flores

 

Damián Flores nació en Acehuche (Cáceres) en 1963. Licenciado en la especialidad de Grabado por la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid (1987). Hace su primera exposición individual ” EL VIAJE DE LA PINTURA” en 1992 en la Galería El Caballo de Troya (Madrid), desde entonces ha expuesto en la Galería My Name´s is Lolita (Valencia), Galería Estampa (Madrid), Galería Siboney (Santander), Galería María Llanos. (Cáceres), Galería Juan Amiano. (Pampona), Galería Félix Gómez. (Sevilla), Galería Juan Manuel Lumbreras. (Bilbao), o la Galería Alejandro Sales. (Barcelona).

Ha recibido numerosas becas y premios entre las que destacan Beca del Ministerio de Asuntos Exteriores de la Academia Española en Roma, Tercer Premio TODISA de Pintura, Madrid, Adquisición de obra XVI Bienal de Pintura Ciudad de Zamora y de la VII Mostra Unión Fenosa, La Coruña.

Ha acudido a ARCO en numerosas ediciones desde 1997 hasta 2004. Actualmente su obra se puede ver en numerosos Museos e Instituciones como Colección Unión Fenosa, Colección Caja de Burgos, Museo Municipal de Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores, Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo de Badajoz, Biblioteca Nacional, Galería de Retratos del Premio Cervantes, Consejo Superior de Deportes, Colección Universidad de Valencia, Colección Centro Gallego de Arte Contemporáneo (CGAC), Colección Junta de Extremadura y Colección Asamblea de Extremadura.