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Vladislav Jodasevich y Anna Ajmátova, la historia de un amor literario bajo las ruinas del Imperio ruso

Vladislav Jodasevich y Anna Ajmátova, la historia de un amor literario bajo las ruinas del Imperio ruso

Anna Ajmátova (Retrato de N. A. Tyrsa, 1928) y Vladislav Jodasevich

 

En la historia de la poesía rusa del siglo XX abundan las pasiones imposibles, los matrimonios devastados por la política y las amistades que terminaron convertidas en leyenda. Pocas relaciones, sin embargo, poseen la intensidad silenciosa y el magnetismo intelectual que unieron a Vladislav Felitsianovich Jodasevich —más conocido en español como Vladislav Jodasevich o Khodasévich— y Anna Ajmátova. No fueron amantes en el sentido clásico de la palabra, al menos no existe evidencia concluyente de una relación amorosa consumada. Pero entre ambos existió una afinidad emocional y estética tan profunda que todavía hoy los críticos discuten si aquello fue amistad, admiración mutua o una forma superior y trágica de amor.

Para comprender el vínculo entre ellos hay que regresar a la llamada Edad de Plata de la literatura rusa, aquel extraordinario período cultural que floreció entre finales del siglo XIX y los primeros años de la Revolución bolchevique. San Petersburgo era entonces una ciudad eléctrica y decadente, poblada de poetas, cafés literarios, discusiones filosóficas y un sentimiento permanente de catástrofe inminente. En ese escenario emergió Anna Ajmátova, la gran voz femenina del acmeísmo, autora de poemas breves y devastadores donde el amor aparecía como una herida íntima y elegante.

 

N. A. Tyrsa. Retrato de A. A. Ajmátova. 1928

 

Jodasevich pertenecía a una generación ligeramente anterior, aunque compartía con Ajmátova el rechazo a los excesos nebulosos del simbolismo ruso. Su poesía era más austera, intelectual y severa. Mientras Ajmátova convertía el sufrimiento emocional en música contenida, Jodasevich exploraba la fragilidad espiritual del individuo moderno. Ambos coincidieron en los círculos literarios de Petrogrado durante los años previos y posteriores a la Revolución de 1917, en medio de reuniones donde también aparecían figuras como Mandelstam, Blok o Marina Tsvetáieva.

Lo fascinante de su relación es precisamente lo que no terminó de ocurrir. Ajmátova despertaba admiración obsesiva entre muchos escritores de su tiempo. Su presencia —alta, hierática, casi escultórica— parecía condensar toda la tragedia rusa. Jodasevich la admiraba profundamente, aunque siempre mantuvo una distancia analítica, como si temiera quedar absorbido por el aura mítica de la poeta.

 

Vladislav Jodasevic. Foto de Shumov, Pyotr Ivanovich (1872-1936)

 

Ella, por su parte, reconocía en él una inteligencia poco común. En una época dominada por egos literarios monumentales, Jodasevich destacaba por su lucidez crítica y su capacidad para detectar la falsedad artística. Ajmátova apreciaba especialmente esa honestidad. Entre ambos existió un diálogo constante, hecho de lecturas, comentarios literarios y silencios cargados de significado.

La Revolución y la posterior guerra civil transformaron radicalmente aquel universo cultural. Muchos escritores huyeron; otros fueron perseguidos o ejecutados. Nikolái Gumiliov, exmarido de Ajmátova y uno de los fundadores del acmeísmo, fue fusilado en 1921 acusado de conspiración antisoviética. Ese mismo año murió Aleksandr Blok. Para muchos intelectuales rusos, fue el verdadero final de una era.

Jodasevich decidió abandonar Rusia en 1922. Primero pasó por Berlín y luego se instaló en París, donde se convirtió en una de las figuras centrales de la emigración literaria rusa. Ajmátova, en cambio, eligió quedarse. Esa decisión marcaría para siempre la diferencia entre ambos.

 

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El exilio de Jodasevich no fue solamente geográfico. También implicó una dolorosa separación emocional respecto a la cultura rusa que amaba. Desde París observaba cómo sus contemporáneos desaparecían bajo el terror estalinista. Ajmátova vivía precisamente dentro de esa pesadilla. Su obra fue censurada, su hijo Lev Gumiliov encarcelado repetidas veces y ella misma sometida a vigilancia constante.

La distancia convirtió el vínculo entre ambos en algo todavía más melancólico. Ya no podían compartir cafés ni lecturas públicas; solo quedaba la memoria de una generación perdida. Jodasevich escribió memorias extraordinarias sobre los escritores de la Edad de Plata, retratando un mundo condenado a desaparecer. Ajmátova, mientras tanto, se transformó en la gran testigo moral de la tragedia soviética.

Lo que los unía no era únicamente la literatura, sino una visión ética del arte. Ambos creían que la poesía debía resistir la vulgaridad ideológica y preservar la dignidad humana incluso en tiempos de terror. Esa coincidencia espiritual produjo una cercanía difícil de clasificar.

 

Anna Ajmátova con su marido Nikolái Gumiliov y su hijo Lev, entre 1913 y 1916

 

Hay algo profundamente ruso en esta historia: un amor que nunca termina de declararse, una intimidad construida más sobre la comprensión mutua que sobre el contacto físico. En la tradición cultural rusa, desde Turguénev hasta Chéjov, las emociones más intensas suelen expresarse mediante renuncias y silencios. La relación entre Jodasevich y Ajmátova parece pertenecer a esa misma sensibilidad.

También resulta significativo que ambos terminaran convertidos en símbolos de destinos opuestos. Jodasevich representa la diáspora intelectual rusa, brillante pero desgarrada por la nostalgia. Ajmátova simboliza la resistencia interior de quienes permanecieron dentro de la Unión Soviética soportando humillaciones, censura y miedo.

Sin embargo, pese a esas diferencias, compartieron una misma fidelidad a la poesía. Ninguno aceptó someter completamente su voz al dogma político de la época. En ese sentido, su relación puede leerse como una alianza moral entre dos supervivientes de un naufragio histórico.

 

Jodasevich y Nina Berberova en Sorrento en 1925

 

Hoy, cuando se releen sus poemas y memorias, resulta evidente que entre ambos existió algo más profundo que una simple camaradería literaria. Tal vez no fue un romance convencional. Tal vez nunca hubo una confesión amorosa explícita. Pero sí hubo reconocimiento mutuo, admiración intelectual y una forma de intimidad construida en medio del derrumbe de un mundo.

En ocasiones, la historia de la literatura conserva mejor los amores imposibles que los felices. Y el vínculo entre Vladislav Jodasevich y Anna Ajmátova permanece precisamente por eso: porque fue un amor suspendido entre la palabra y el silencio, entre la cercanía espiritual y la separación histórica. Un amor que nunca necesitó consumarse para convertirse en leyenda.

 

Retrato de Ajmatova de Nikolai Andreevich Tyrsa (1887–1942)

 

 

Sobre el autor

MARTA VALLS

Marta M. Valls nació en Santander, vivió en variados lugares y sus pasiones son el yoga, el flamenco y la lectura.

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