John le Carré después de John le Carré
Foto de Rob Judges
La muerte de John le Carré en diciembre de 2020 no puso fin a la extraordinaria vitalidad de una obra que se sigue leyendo con interés lo que nos dice hasta qué punto David Cornwell, su verdadero nombre, ocupa un lugar en la literatura contemporánea. La amplia selección de su correspondencia de Un espía privado: Las cartas de John le Carré (Planeta, 2023), traducido por Ramón Buenaventura, invitan a regresar a un autor cuya influencia excede los límites de la novela de espionaje.
Le Carré fue, por supuesto, un hombre de los servicios secretos. Trabajó para el MI5 y el MI6 antes de dedicarse por completo a la literatura tras el éxito fulminante de El espía que surgió del frío en 1963. Sin embargo, reducirlo a la condición de antiguo agente convertido en novelista sería ignorar la verdadera naturaleza de su legado. Durante más de medio siglo utilizó el espionaje como una herramienta narrativa para explorar cuestiones morales, políticas y humanas de una amplitud excepcional. La Guerra Fría fue su escenario inicial, pero no su destino final. A medida que el mundo cambiaba, sus novelas abordaron la corrupción financiera, la industria farmacéutica, el tráfico de armas, la guerra contra el terrorismo o la degradación de las democracias occidentales.
En el centro de toda esa obra está siempre qué principios merecen ser defendidos y cuál es el precio de permanecer fiel a ellos. El agente secreto vive en un territorio ambiguo donde la mentira es una herramienta profesional y la lealtad una noción siempre provisional. En las novelas de Le Carré, la incertidumbre geopolítica se convierte así en incertidumbre moral.

Ese interés por la traición y la duplicidad no era únicamente literario. La biografía del escritor ayuda a comprender la intensidad con que regresan esos temas en sus libros. Hijo de Ronnie Cornwell, un estafador carismático y mentiroso compulsivo, y abandonado por su madre cuando apenas tenía cinco años, Le Carré creció en un universo marcado por la inseguridad emocional y la desconfianza. Más tarde colaboró con los servicios de inteligencia británicos y desarrolló una compleja relación con el secreto en todos los ámbitos de su vida. El espionaje, en cierto sentido, no fue para él solamente una profesión o un género literario, fue una manera de interpretar el mundo.
Resulta revelador, por tanto, acercarse a Un espía privado: Las cartas de John le Carré, volumen bien traducido por Ramón Buenaventura, y que reúne cartas escritas entre 1945 y 2020. El libro, preparado por su hijo Tim Cornwell, recorre setenta y cinco años de existencia y ofrece un acceso privilegiado a la personalidad del autor. Sin embargo, el lector que espere grandes revelaciones sobre operaciones clandestinas o confesiones íntimas quedará probablemente decepcionado. El título sugiere una proximidad que en realidad nunca llega a producirse.
Lo que emerge de estas páginas no es el espía, sino el profesional de la escritura. Carta tras carta aparece un hombre extraordinariamente disciplinado, absorbido por el trabajo, obsesionado con la documentación y atento hasta el menor detalle de sus manuscritos. Le Carré no se presenta como un artista inspirado, sino como un artesano meticuloso. La imagen romántica del escritor deja paso a la de un trabajador incansable que revisa, corrige, investiga y negocia sin descanso.

Foto de María Cicogna
La correspondencia permite además observar las múltiples facetas de una celebridad literaria internacional. Los destinatarios forman una constelación impresionante: Graham Greene, Alec Guinness, Tom Stoppard, Philip Roth, Ian McEwan o Stephen Fry, entre muchos otros. Pero quizá lo más llamativo no sea el prestigio de esos nombres, sino el tono empleado por Le Carré. Incluso cuando expresa desacuerdos o pone fin a relaciones profesionales, mantiene una cortesía casi inquebrantable. Hay ironía, humor y ocasionales explosiones de indignación política, pero rara vez desaparece la elegancia.
Las cartas también confirman su desconfianza hacia las instituciones británicas y los honores oficiales. Le Carré fue siempre un observador crítico de su país. A medida que avanzaban los años, esa mirada se volvió más severa. El deterioro de la posición internacional del Reino Unido, las consecuencias de la globalización y, finalmente, el Brexit alimentaron una reflexión constante sobre la decadencia nacional. En sus novelas, esa preocupación adquirió forma narrativa; en su correspondencia aparece de manera más directa y a menudo más mordaz.
Paradójicamente, el libro resulta más interesante por lo que insinúa que por lo que revela. El autor conserva hasta el final una parte esencial de su opacidad. Como los mejores espías de sus novelas, nunca termina de exponerse por completo. El lector encuentra rastros, señales, fragmentos de carácter, pero no una confesión definitiva. Tal vez porque Le Carré comprendía mejor que nadie que toda identidad contiene zonas inaccesibles.
Esa reserva ayuda a explicar la fascinación duradera que ejerce George Smiley, el personaje central de buena parte de su obra. Frente al heroísmo espectacular de James Bond, Smiley representa una figura profundamente humana por su discrección, vulnerable, intelectualmente brillante y moralmente imperfecto. Su grandeza nace precisamente de su modestia. En un género acostumbrado a las proezas físicas y los juguetes tecnológicos, Smiley introdujo la inteligencia, la paciencia y la melancolía.
En una época marcada por la desinformación, las guerras híbridas y la erosión de la confianza pública, sus novelas parecen incluso más actuales que cuando fueron escritas. El mundo que describía, ese mundo de relatos enfrentados, intereses ocultos y lealtades ambiguas, se parece demasiado al nuestro. Por eso seguimos leyéndolo. No porque nos explique el pasado de la Guerra Fría, sino porque nos ayuda a comprender el presente.

