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El miedo como orden internacional

El miedo como orden internacional

 

Durante los años noventa se instaló en Occidente una sensación de alivio histórico. La caída del Muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética y la expansión de la globalización parecían anunciar el fin de una época. Muchos llegaron a creer que la amenaza nuclear había quedado relegada a los archivos de la Guerra Fría, junto con los refugios antiaéreos, los simulacros escolares y las imágenes de misiles apuntando al cielo. Sin embargo, aquella percepción resultó ser una ilusión. La era nuclear nunca terminó; simplemente dejó de ocupar el centro de nuestra imaginación política. 

Esa es, precisamente, una de las tesis fundamentales que desarrolla el historiador ucraniano Serhii Plokhy en La era nuclear. Armas atómicas, poder y supervivencia. Su análisis constituye algo más que una historia de la bomba atómica, es una reflexión sobre el miedo como fuerza de la política internacional y sobre la fragilidad de los mecanismos que, durante décadas, evitaron una catástrofe global. 

La historia comienza, inevitablemente, en el desierto de Nuevo México, el 16 de julio de 1945. Allí, la primera explosión nuclear inauguró una nueva condición humana. La célebre frase atribuida a Oppenheimer —«Ahora me he convertido en la Muerte, el destructor de mundos»— no solo expresaba una inquietud moral individual. También resumía la paradoja de un siglo que había depositado una fe casi ilimitada en el progreso científico y que descubría, de repente, que el conocimiento podía otorgar a la humanidad la capacidad de destruirse a sí misma. 

 

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Resulta significativo que los primeros impulsores del proyecto atómico actuaran movidos por el miedo. Temían que la Alemania nazi desarrollara antes que nadie una bomba nuclear. Ese temor desencadenó una carrera tecnológica cuya lógica no desaparecería jamás. Desde entonces, la posesión de armas nucleares ha estado vinculada menos al deseo de utilizarlas que al miedo de que otros las posean primero. La proliferación nuclear no se explica únicamente por el prestigio, la ambición o la voluntad de poder; responde, sobre todo, a una percepción de inseguridad. 

Paradójicamente, el mismo miedo que impulsó la carrera armamentística contribuyó también a contenerla. Durante la Guerra Fría surgió lo que Winston Churchill denominó el «equilibrio del terror»: la certeza de que cualquier enfrentamiento directo entre las superpotencias desembocaría en una destrucción mutua asegurada. Aquella situación generó una estabilidad precaria, pero estabilidad al fin y al cabo. El horror ante las consecuencias de una guerra nuclear favoreció la creación de tratados, mecanismos de verificación y canales diplomáticos destinados a reducir el riesgo de una confrontación accidental. 

Hoy, sin embargo, buena parte de esos mecanismos se están erosionando. La retirada de acuerdos históricos de control armamentístico, la modernización de arsenales y el surgimiento de nuevas potencias nucleares han transformado el escenario estratégico. A diferencia de la Guerra Fría, cuando dos grandes bloques monopolizaban el equilibrio global, el mundo actual es multipolar. Nueve Estados poseen armas nucleares y decenas cuentan con la capacidad tecnológica necesaria para desarrollarlas en un plazo relativamente corto. La complejidad ha aumentado y, con ella, las posibilidades de error. 

 

Soldados ucranianos arrastrando a un compañero herido

 

La guerra de Ucrania ha acelerado esta transformación. El caso ucraniano resulta especialmente revelador porque cuestiona uno de los pilares fundamentales del régimen internacional de no proliferación. Tras la desintegración soviética, Ucrania heredó una parte considerable del arsenal nuclear de la URSS y decidió renunciar a él a cambio de garantías de seguridad recogidas en el Memorando de Budapest de 1994. Décadas después, uno de los países garantes de ese acuerdo, Rusia, invadió el territorio ucraniano. El mensaje que muchos Estados extraen de este episodio es inquietante: las promesas diplomáticas pueden incumplirse, mientras que la posesión de armas nucleares continúa percibiéndose como la garantía última de supervivencia. 

El problema no radica únicamente en la existencia de los arsenales, sino en la manera en que las amenazas atómicas vuelven a incorporarse al lenguaje político cotidiano. Durante décadas, el tabú nuclear funcionó porque el uso de estas armas era considerado impensable. Cuando la amenaza se convierte en una herramienta habitual de presión diplomática, ese tabú comienza a desgastarse. 

A ello se suma la convergencia entre la tecnología nuclear, la inteligencia artificial, sistemas hipersónicos y nuevas formas de guerra híbrida. La velocidad de los acontecimientos reduce los tiempos de reacción y aumenta el riesgo de decisiones precipitadas. Si durante la crisis de los misiles de Cuba los líderes dispusieron de varios días para evaluar la situación, las futuras crisis podrían desarrollarse en cuestión de minutos. 

 

El reloj del Apocalipsis actualmente marca 85 segundos para la medianoche.

 

Quizá la imagen más poderosa para describir nuestro tiempo siga siendo la del llamado «Reloj del Juicio Final», creado por científicos nucleares en 1947 para simbolizar la proximidad de una catástrofe global. Durante años pareció un vestigio cultural de otra época. Hoy vuelve a adquirir una inquietante actualidad. No porque una guerra nuclear sea inevitable, sino porque hemos olvidado las lecciones que permitieron evitarla.

La advertencia de Plokhy no es apocalíptica sino histórica. La humanidad ya ha atravesado momentos en los que el abismo parecía inminente. Lo que permitió sobrevivir entonces no fue la confianza, sino la conciencia del peligro. Quizá la gran paradoja de nuestra época sea que necesitamos recuperar una parte de aquel miedo para impedir que el reloj siga avanzando. Porque la era nuclear nunca se fue.

 

Serhii Plokhy

 

Serhii Plokhy, catedrático de Historia de Ucrania en la Universidad de Harvard y director del Harvard Ukrainian Research Institute, es una de las voces más autorizadas con respecto a la historia de la URSS y de la esfera postsoviética. Su vasta obra académica y divulgativa ha sido galardonada con los premios editoriales más prestigiosos. Es autor, entre otros títulos, de El último imperio. Los días finales de la Unión Soviética (Turner, 2015), Locura nuclear: la crisis de los misiles en Cuba (Turner, 2022), Las puertas de Europa. Una breve historia de Ucrania (Península, 2022) y La guerra ruso-ucraniana. El retorno de la historia (Península, 2023).

 

 

Sobre el autor

LORENZO CASTRO MORAL

Lorenzo Castro es sociólogo y ha ejercido como investigador y profesor. Los temas de su interés acostumbran a estar relacionados con fenómenos complejos, ocultos o marginales. Afortunadamente los libros, una aficion precoz, en la frontera del vicio, han sido su salvavidas en mas de una marejada.

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