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La culparia persecutoria

La culparia persecutoria

Foto de Giorgio Di Maio

 

Muchas de las personas que vienen a consulta —y muchísimas que andan por la vida— llevan siempre revoloteando a su alrededor una tremenda mosca cojonera del tamaño de un tábano; de esos irisados, verdosos, enormes, que emiten un zumbido penetrante y continuo. Ellas no se enteran de su presencia; yo sí, porque, como psicoanalista profundamente formada en cuestiones del ultramundo, tengo poderes y veo lo que ellas no ven, y oigo lo que ellas no dicen. Noto el revoloteo desde que entran cabizbajas o con la mirada perdida o inquieta, se sientan en la butaca y comienzan a hablar de cualquier cosa, siempre acompañadas de ese zumbido y ese aleteo mosqueante.

Mientras cuentan que no han sido capaces de terminar el trabajo que se habían propuesto, que se sienten inútiles o que ya no se concentran bien y tienen su capacidad intelectual mermada. Otros mencionan que siempre sienten que “deberían” estar haciendo algo más, o que siempre están ocupados en algo diferente de lo adecuado. Algunos sostienen que deben superarse y ser mejores. Otros se sienten indignos y traidores. Muchos piensan que están fallando.

Yo los escucho atenta, pero, mientras tanto, una parte de mí, haciendo uso de mis poderes, se desdobla transparente y se levanta decidida, moviéndose alrededor del paciente, haciendo aspavientos y manotazos en el aire para alejar y expulsar al tremendo insecto del espacio que ocupa y eliminar esa interferencia pesadísima y tóxica que impide ver, oír y sentir con  serenidad.

Cuando el bicho en cuestión se vuelve especialmente cansino, armada con cualquier tomo de psicología profunda, afino la puntería y acabo propinándole un papirotazo al repugnante ser, que termina noqueado contra el cristal de la ventana, la pared o la biblioteca de los eruditos.

 

Foto de Giorgio Di Maio

 

A partir de ese momento empieza la calma y se disipa el tormento. Todo comienza a poder pensarse de una forma más objetiva y clara; ya no está esa interferencia humillante y sobre exigente.

La Culparia persecutoria es un ser muy persistente, tóxico y poco constructivo. Los psicoanalistas estamos entrenados en su detección y bloqueo y como todos de una forma u otra, además de estudiarlo, lo hemos vivido en nuestras carnes. Es una de nuestras principales misiones en este mundo: evitar que el dominio de la culpa gobierne la vida de las personas.

Una cosa es la culpa reguladora, que puede tener una función ética y servir de guía para la reparación; otra muy distinta es tener la vida inundada por el sentimiento de culpa. Cuando ese es el caso, estamos ante una intoxicación producida por la Culparia persecutoria, y eso no aporta nada que favorezca el bienestar; por el contrario, alimenta la tortura, el castigo y la manipulación. Y por ahí el camino es triste y agobiante.

La utilidad de la culpa consiste en avisar de que algo no está bien encajado y de que conviene revisar estructuras y desvanes, pero, fuera de eso, su objetivo es fastidiarte la vida como una mosca cojonera. Y, además, hay que ir con cuidado, porque la alerta suele apuntar hacia una causa desatinada. La Culparia persecutoria produce borrachera y distorsión cognitiva y no deja ver con precisión cuál es el problema real; provoca que el sujeto apunte erradamente y acaba haciendo que el tiro salga por la culata y le explote en la cara.

 

Foto de David LaChapelle

 

La culpa te devora las tripas y te aturde el pensamiento, empujándote hacia la paranoia, a un estado de sospecha constante, vigilando de soslayo. Te conduce por la vida como si llevaras a la espalda una bayoneta situada a pocos milímetros de los riñones.

Quienes viven regidos por la culpa, muchas veces sin ser conscientes de ello, están siempre sintiéndose perseguidos, huyendo del castigo que supuestamente merecen por, solo Dios sabe, qué delito.

Es posible que la falta se perpetrara allá, en los inicios de la vida: cuando uno no ha sido suficientemente achuchado; cuando se ha vivido bajo amenaza; cuando deseó que su hermano muriera; cuando odió a su padre y rivalizó con su madre; cuando se instaló la idea de no ser valioso, de ser imperfecto, indigno de ese almíbar de atención y feliz reconocimiento. En definitiva, algún momento complicado que no pudo entenderse ni gestionarse con la delicadeza que merece una herida o una confusión.

La picadura de la Culparia fácilmente genera adicciones que buscan aliviar el sarpullido producido por el tormento interno de la humillación y el reproche, muchas veces a través de estupefacientes, ansiolíticos, alcohol o conductas compulsivas; también mediante esas drogas naturales que sirven para todo: la comida y el sexo, utilizados como lugares de gratificación y recompensa, como alivio contra la angustia del castigo y la persecución.

 

Foto de David LaChapelle

 

Pareja inseparable del sentimiento de culpa es la sobre exigencia, que busca equilibrar algún déficit o limpiar un míasma, como dirían los griegos. Desde ahí se piensa que en el camino hacia la perfección podrán librarse del castigo. Craso error. Felizmente, el antídoto contra el sentimiento de culpa no está en la perfección, sino en la comprensión, en la aceptación de algún dolor profundo, en el entendimiento de las decepciones de los otros, en abrazar las limitaciones y contradicciones que nos definen y que no son sinónimo de imperfección.

Somos perfectamente limitados, contradictorios, incoherentes, absurdos, buenos, malos, listos y tontos. Complejos.

La culpa se ceba cuando hemos instalado en nuestro disco duro un código rígido y draconiano que entra en lucha con los deseos díscolos y caprichosos. O cuando nace de la confrontación entre un ideal grandioso y la comparación con nuestra humilde realidad. También anida en las relaciones turbulentas con los otros, a quienes tanto necesitamos, tanto nos estorban a veces, tanto nos decepcionan y tanto decepcionamos.

Habrá que negociar. O reescribir unas leyes más elásticas. O analizar esos deseos tan violentos y salvajes. Habrá que asumir al otro con sus luces y sombras. Habrá que reconocerse salvaje y traidor, aceptarse, perdonarse, recolocarse y disfrutarse.

Para eso es necesario inmunizarse contra la Culparia persecutoria a golpes de la luz de la comprensión.

 

Foto de David LaChapelle

 

 

 

Sobre el autor

BELEN NIETOC

Belén NietoC. Quien soy yo. Psicóloga de amplio espectro: psicoanalista, humanista, conductista, neuropsicóloga, con bastantes años de ejercicio en clínica. Siempre acompañada de libros. El arte, la literatura y la ciencia me dejan felizmente asombrada y perpleja. Los vínculos y la comunicación entre las personas nos dan sentido a la vida. Solo vivimos para que nos quieran, hagamos lo que hagamos desde lo mas abstracto hasta hacer croquetas. Promotora de fomentar la creatividad como motor de revitalización, gozo e investigación.

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