Los primeros enemigos son los primeros colegas
Foto de Fan Ho
Formar parte de una familia con hermanos es entrar directamente, y sin explicaciones, en un territorio de combate y en donde se comprende muy pronto que el amor no viene solo, trae también sus sobresaltos.
Tener hermanos constituye el primer aprendizaje de la vida en sociedad. Antes de pelearte con el compañero de pupitre, ya has probado el empujón de tu hermano o hermana por un puñado de patatas fritas. Formas parte de una tribu más o menos extensa, más o menos salvaje, con sus propias normas. Eso te va a definir para siempre, a golpe de chichones, también consuelo, y cicatrices anímicas.
Antes de salir al mundo, el niño ya ha experimentado con sus hermanos buena parte de las pasiones humanas. Volarán las zancadillas a traición, te quitarán el sitio que creías merecer, te robarán las chuches, etc. Pero también será compañero, solidario y cómplice divertidamente trasgresor. La presencia de otros iguales proporciona una información muy contundente sobre el lugar que ocupas entre ellos.
Los hermanos son los protagonistas de la particular novela familiar que uno se contará a lo largo de la vida y del papel que desempeñó en ella. Cada uno la construirá con su particular guion.

Foto de Nino Migliori
El primer hijo suele llegar rodeado de una intensa carga de ilusiones. Su llegada colma de dicha y buenaventura a la tribu. «¡Ya hay heredero!», y eso llena de tranquilidad a los patriarcas.
El hermano mayor constituye para los demás un referente fundamental. Puede ocupar una posición de liderazgo y responsabilidad. Eso puede hacer que los otros se sientan invadidos por la rivalidad, convencidos —erróneamente— de que nunca alcanzarán su altura. Algunos viven esclavos del sobreesfuerzo, acostumbrados a estirar el cuello y ponerse de puntillas para intentar divisar el horizonte y comprender la movida familiar.
Entre los mayores hay quienes ejercen de pequeños reyezuelos, autoritarios y despóticos; otros desempeñan el papel de protectores; y otros se convierten en guías y modelos de identificación dignos de imitar.
Los pequeños los observan boquiabiertos mientras realizan destrezas admirables: saben hablar, leer y escribir, los padres parecen dirigirse a ellos casi como a iguales y disfrutan de una autonomía envidiable.

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Los últimos en llegar suelen convertirse en los depositarios de un cuidado y un afecto extraordinarios. La fascinación que producen los bebés relega inevitablemente a los mayores, que observan desde atrás o de soslayo aquello que ya no les pertenece.
Recuerdo a un chavalín al que preguntaron qué le parecía su hermanita recién nacida. Contestó que sí, que era muy pequeña, «como una hormiguita», y añadió: «Si quieres, puedes pisarle la cabeza». El niño disimulaba muy mal el destronamiento que acababa de sufrir.
La llegada de un nuevo hermano supone para el primogénito un trauma de dimensiones épicas. Es un destronamiento en toda regla. La sensación de haber sido derrocado resulta tan intensa como la algarabía que produjo su propio nacimiento como heredero de la estirpe.
En la relación entre hermanos actúan múltiples fuerzas. El vínculo fraterno posee una lógica propia y desempeña un papel fundamental en la construcción subjetiva. Sobre todo, pone en evidencia una realidad tan dolorosa como innegociable: no somos los únicos merecedores del amor de nadie.

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Pero también existen ganancias extraordinarias. Los hermanos pueden convertirse en aliados y cómplices frente a un mundo adulto cuyas reglas, con frecuencia, ni se comprenden ni se comparten. Contar con alguien que se parece a uno mismo constituye una fuente de alivio y alegría. Arrincona la soledad y abre la puerta a un territorio único de experiencias compartidas, recuerdos familiares irrepetibles, compañía y afinidad en momentos decisivos de la vida.
Si existe un lugar donde la ambivalencia alcanza su máxima expresión, ese es la relación fraterna. Allí conviven el amor entre iguales y la rivalidad ante la amenaza que representa el semejante.
Con los hermanos se atraviesan juntos las distintas etapas de la vida. A unos les salen antes los granos de la adolescencia y van abriendo camino en la conquista de libertades y pequeñas revoluciones, mientras los que vienen detrás observan, entre atónitos y divertidos, el fenomenal lío que tienen organizado.
Cuando más tarde son los pequeños quienes llegan a esa conflictiva etapa hormonal, cuentan con el respaldo —y también con la mofa— de sus hermanos mayores, además de beneficiarse de la experiencia que los padres han adquirido a fuerza de paciencia.

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A veces puede darse la ocasión en que las relaciones se retuerzan y el amor fraternal se transforme en un odio cainita. De forma inesperada aparecen ofensas, rencores y agravios, recientes o antiguos, que vuelven a cobrar vida. El tiempo parece detenerse y todo queda invadido por la incomprensión y la perplejidad.
¿Qué ha pasado? ¿Qué pasa? ¿Qué ocurrió?
Ocurrió la vida. Ocurrió un pequeño o un gran desencuentro. Ocurrieron los distintos vericuetos de la existencia y las circunstancias de cada uno. Llegaron la decepción y la incomprensión. Pero el olvido rara vez llega. Unos optan por dejar pasar el tiempo; otros intentan hablar y aclarar las cosas; otros retiran el saludo. Sin embargo, los hermanos difícilmente desaparecen de la historia de uno mismo porque han respirado el mismo aire, han habitado la misma casa y comparten un origen.
Los hermanos son, probablemente, los únicos testigos de nuestra infancia. Nadie más recuerda los mismos miedos, las mismas risas, la misma casa, las mismas trastadas, las mismas voces, las mismas mentiras, ni el mismo olor. Por eso, incluso cuando el desencuentro parece imponerse, el vínculo nunca desaparece del todo. Puede romperse la relación; es imposible romper la historia compartida.

Foto de Nino Migliori
