Hay exposiciones que no sólo se miran, sino que se atraviesan como un paisaje o se sueñan como un recuerdo recurrente. «Blue as Velvet», la nueva propuesta de Baptiste Laurent, se mueve precisamente en ese territorio incierto donde la mirada se vuelve tacto y la pintura respira su propio aire. En el hotel Brach Madrid (Gran Vía, 20) , y hasta el domingo próximo (merece la pena una escapada para verlo este fin de semana antes de que cierre) esa escenografía contemporánea de terciopelos, reflejos y penumbras, Laurent construye un mundo suspendido entre la botánica y la imaginación, entre el eco de lo natural y la huella humana que lo desfigura.

 

Los Vareadores de flores de Baptiste Laurent, una de las obras en la exposición de Brach Madrid.

 

El terciopelo, soporte poco habitual y lleno de resonancias escénicas, se convierte en la verdadera piel de la obra. Su textura absorbe la luz y deja que el color actúe con una lentitud hipnótica, como si cada pintura fuera una exhalación detenida. De esta materia nacen los paisajes inventados del artista: junglas nocturnas, flores vareadas bajo un resplandor lunar, naturalezas que parecen haber sobrevivido a su propio tiempo.

Comisariada por Pablo Barrios Martínez, la exposición prolonga la línea de investigación iniciada por Laurent en (en)Trópicos —a su vez inspirada en Tristes Trópicos de Lévi-Strauss— y despliega una reflexión sobre la naturaleza transformada. Pero más allá de la idea ecológica o antropológica, lo que vibra aquí es una nostalgia visual, una conciencia aguda de lo efímero. El artista parece pintar no lo que ve, sino lo que queda cuando lo visto desaparece.

 

 

En «Blue as Velvet», el azul deja de ser un color para convertirse en un clima emocional: el tono de lo perdido, el pulso de lo onírico, el silencio que se posa sobre las cosas cuando ya no pertenecen al mundo real. Brach Madrid, con su atmósfera elegante y atemporal, se convierte así en un escenario cinematográfico donde pintura, espacio y mirada se funden en un mismo movimiento de contemplación suspendida.

 

 

 

Blue than velvet was the night 

Softer than satin was the light

From the stars

Bobby Winton

 

 

Texto de Pablo Barrios Martínez

Gestor cultural y comisario     

 

En 1987 se estrenó Blue Velvet, de David Lynch: un descenso a las pasiones ocultas y a las zonas sombrías de una comunidad en apariencia apacible. En la película conviven el impulso casi moral de buscar la verdad con la presión del miedo, la violencia y la crueldad. La narración se pone en marcha cuando Jeffrey Beaumont, estudiante e hijo del dueño de una ferretería, encuentra una oreja amputada en un prado. Ese hallazgo, un auténtico Mac Guffin, actúa como detonante: abre una puerta y nos empuja a atravesarla, aunque el misterio no sea tanto un enigma que resolver como una grieta por la que asomarse a aquello que suele permanecer oculto.

 

Baptiste Laurent. Foto de Pablo Alvarez Cuesta

 

En sintonía con esa idea de umbral, aunque sin abrazar el registro macabro, Baptiste Laurent (Nantes, 1980) explora en el Hotel Brach de Madrid, del 24 de febrero al 12 de abril de 2026, un luminosidad acentuada, extraña, casi extraterrestre, propia de los paisajes suspendidos entre el día y la noche. En el amanecer y el atardecer se produce una explosión tamizada de color: una luz que no termina de ser diurna ni nocturna y que transforma la percepción de la materia. El recorrido acompaña esa transición. A lo largo de las escaleras interiores de este Hotel, diseñado por el diseñador industrial y empresario, Philippe Starck, con un aire que revive el modernismo del periodo de entreguerras, las obras se suceden desde la séptima planta hasta el vestíbulo, en diálogo con la decoración y la memoria poética del edificio. Así, el visitante se adentra paulatinamente en paisajes lunares y junglas difusas, marcados por una densidad brillante, un fular contenido que se modifica con la luz del día.

 

 

Los cuadros hipnotizan el tacto de la mirada, con sus tonalidades carnales y veladas, mientras los ecos de Blue Velvet, adornan el espacio con una sensualidad de intimidad nocturna. Sin embargo, en el trazo y la forma de estas pinturas aterciopeladas, y mediante una ironía sutil, la atmósfera se ve perturbada por la aparición de objetos y signos: sombras, bodegones, cardos, cráneos, botellas, figuras humanas vestidas de uniformes militares en tonos caqui, verdosos, situadas en un trópico inhóspito. Al mismo tiempo, los rostros de máscaras africanas y europeas y los retratos de mujeres en los espejos parecen susurrar historias secretas: relatos de deseo y sombra, como si el propio hotel, con sus habitaciones, sus pasillos y sus promesas, conservara aún la memoria clandestina de sus huéspedes.