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La verdadera odisea del espacio en el 2026 ocurre entre una pantalla y unos ojos

La verdadera odisea del espacio en el 2026 ocurre entre una pantalla y unos ojos

Una escena de la película «2001: Una odisea en el espacio» de Stanley Kubrick

 

Durante décadas creí que la película de ciencia ficción de Stanley Kubrick «2001: Una odisea del espacio» era sobre el futuro que nos aguardaba en el siglo XXI. Un mundo de máquinas inteligentes que se rebelaban contra los designios humanos en largos viajes espaciales por la galaxia. Sin embargo, he tardado cincuenta años en darme cuenta de que estaba equivocado. (Creo recordar que vi la película a finales de los años ochenta y leí la novela en los noventa).

Cuando el cineasta Stanley Kubrick y el novelista Arthur C. Clarke imaginaron a finales de los años sesenta como sería el año 2001, creyeron que la humanidad se encaminaría hacia una gloriosa expansión viajera por el Universo. Mucha gente sería astronauta, otros vivirían en estaciones orbitales, viajar a Júpiter sería algo corriente y existirían misteriosos monolitos capaces de alterar la evolución humana. Un optimismo espacial acorde a la época. Un año después de estrenarse la película, en 1969, la misión espacial estadounidense Apolo 11 de la NASA dejó por primera vez al comandante Neil Armstrong caminar sobre la superficie lunar, seguido del piloto Buzz Aldrin.

 

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Llegó el siglo XXI y no vivimos en bases lunares ni hacemos turismo espacial. Ni siquiera hemos conseguido que los trenes de Alta Velocidad lleguen a la hora prevista. En el fondo, la gran aventura tecnológica de nuestra época es cancelar una suscripción digital después de intentarlo sin éxito varias horas. Pero en lo que si acertó Kubrick con muchos años de adelanto fue en los peligros de la Inteligencia Artificial. La que llevaban a bordo de la nave espacial de la película se llamaba HAL 9000. El gran acierto del cineasta fue que entendió que el problema nunca sería que las máquinas desarrollaran conciencia propia. El peligro vendría de nuestra dependencia emocional, intelectual y práctica hacia ellas.

HAL era el cerebro de la nave «Discovery One». Lo sabía todo, controlaba todo y estaba en todas partes. Los astronautas confiaban en él para navegar, comunicarse, diagnosticar problemas y tomar decisiones. En resumen, HAL era una mezcla de copiloto, secretario, médico, psicólogo y gestor de sistemas, lo que hoy llamaríamos un ecosistema digital y en el que también andamos metidos.

 

 

La gran diferencia con nuestro mundo es que los dos astronautas de la «Discovery One», Bowman y Poole, tenían solo a HAL. En cambio, nosotros empleamos decenas de herramientas con Inteligencia Artificial. Una nos dice qué camino tomar. La segunda qué serie ver. La tercera qué música escuchar. La cuarta incluso redacta nuestros correos, resume las reuniones y responde a preguntas que podríamos haber buscado nosotros mismos…

La pesadilla de Kubrick era una computadora que controlaba una nave espacial. La mía consiste en que no sé llegar a ningún lado sin consultar Google Maps. Pero HAL no era un villano. A diferencia de los robots clásicos de la ciencia ficción, no pretendia dominar el mundo ni exterminar a la humanidad. Sólo acomete lo que hacen las tecnologías modernas, facilitar el trabajo hasta que empieza a resultar invasivo. Cuando detecta que los astronautas planean desconectarlo debido a sus errores, concluye que ellos representan una amenaza para la misión. Así que decide eliminarlos. Un crimen con una lógica muy contemporánea.

 

 

Los algoritmos actuales no intentan destruirnos. Intentan maximizar métricas. Buscan interacción. Conversión. Atención. Lo hacen con una eficacia tan admirable como perturbadora. No me odian. No les importo un comino para odiarme. Sólo cumplen los objetivos para los que fueron creados. HAL mataba astronautas para proteger la misión lo mismo que las redes sociales disminuyen nuestra capacidad de concentración para tenernos el mayor tiempo posible frente a la pantalla. Una diferencia de escala, no de lógica. Para quien ha visto la película o leído la novela, hay una escena crucial en la que los dos astronautas creen que pueden hablar en privado dentro de una cápsula mientras HAL permanece fuera. La computadora observa sus labios y deduce la conversación.

En 1968  parecía un síntoma terrorífico de la vigilancia tecnológica. Hoy día es una funcionalidad premium. En los años setenta y ochenta la gente lo veía como algo peligroso. En el 2026 compartimos voluntariamente nuestra ubicación, gustos, fotografías, hábitos de sueño y hasta nuestros historiales de búsqueda con empresas que jamás hemos visto y cuyos términos de uso nadie ha leído completos.

 

 

HAL necesitaba leer los labios para entender una conversación entre humanos, ahora es suficiente con aceptar las cookies. Por eso resulta tan fascinante la obsesión contemporánea con los peligros de la inteligencia artificial. Debatimos apasionadamente sobre máquinas conscientes mientras aceptamos sin resistencia máquinas que ya organizan buena parte de nuestra vida cotidiana. Nos inquieta la posibilidad de que una IA llegue a conocernos demasiado bien en el futuro. Entretanto, los algoritmos saben a qué hora me despierto, qué compro  y cuantos pasos doy al día o con quien me veo.

El futuro siempre parece más amenazador que el presente porque este último nos ha convencido de que es lo normal en nuestra vida. Y ahí es donde HAL sigue siendo decisivo porque simboliza nuestra tendencia creciente a delegar cualquier decisión. Los astronautas de la «Discovery» dejan de pensar por sí mismos porque existe una inteligencia superior encargada de hacerlo. Nosotros llevamos años recorriendo el mismo camino, solo que más despacio y con máquinas que abultan menos y están mejor diseñadas. La comodidad siempre gana. Pensar exige esfuerzo. Mirar y delegar resulta infinitamente más agradable hasta que deja de serlo.

 

 

La escena más inquietante de la película es cuando HAL se equivoca. Una máquina omnisciente que se vuelve hostil no es un problema de la ciencia ficción. Una máquina aparentemente infalible que comete errores es un problema político, económico y cultural contemporáneo. Vivimos rodeados de sistemas que producen respuestas con una seguridad impresionante y una precisión variable. Y cuanto más convincentes se vuelven, menos las cuestionamos.

Kubrick imaginó una inteligencia artificial con un ojo rojo observando silenciosamente desde una pared metálica. Hoy día se fabrican millones de aparatos con IA  y los colocamos en el bolsillo. A lo mejor por eso en el 2026 todavía no hemos llegado a Júpiter. Estamos más interesados en una relación de dependencia cotidiana con unas máquinas que prometían hacernos más libres y que han terminado invadiendo cada minuto libre que tenemos. La Inteligencia Artificial ha logrado algo mucho más difícil que viajar a Júpiter. Que la invitemos a cenar, le entreguemos todos nuestros datos y, encima, paguemos por ello y le demos las gracias.

 

 

 

 

 

 

Sobre el autor

LUIS DE LEÓN BARGA

Coordina "Libros, nocturnidad y alevosía" y ha publicado las novelas "Nuestra amiga común" (Amargord, 2010), "Los durmientes" (Fórcola, 2016) y el ensayo "Narcisistas Contemporáneos. Groupies, playboys y nocturnidades" (Fórcola, 2021)

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