Oskar Kokoschka. La novia del viento
El siglo XX fue un laboratorio donde el progreso técnico y la devastación moral, la emancipación individual y el sometimiento ideológico, la euforia creativa y el vértigo nihilista se abrazaron. Como escribe José María Herrera en «Vida de pintores (Expulsados del paraíso)» (EDA libros) los veintidós artistas escogidos fueron vanguardistas que no renunciaron ni a la figuración ni a la belleza, pero tampoco meros testigos, sino intérpretes de una experiencia radical, la expulsión de un paraíso no en un sentido religioso, sino en la confianza en la cultura y la dignidad del hombre. A través de sus obras, intentaron, como en la evocación de Lázaro, devolver la vida a lo que parecía definitivamente perdido.
Esta pulsión resucitadora recorre toda la centuria. Entre los pintores del libro de José María Herrera vemos que Oskar Kokoschka la vivió de forma visceral y delirante. Su pasión obsesiva por Alma Mahler, trece años mayor que él, se transformó en un intento de posesión total. Los celos enfermizos le empujaban a un control absoluto y la necesidad de convertirla en un ídolo intocable. Tras un aborto y el abandono por parte de ella, Kokoschka no aceptó la pérdida. Se alistó voluntario en la Primera Guerra Mundial (1914-1918) buscando la muerte, resultó herido grave y sufrió alucinaciones donde la guerra y el amor se fundían. Al final encargó una muñeca de tamaño natural con las facciones exactas de Alma. La vistió, la paseó por la ópera, la pintó y la amó como si fuera real. Pero su pintura no embellecía; conjuraba la ausencia. Cuando la muñeca fue decapitada en una fiesta y arrojada a la basura, escribió que la muñeca era un amor agotado que ningún Pigmalión podría devolverle la vida.
La misma voluntad de enfrentar la muerte en su forma más industrial aparece en Otto Dix. Fue otro voluntario entusiasta en la Guerra de 1914-1918, pero regresó convertido en un testigo implacable de la masacre. Sus grabados de La guerra y el Retablo de la guerra enseñan paisajes lunares de cráteres, troncos destrozados y huesos emergiendo de la tierra. Dix comprendió que en la guerra moderna ya no había héroes ni vencedores y que todos perdían. Los mutilados que pedían limosna en las calles de la República de Weimar no eran cuerpos deformes sino la prolongación lógica del conflicto. Pintar esa desolación era un intento de que la sociedad no cerrara la herida y olvidase que la técnica y la ideología habían abierto las puertas a una barbarie sistemática.

Mientras Dix documentaba la destrucción física, Giorgio de Chirico y Max Ernst exploraban la ruina interior. De Chirico, influido por Nietzsche, pintó la “atmósfera de la decadencia” a través de plazas vacías, sombras alargadas, objetos cotidianos convertidos en fragmentos de un mundo que ya no encajaba. Su pintura metafísica revelaba la extrañeza del mundo moderno. Sin embargo, escribe José María Herrera, al ver que la desmitificación sistemática solo conducía al vacío, dio un paso atrás y regresó a la tradición, aunque fuera a través de repetirse. Entendió que la cultura es el esfuerzo por cubrir el abismo, y que la nada no es misterio, sino un desierto.
Max Ernst, marcado también por la guerra y el psicoanálisis, prefirió sumergirse en ese abismo. Sus collages y monstruos oníricos subvierten la racionalidad burguesa y muestran el deseo reprimido, la violencia latente bajo la rutina. No pretendía curar; buscaba recordarnos que la civilización había racionalizado hasta el horror mismo.
En la aparente calma americana, Edward Hopper pintó el reverso del progreso. El aburrimiento como vacío existencial. Sus habitaciones iluminadas, oficinas y bares nocturnos enseñan figuras solitarias en un mundo de rascacielos y prosperidad material. No ocurre nada y, precisamente por eso, todo está dicho. Hopper puso un espejo ante el bienestar. La sociedad del consumo no sustituye al sentido. El vacío interior persiste.

