Foto de Julia Fullerton-Batten
María pensaba que llevaba enfadada demasiado rato: desde el verano, y ya había pasado la Navidad y estábamos camino de la primavera, y no levantaba la niebla en su ánimo. La incomodidad cambió a preocupación cuando reflexionó sobre la cantidad de tiempo que llevaba malencarada. No se le pasaba, no, a pesar del desasosiego que le producía y de las ganas que tenía de deshacerse del mal rollo. No conseguía enganchar la sonrisa de nuevo.
Se retrotrajo al tiempo del enojo y al entorno buscando la raíz del disgusto. Fue en el pueblo de sus suegros, a cuyo nombre le acompaña un emblema con resonancias míticas, a saber: «el pueblo que siempre existió», una localidad de Ávila, llamada Becedas, cerca de Gredos que frecuentaba todos los veranos junto con marido, hijos, cuñadas, cuñados, alguna concuñada, una tía abuela y demás gente de mal vivir. Ya estaba acostumbrada al estilo de vida y no le resultaba problemática la convivencia, aunque a veces fuera algo incómoda, por aquello de la dificultad del encuentro entre civilizaciones. Le había costado lo suyo: ella era del sur y el temperamento castellano se le hacía árido y tosco como el paisaje y el clima. Pero el cariño y el encuentro familiar habían limado asperezas y facilitado un entorno de comprensión y cuidado.
Además, desde un par de veranos atrás se unía a la comitiva estival su amiga Maite con su familia —marido e hijos—, también del sur, que disfrutaba, huyendo del turismo, del frescor del pueblo serrano y de los paseos por las eras y el campo. El lugar era más bucólico que las ovejas.

Había trascurrido ya una buena temporada y allí estaba de nuevo, pasando un soleado fin de semana de marzo, andando una vez más por esas sendas mientras rumiaba un amargor de dolor. Como otras veces, se unió a su paseo un perro suelto y vagabundo que buscaba compañía y al que llamaban Chusco, que hacía honor a su nombre por desmadejado y alegre. Cuando ella se sentaba para descansar, apoyaba el morro en sus rodillas con esa mirada de comprensión —que no de entendimiento— que solo tienen los perros.
Se sentía acalorada de sentimientos hostiles, recordando una escena cotidiana y de total normalidad pero que María tristemente rememora como devastadora. Estaban en la cocina su amiga Maite, su suegra y ella; andaban preparando una cena ligera para tomarla al raso de la noche de verano. Maite abrió una lata de atún y le preguntó qué hacía con el caldo de escabeche de la lata. María le dijo que lo guardara como aliño para alguna ensalada. Maite preguntó también a la dueña y señora de la casa, quien le contestó que lo tirara, que eso no servía para nada… y ¡Maite lo tiró!
La tierra se rasgó de parte a parte y desde entonces, como si una erupción de lava corriera en su cuerpo, ardía y brotaba herida.

María, sentada en una roca, tomaba un palo a modo de lápiz con el que escribía automática y lánguidamente en el suelo:
—¿Cómo han podido hacerme esto?
El perro Chusco la miraba sin perder comba de un suspiro.
Esto, esto, esto, esto retumbaba en su cabeza, adelgazando el pronombre hasta conectar con una dendrita despistada —o muy atenta, quién sabe— que convirtió la palabra en un desfile de imágenes sentidas.
Debió de ser el lametón del simpático perro, ese “otro” tierno, salvaje y peludo que, al capturar una lágrima resbaladiza, sirvió de consuelo y llamó la atención del recuerdo.
Aparecieron fotos de compañía y complicidad fraternal, de momentos de juego y de la satisfacción de la mirada entre iguales. Asomó, con presentación estelar, el romance de la amistad y el amor fraternal. También tuvo presencia el miedo a perder el lugar único, el sitio propio, la identidad, la marca, la valoración, el reconocimiento.

Foto de Julia Fullerton-Batten
Apareció, con entrada de cítaras y timbales, su majestad la Rivalidad, reina y señora de todas las relaciones humanas, divinas y salvajes. Adornada como una punki fiera, taimada y poderosa. Las mismísimas entrañas del encuentro con el otro, que a la vez que nos inspira como modelo también nos ronda de amenazas.
Volviendo de su ensimismamiento, María se encontró subrayando tres veces: esto, esto, esto. Y, observando la materia de la tierra escrita, percibió la composición violenta, volcánica y hermosa de todo lo que nos constituye, y que el caldo de una lata de atún puede albergar la mayor de las tragedias shakesperianas de nuestras vidas: No somos únicos.
Ese jugo de escabeche tenía muchísima sustancia: compartir escuece y no ser único más.
Levantó la mirada del suelo, vio al perro Chusco que la propino un lametón asqueroso y entrañable, mientras sus orejas se erguían alegres percibiendo el cambio del clima emocional que anunciaba la posibilidad de lanzamiento de objetos, carreras y abrazos.
Así es la vida en el pueblo que siempre existió.

