Günter Grass visitó a finales de los años ochenta la catedral de Naumburgo, construida en el siglo XIII, y en la que resaltan las esculturas de los doce donantes. Entre ellos está la de Uta de Ballenstedt, considerada como la “mujer más bella de la Edad Media”. Esta visita dio origen a la publicación de un relato póstumo del escritor alemán titulado Figurenstehen, que podría traducirse como “Estatuas vivientes” y publicado también en otros idiomas.

El manuscrito fue redescubierto en los archivos personales de Grass  por su colaboradora Hilke Ohsoling y se publicó como libro en 2022 en Steidl-Verlag, que ha editado la obra completa del Premio Nobel de Literatura de 1999, fallecido en 2015. Como también fue un notable pintor y escultor, Grass hizo una serie de dibujos incluidos en el volumen.

Hechizado con la figura de Uta, el relato empieza cuando Grass observa a las figuras, un conjunto de poderosos personajes que vivieron en torno al año 1000 de nuestra era. Cuando Gunter y su mujer se sitúan frente a las estatuas de piedra, se dan cuenta de que las figuras son mucho más pequeñas de lo esperado, ya que en las fotos parecen de tamaño natural, sobre todo la del marido de Uta, el margrave Ecardo II de Meissen.

 

 

Uta de Naumburgo se cubre parcialmente el rostro con su túnica, doblada hacia la derecha. Según la descripción de Grass, parece protegerse del marido que tiene a su lado, el margrave Ecardo II. El escritor ve en ella una mujer comunicativa y viva, como si acabara de llegar a la catedral. Nos cuenta que su expresión ha sido reproducida a lo largo de los siglos muchas veces. Sin ir más lejos, Walt Disney la utilizó como modelo para la reina malvada de «Blancanieves y los siete enanitos» y durante el nazismo el aspecto nórdico de Uta fue alabado.

La mujer de Grass se llama Ute, y como nació en los años treinta, Grass piensa que seguramente su nombre se debe al culto que suscitó en la Alemania nacionalsocialista la Uta de Naumburgo. A tenor por lo explicado por el guía, de que daba de comer de vez en cuando a las estatuas, aunque tal vez era una mentira para quedarse él con la comida (todavía estaba en pie el régimen comunista alemán), invita a cenar en Lübeck a los hombres y mujeres que sirvieron de modelo al escultor anónimo de las figuras, conocido como el Maestro de Naumburgo. Evidentemente, entramos en el terreno de la fantasía. No acuden todos, pero sí la bella hija de un orfebre, que había modelado la figura de Uta para el artista. A la cena acuden otros personajes reales encontrados durante su gira. Un truco literario que no es la primera vez que Grass lo emplea y que sirve para conocer mejor los personajes y lucirse en sus amplios conocimientos gastronómicos.

Los libros de Günter Grass suelen dar saltos en el tiempo. Así ocurre también en éste. Tras la unificación alemana, conoce a una joven delante de la catedral de Colonia que, maquillada de gris piedra, atrae la atención de los transeúntes como escultura viviente. A Grass le fascina la artista callejera. Para él, es Uta de Naumburgo devuelta a la vida. A sus pies hay un pequeño cuenco de hojalata que contiene marcos alemanes, florines holandeses e incluso un billete de cinco dólares. Al igual que la Uta original, lleva en un dedo un anillo similar y los pliegues de su largo abrigo caen con sencillez.

 

 

Grass se quedó pasmado al verla y le echó unas monedas tras acercarse y susurrarle al oído, con cierta vergüenza, que era él el que había organizado la cena para los donantes de la catedral años atrás. Incluso la invitó a bajarse del pedestal, beber algo y descansar un momento. Sin embargo, no recibió respuesta alguna. La artista de Colonia estaba siendo vigilada por un hombre que parecía controlar que hubiese dinero suficiente  en el tazón de hojalata para irse.

No es el único encuentro. La vuelve a ver frente a la Bolsa de Fráncfort. Allí, sin embargo, se ha transformado en Santa Isabel de Turingia. Incluso come con ella en el restaurante de la estación central de Fráncfort. Sin embargo, a Grass le disgusta la joven. Se llama Jutta y tiene una conversación superficial. Encima, le mete en un buen lío.

La volverá a ver frente a la catedral de Milán, ciudad que él visita por motivos literarios. Esta vez ve como la falsa Uta tiene un proxeneta que la obliga a estar allí y e incluso en un momento dado la pega con un cinturón de cuero.  La belleza de la falsa Uta se convierte en una obsesión para el escritor y la persigue hasta Palermo. Ella rechaza sus invitaciones y Grass se pregunta si el hombre que la acompaña es su novio o un proxeneta. Incluso si tiene algo que ver con el atentado en contra de la Bolsa de Fráncfort, que ocurrió el día antes de que posara.

 

 

Pero también Ecardo, el marido de la Uta verdadera trata con rudeza a su mujer, lo cual le lleva al escritor a decir en unas jornadas entre escritores e historiadores que se celebraban en Palermo que nadie tenía ni idea de lo que sucedía de verdad en la Edad Media, lo que provoca protestas y más discusiones. Sólo un novelista italiano, autor del bestseller mundial «El nombre de la rosa», y que comparte su admiración por Uta le da la razón.

Al final del relato, Grass volverá a cenar con su enamorada secreta. Por primera vez sin la escolta de su rebelde y agresivo compañero. La persona está llena de defectos. La dentadura, las arrugas y balbuceos no hacen más que desilusionarlo. Pero Uta no es sólo una mujer. Tiene el aura de todo personaje literario.

 

 

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