Max Ernst y Dorothea Tanning jugando al ajedrez’, Sedona, Arizona. Bob Towers
Otros artistas convirtieron la pintura en testimonio ético y político. Käthe Kollwitz usó la tradición figurativa y la iconografía cristiana para denunciar la guerra y el nazismo, manteniendo la fe en la compasión humana. Felix Nussbaum, perseguido por ser judío y asesinado en Auschwitz, pintó en la clandestinidad y en el campo de concentración de Saint-Cyprien. Sus autorretratos de seres acorralados y donde la vela de Diógenes busca al hombre que ya no existe, se encuadran el un globo terráqueo envuelto en alambre de espino. Sus cuadros refutan la tesis del filósofo Adorno de que después de la barbarie de Auschwitz se impone el silencio. Para Nussbaum pintar fue una afirmación de dignidad.
Frida Kahlo y Balthus se adentraron en la metamorfosis del eros y el cuerpo herido. Frida no pintaba sueños, sino su propia realidad rota. El accidente que sufrió, el matrimonio tormentoso con Diego Rivera, el dolor físico y emocional… Sus autorretratos con corona de espinas o cabello cortado son confesiones sin piedad. El amor puede ser una tortura voluntaria. Balthus, por su parte, capturó la turbación del paso de la infancia a la madurez en sus ninfas enigmáticas. Más allá de lecturas simplistas, sus cuadros exploran el momento preciso en que el ángel descubre la carne. Una travesía luminosa y oscura a la vez. Para ambos, el cuerpo era el lugar donde se juega la identidad y el sentido.
Komar y Melamid cerraron el siglo con una ironía lúcida. Desde su concepto de «Sots Art», manipularon la propaganda estalinista con el mismo mecanismo con que el Pop Art trataba la publicidad capitalista. Sus cuadros de Stalin y las musas o la serie Nostalgia del realismo socialista revelan que tanto el totalitarismo como la sociedad de consumo convierten la realidad en simulacro. La autenticidad en el arte, sugieren, siempre ha sido una pose.

Vitaly Komar. «Qué hacer», 1983
La portuguesa Paula Rego, una de las últimas grandes narradoras, sintetiza esta tradición. Sus cuadros autobiográficos y críticos —especialmente los dedicados al aborto, la situación de la mujer y las relaciones de poder— convierten el dolor íntimo (amor, odio, placer, culpa) en materia pictórica. Para ella, pintar era hacer visible lo oculto, dar voz al cuerpo femenino sometido y resistir la opresión social y personal.
Todos los artistas que aparecen en este excelente libro, fueron expulsados del paraíso, pero se negaron a habitar el desierto del arte sin historia ni figuras. Frente a quienes renegaban de la narración, ellos mantuvieron la pintura como vínculo entre biografía, historia y verdad. Su obra no ofrece un consuelo fácil. Confronta, perturba y, sobre todo, resucita. En un siglo que fabricó la muerte industrial, el arte figurativo se convirtió en el último acto de piedad. Enterrar a los muertos y, obstinadamente, intentar devolverles la palabra.
En este museo sin tienda de regalos a la salida, como escribe José María Herrera, recorremos un siglo que destruyó muchas ilusiones, pero no logró matar del todo la capacidad humana de dar sentido al sufrimiento a través de la imagen y el relato. El paraíso se perdió. Sin embargo, el arte intentó resucitar lo que creíamos muerto.

‘Entre mujeres’ (Paula Rego, 1997)
Entrevista sobre el libro VIDA DE PINTORES (EXPULSADOS DEL PARAÍSO)
Ponentes: Alfonso Armada y José María Herrera, autor del libro
Fecha: jueves 23 de abril a las 19.00 horas
Asistencia gratuita. Aforo limitado.
Inscripciones: secretaria@petrarca.es
Alfonso Armada es un conocido periodista, escritor, poeta y dramaturgo, con una larguísima trayectoria en varios de los más importantes diarios españoles, El País o ABC, de cuyo suplemento cultural fue director. Actualmente edita y dirige la revista digital Frontera D y acaba de ser galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes. Es autor de cerca de una treintena de obras, entre las que hay que destacar aquí El arte de la entrevista (Turner 2022).
José María Herrera es escritor y colaborador habitual como crítico de arte y literatura en diversas revistas nacionales e internacionales. Sus últimos libros son La tumba de Dios (y otras tumbas vacías) (Turner 2022), El choque ideal (EDA 2023), La musa política (Bokeh, 2025) y el que presentamos aquí, Vida de pintores (expulsados del paraíso) (EDA 2026.
