Foto de Adali Schell

 

Últimamente he pasado días en casas y tierras de amigos, heredadas. Y he cavilado sobre el peso de significado que acarrean estos regalos -algunas veces envenenados- y en ciertos escenarios que se activan cuando se recibe una herencia.

 En principio parece que todo está fácil y que solo consiste en una mera distribución equitativa de los bienes -particiones creo que se llaman-. Pero es común que no haya herencia sin conflicto.

Da igual que se trate una plaza de garaje en Getafe, o unas hectáreas de campo fértil con caserío mirando al mar en Guipúzcoa; el abordaje del asunto puede remover el suelo hasta llegar al núcleo terrestre atravesando las 7 capas del planeta.

Digamos que cuando se tiene que realizar el reparto de los bienes, entramos en un escenario especial, nuevo y viejo a la a vez en el que se reavivan posiciones, se abren heridas, se desatan celos y frustraciones. Ante los vetustos notarios bregados en mil batallas, aunque parezca lo contrario, no se va a hablar de cantidades, longitudes, pesos y medidas. No es lo cuantitativo lo que esta en juego, sino lo intangible y cualitativo:  el afecto y el reconocimiento y si apuramos el lugar en el mundo.

 

Foto de Sage Sahier

 

 El susodicho notario va a tener que dar fe, todo lo más impávido que pueda estar, de a quién quiere más papa y mama; quien fue siempre el ojito derecho; quien ha sido favorito; que injusticias se perpetran, y se actualizan hoy con poderes terrenales ordenados desde más allá.

Lo que va a significar para cada heredero lo que le corresponda -o no- tiene que ver más con su mundo interno, emocional, que económico y con que papel justo o injusto que cree haber desempeñado en esa obra de teatro fundamental que es la familia.

La notaría se convierte en un escenario y según se suba el telón va a dar comienzo una obra dramática, con sus celos, con sus odios, con sus rencores hasta ahora mejor o peor guardados, -o latentes-, que según donde se sitúen el mojón que va a marcar los lindes del terreno o a quien se adjudique la joya favorita de mama, puede desatar tragedias edípicas, reyertas tribales, con facas abierta.  

También puede observarse alguna toma de posición curiosa: quien, movido por la necesidad desesperada de reivindicar un lugar destacado opta por no hacer nada. De este modo, todo queda en suspenso, porque así lo ha decidido uno de los herederos, con el objetivo fundamental de disfrutar, por fin, de ser protagonista y elemento central, de tener en su mano el poder y la importancia que jamás sintió. Sin hacer nada. Hay triunfos patéticos.

 

Foto de Jorge Delgado Urena

 

También es cierto que muchas herencias se distribuyen de manera más amable, lo que hace notar que, a pesar de los conflictos inherentes a  todo grupo familiar, no hay heridas sangrantes. Hay generosidad y equidad en el ambiente, y la mayoría de sus miembros se sienten justamente tratados o ajustan sus expectativas.  Se llega a finiquitar el reparto y como se dice, aquí paz y después gloria.

Existe otra variedad en la que la trama adquiere visos de sainete y opereta, dónde aparece en escena hermanos y parientes desconocidos, representantes de familias paralelas ubicadas, por ejemplo, allende los mares, que, ante el estupor de los presentes, vienen a reivindicar sus derechos sucesorios.

Es más probable que, en estos casos, el patrimonio sea una montaña de impagos y trapicheos, dejando a los interesados sumidos en un mar de deudas, dudas y preguntas que se van a quedar en el aire.  Cada cual va a tener que buscar la respuesta que más le convenza y la solución que mejor le convenga.

Son herencias que se rechazan, claro está, pero dejan adherido a la identidad un gran desasosiego que requiere un esfuerzo para encontrar un sentido a tanta novedad -cuando menos sorprendente- que ha puesto en jaque todos lo lugares familiares y todo el discurso narrativo con esta nueva y desconocida saga. El lugar que uno creía que ocupaba ya no tiene validez. Hay que resituarse, puede que, ardiendo de rabia y desconcierto, sin tener a quien pedir explicaciones.

 

Foto de Ana Palacios

 

Pero hay otras maneras de recibir una herencia. Para algunas personas, recoger el legado promueve cierta devoción, y hacen suyo la trasmisión de unos bienes más sentimentales e históricos que patrimoniales.

Los nuevos propietarios te enseñan lo adquirido: esta parcela, esa casa, ese telar, ese huerto, esta vajilla, ese árbol habitado por un búho, etc.

Para ellos supone un regalo de historias y linaje, donde los quehaceres y las costumbres se convierten en mensajes de formas de entender la vida. No son las cosas, sino los significados los que transmiten alegría y orientación.

 La vida del heredero forma parte de una estirpe y siente el deseo – casi la obligación- de continuarla porque está impregnada del amor y la sabiduría de aquellos que les precedieron.

 

Foto de Stephanie Duprie Routh

 

Ese pequeño huerto que fue visitado hasta los últimos días del propietario, que le dio afán y labor hasta el final, es para el beneficiario una muestra de la raíz con la tierra, de la conveniencia de estar enganchado con el deseo hasta el último suspiro. Sentirse parte de un linaje despierta la inclinación de continuar la trasmisión de esas formas de vivir y de entender la existencia.

No quedará en el olvido la receta de Fierabrás de la abuela Olimpia, que todo lo solucionaba con jamón: Si estabas triste, toma un poco de jamón; si te dolía algo, aquí tienes jamón; si te enfadabas: “toma jamón, hija, y se te pasa”.

No va a desaparecer de la faz de la tierra -mientras algunos felices herederos puedan evitarlo- esos gestos cotidianos, esas soluciones indiscutibles y esas formas evidentes de entender el mundo. Porque sienten que afortunada y sencillamente les han constituido y se ven en la obligación de disfrutar, cuidar y transmitir tan valioso legado.

Hay herencias potentes que dan sentido al día a día, ni más ni menos.

 

Foto de Ana Palacios