Foto de Allan Schaller

 

En Hemisferio Grof (Sr. Scott, 2025), Joaquín Campos continúa con la apuesta de convertir la propia existencia en un laboratorio narrativo permanente. El libro funciona como diario, crónica de viajes, ajuste de cuentas personal y cultural, además de una reflexión sobre el fracaso o, quizá, sobre la imposibilidad contemporánea del éxito literario entendido en términos clásicos.

Si en Pedagogía el autor iba hacia Bali tras abandonar Cabo Verde, como un Robinson moderno que desplaza su isla imaginaria allí donde decide vivir, en este nuevo volumen volvemos a encontrarlo fiel a la literatura como único territorio estable en medio de una vida marcada por la movilidad y la incertidumbre material.

La narración avanza mediante fragmentos vitales que reproducen el ritmo caótico de la experiencia contemporánea tanto en Asia, como en España. Tráfico frenético, motocicletas conducidas sin carnet, proyectos laborales precarios, relaciones sentimentales fugaces surgidas de aplicaciones de citas y una sucesión de encuentros marginales construyen un paisaje humano que oscila entre lo cómico, lo desesperado y lo brutalmente honesto. El autor se sitúa siempre “en el filo de la navaja”, consciente de que la única certeza afectiva permanece en el vínculo materno, mientras el resto del mundo aparece como un territorio provisional.

 

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Más que un simple relato autobiográfico, Hemisferio Grof funciona como un espacio de confrontación. Campos arremete contra el ecosistema literario español, denunciando lo que considera una red de intereses, silencios y jerarquías informales que determinan reseñas, promociones y prestigio cultural. Su voz adopta un tono deliberadamente incómodo, incluso provocador, consciente de que la sinceridad radical puede resultar perjudicial para su propia carrera.

El autor observa con ironía las guerras literarias en redes sociales, las polémicas estériles de Twitter y el narcisismo intelectual contemporáneo. Críticos que bloquean opiniones divergentes, debates ideológicos superficiales y la construcción artificial del prestigio cultural aparecen retratados como síntomas de una escena literaria más preocupada por la visibilidad que por la escritura.

Esta actitud crítica no excluye la autoinculpación. Campos se describe a sí mismo como parte del mismo sistema que cuestiona. Alguien que pierde horas en citas absurdas, discusiones virtuales o excesos nocturnos mientras intenta escribir una obra que justifique su propia existencia.

 

Stanislav Grof (Praga, República Checa, 1 de julio de 1931) https://es.wikipedia.org/wiki/Stanislav_Grof

 

Uno de los rasgos más interesantes del libro es la convivencia entre referencias intelectuales y experiencias marginales. Annie Ernaux, Pasolini, Hegel o Grof conviven con noches de alcohol preferentemente de calidad, drogas recreativas, compañeros de piso conflictivos y trabajos inciertos. La cultura no aparece como refugio elitista, sino como herramienta de supervivencia emocional.

El pensamiento filosófico y literario irrumpe en medio del caos cotidiano sin solemnidad. Leer, escribir y pensar se convierten en actos igual de físicos que viajar o enamorarse. La literatura deja de ser un espacio separado de la vida para convertirse en una prolongación directa de ella.

Esta mezcla genera uno de los ejes centrales del libro. La tensión entre la aspiración intelectual y la precariedad económica. Mientras gran parte del mundo adulto parece alcanzar la estabilidad de una casa, una familia, contratos indefinidos, el narrador constata su propia carencia material. Una pregunta implícita atraviesa el texto: ¿qué significa elegir la literatura cuando esa elección implica renunciar a casi todo lo demás?

 

Foto de Allan Schaller

 

El libro se mueve entre Bali, Tailandia, Madrid, Málaga, Barcelona, Bangkok, Laos o Camboya. Geografías que aparecen no como destinos turísticos sino como estaciones de supervivencia. Campos adopta la figura del escritor nómada contemporáneo. Alguien que vive entre vuelos, viajes incómodos, colaboraciones periodísticas inestables y proyectos que nunca terminan de consolidarse.

El seguimiento del caso Daniel Sancho, hijo del actor español Rodolfo Sancho, que fue condenado en agosto de 2024 a cadena perpetua en Tailandia por el asesinato del cirujano colombiano Edwin Arrieta en Koh Phangan en agosto de 2023, introduce un nuevo registro narrativo. El del reportero que se desplaza para investigar crímenes reales mientras negocia su propia subsistencia. La crónica criminal se mezcla así con el diario íntimo, diluyendo las fronteras entre periodismo y literatura.

El resultado es un retrato del escritor como trabajador precario globalizado, figura cada vez más reconocible en el siglo XXI. Un profesional cultural obligado a reinventarse constantemente entre medios de comunicación, la televisión, y las plataformas digitales.

 

 

Las relaciones sentimentales ocupan un lugar central en el diario. Parejas inestables, separaciones prolongadas, diferencias culturales y fragilidades psicológicas configuran vínculos atravesados por la ansiedad y el miedo al futuro. El amor aparece menos como salvación romántica que como espacio de negociación emocional entre individuos igualmente vulnerables.

El consumo ocasional de ansiolíticos y la sensación de desgaste vital refuerzan la dimensión confesional del texto, acercándolo a una tradición diarística donde la escritura funciona como terapia imperfecta más que como exhibición narcisista.

Con más de una decena y media de libros publicados, Campos ya no busca legitimidad literaria. Esa batalla parece superada. La verdadera obsesión del libro es la posibilidad, cada vez más improbable, de vivir económicamente de la escritura.

 

Joaquín Campos en la librería Luces de Málaga, durante la presentación de su libro «Muerte en Tailandia». Foto de Migue Fernández

 

Ahí reside la fuerza última de Hemisferio Grof. El libro no narra el ascenso de un escritor, sino su resistencia. No describe el éxito, sino la persistencia. La literatura aparece como una elección irreversible que exige sacrificios materiales constantes sin garantizar recompensa alguna.

Crudo, irregular y deliberadamente excesivo, Hemisferio Grof rehúye la corrección política y la estructura convencional. Su valor no reside en la perfección formal sino en su honestidad. Campos escribe desde la intemperie económica, emocional y cultura, y convierte esa exposición en materia literaria.

El resultado es un libro que incomoda, provoca y a veces irrita, pero que rara vez resulta indiferente. En un panorama literario frecuentemente domesticado, su apuesta por la autobiografía radical recuerda que la literatura aún puede ser un espacio de riesgo.

 

Foto de Allan Schaler