Foto de Lillian Bassman

 

En la novela «Moral», de Lyra Ekström Lindbäck, traducción de Carmen Montes Cano (Galaxia Gutenberg, 2025) Anna, una escritora sueca de veintisiete años, llega a una ciudad universitaria de la República Checa para escribir su tesis doctoral sobre filosofía moral. Su supervisor, un filósofo de renombre internacional de cincuenta años, la recibe en la estación y la tensión entre ellos es palpable desde el primer momento. La tesis de Anna se centra en la relación entre moral y literatura: “¿Cómo afecta la literatura a nuestras reflexiones éticas? ¿Pueden ser edificantes o, como mínimo, clarificadoras, las novelas que consiguen que algo malo parezca útil?”.

 

«NO PUEDO ALABAR UNA VIRTUD QUE HA HUIDO Y SE HA ENCLAUSTRADO SIN EJERCITARSE NI EXPONERSE, UNA VIRTUD QUE NUNCA SE LANZA AL EXTERIOR PARA BUSCAR A SU ADVERSARIO»

La frase, quizá no haga falta decirlo, no es de Anna ni de Lyra Ekström, sino de Milton, inglés universal autor de El paraíso perdido. En la página 58 la autora/narradora/ protagonista de la novela le cita y reflexiona sobre una serie de cuestiones miltonianas que constituyen la espina dorsal de la novela. Según Milton, nos explica, «“tomamos conciencia cuando erramos. Sólo después de haber pecado podemos llegar a ser buenos de verdad … el conocimiento del bien es tan complejo y está tan entrelazado con el conocimiento del mal” que no es posible probar adecuadamente uno de los frutos sin haber probado el otro. Es decir, deberíamos ir en busca del pecado».

 

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Este último apunte es de Lyra/Anna, que al leer este párrafo de Milton se pregunta si debe explorar hasta el final la sensación de corrupción que experimenta o si lo que busca es, únicamente, una explicación filosófica que justifique sus deseos: «¿tan malo es mezclar las investigaciones teóricas con la práctica? Los estudios de filosofía moral, ¿no deberían implicar también cierta experiencia vital?». Aclaremos ahora algunos puntos que nos permitirán poner todo esto en contexto: tanto Anna como Lyra son escritoras suecas de veintisiete años, una es doctora en filosofía y la otra aspira a ello. Si se preguntan si aquella tensión palpable de la estación culminó en algo que merece una reflexión moral desde el punto de vista de una persona que está especializada en esos estudios, la respuesta es sí. Y también que este embrollo sentimental es la principal línea argumental de la novela. Podemos pensar que no hay nada nuevo bajo el sol y quizá sea cierto, pero al menos es bueno, maduro, sensato, elegante y no impostado.

Hubo un tiempo en que ser escritor exigía «cierta experiencia vital», pero de repente un día la frescura de la juventud entró en el sector y se apoderó de él borrando del mapa a un par de generaciones de escritores que quedaron en medio y que un día, cuando hayan muerto, se recuperarán con el nombre de “Generación borrada”. Obviamente, para escribir bien no hace falta ser viejo, ni por ser joven escribe uno mal —la historia de la literatura lo apuntala con descaro— pero tampoco hemos de dar por sentado que un escritor “de mediana edad” va a ser gris y plano y que si es joven nos va a descubrir la pólvora. Esta es la razón por la que hace mucho tiempo que no leo novelas “tan jóvenes”, y no lo digo ni con autoridad, ni con superioridad ni con desprecio, mucho menos con arrogancia. O tal vez con autoridad sí, pero sólo la que me confiere haber leído y releído bastante.

 

Viola di Grado

 

Esta dicotomía absurda que tiene más de marketing que de literatura está haciendo daño al corpus que como sociedad estamos constituyendo de la creación escrita actual, pero no creo que tenga solución, por desgracia. Es, simplemente, la ley del péndulo, y a la par que una generación borrada quedará la obra, dentro de un tiempo, de muchas criaturas terribles de la pluma. Volviendo al centro del argumento, creo que lo último que leí y disfruté de una de estas criaturas fue Setenta acrílico, treinta lana de Viola di Grado, y ya hace unos años de eso. No me pareció revolucionario pero sí fresco, natural y descarado: un libro donde todos los elementos encuentran su hueco sin impostura, sin existencialismo y sin banderas. Cometí la osadía de leer Moral después de releer Nosotros, los Caserta, de Aurora Venturini, y pensé que tal vez me arrepintiera. En las primeras páginas vi que no era así. Moral me trasladó a la novela de Di Grado en materia de frescura y espontaneidad a la hora de narrar vivencias, pero añadiendo un plus de sofisticación intelectual, la justa: la conexión que esa santísima trinidad entre autora, narradora y protagonista que ya he mencionado establece entre su sentir de muchacha joven, poco experta (que no inexperta) y audaz, pero con un fondo sabio, y el mundo filosófico en el que enmarca sus vivencias del momento eleva la novela por encima de muchas creaciones de sus coetáneos. Todo está bien: la tensión narrativa, la conexión de sus experiencias presentes y pasadas con su modo de pensar y con la tesis sobre moral que trae entre manos, las reflexiones sobre su relación ilícita y desigual con un hombre mayor, casado, padre de familia, y la dualidad de sentimientos (también antigua, pero no por ello peor tratada) que le provoca el uso pequeñoburgués de la infidelidad, también con su propia dualidad: a pesar de su modernidad y de su modo de pensar, completamente libre, respecto al amor, acaba cayendo en la trampa de (casi) todas las amantes de la historia de la literatura: ellas quieren lo que quieren, ellos lo quieren todo como está.

Si bien encuentro que la narración decae un poco hacia el final, como si tuviera prisa por llegar al desenlace, un epílogo nos hace recuperar el pie perdido reconstituyendo el escenario y sus personajes, pocos pero manejados con maestría al estilo clásico: protagonista, antagonista, y secundarios que no presentan fisuras: son reales, útiles y oportunos. La red que se teje en torno a las amistades en las que se apoya (su amiga Molly, su exnovia, su compañero de tesis) o a las personas con las que debe, imperativamente, relacionarse (la familia de su amante) contribuye a dar credibilidad y consistencia a la historia. La primera persona narrativa, lejos de oler a recuerdo, diario o confesión hace gala de un fuerte control del relato y de su punto de vista como personaje principal: su seguridad respecto a lo que piensa y a cómo actúa como antídoto contra cualquier vestigio de sentimentalismo. Forma un magistral entramado con la narrativa en segunda persona, por la que siento una particular atracción, que no es fácil y puede resultar limitante y reiterativa: aquí no sucede. El uso de la filosofía como parte del tejido literario, lejos de sonar pedante o pretencioso, es una argamasa soberbia y bien tratada que da cuerpo a una historia, por lo demás, más que sabida. Bravo por esta autora que me ha recordado más a Setenta acrílico, treinta lana (última novela «joven» que me gustó) que a El nervio óptico (última novela «joven» que me decepcionó, pero que leí entera) y que en ningún momento me haya trasladado a Otra ronda, película (danesa, no sueca en este caso) que no pude seguir viendo tras las primeras escenas… lo tengo que volver a intentar. No estamos ante una figura entregada al alcohol a granel como esos estudiantes nórdicos aunque, como Don Draper, disfruta de un Old Fashioned en alguna de sus salidas y del licor típico de esa ciudad de la República Checa donde tiene lugar la novela: un licor de ciruelas llamado slivovice. Brindemos por más obras jóvenes o juveniles que no confunden la sencillez, la claridad y lo espontáneo con la falta de oficio.

 

Foto de Anthony Friedkin