Cuando cae la noche, la ciudad no se apaga: empieza a brillar desde dentro.

En Estambul el café no se bebe: se espera, se mira, se escucha. Como si cada taza guardara un secreto antiguo.

La ciudad se extiende como una memoria infinita y, sobre ella, la mezquita recuerda que algunas cosas fueron hechas para mirar al cielo.

El Bósforo al fondo, la ciudad respirando despacio, y tres mujeres guardando un instante que mañana ya será historia.

El mercado parece un mapa de colores donde cada bolsa cuenta una historia de tierra, sol y manos.

Aquí el azúcar no es sólo dulce: es memoria, viaje y la promesa de quedarse un poco más.
