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La última y accidentada visita de Corpus Barga a Madrid y Belalcázar, en 1970

La última y accidentada visita de Corpus Barga a Madrid y Belalcázar, en 1970
Corpus Barga y Francisco Umbral en el Café Gijón. Madrid,  1970. (ABC)

El escritor y periodista Corpus Barga (Madrid, 1887-Lima, 1975) llegó a Lima (Perú) en mayo de 1948, desde Francia, una vez se apagó el horror de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Primero viaja él solo, y una vez asentado en aquella nueva tierra, lo hacen su mujer Marcelle Trannoy y sus hijos Andrés y Rafaela García de la Barga Trannoy («Ninoche»)[1]. Comenzaba en el duro y largo exilio una nueva etapa personal y laboral al otro lado del Atlántico, lejos de España, de Madrid, de Belalcázar (Córdoba), de la Casa Grande a duras penas en pie, en manos ahora de dos grandes enemigos, la ruina y el abandono. En lo más profundo de su corazón de exilio, Corpus anhelaba volver a España, viajar a Belalcázar, reencontrarse de nuevo con la Casa Grande.

En 1963, mientras comenzaba sus memorias, Los Pasos Contados, e iniciaba la publicación de las mismas, tuvo ocasión de viajar a España, en concreto a Barcelona y Madrid. Poco ha trascendido de aquella visita, que suponemos debió de ser para él un gran regocijo y una inmensa alegría, al hacer un paréntesis en su largo exilio en Perú y regresar, aunque fuese por unos días. Y los aprovechó bien, pues uno de sus objetivos, aparte de ver a la familia y los amigos, fue redactar su testamento, cosa que hizo a finales de junio de 1963[2] en Madrid, ante su buen amigo el notario y escritor D. Eduardo López-Palop3. Que sepamos, no estuvo en Belalcázar en este año de 1963.   

En 1970, con 82 años, a punto de cumplir los 83 (que celebraría en Madrid el 9 de junio), cuando sintió que su vida comenzaba a declinar y el tiempo acelerarse, decide regresar a España, recorrer Madrid, pisar el norte de Córdoba, volver sobre sus pasos.

 

Corpus Barga en Lima en los años setenta

 

El año anterior, en concreto el martes 22 de julio de 1969, había muerto en Madrid, con 90 años de edad, su primo Críspulo García de la Barga y García -nacido en Sevilla el 14 de octubre de 1878, hijo de D. Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna (Auditor militar del Ejército, muerto en marzo de 1896 y enterrado en Belalcázar, tío de Corpus) y Dolores García y Marra-, quien fuera durante más de 30 años Inspector General de Prisiones, jubilado desde diciembre de 1939, casado con Angela Adalid y Ascarza (Sevilla, 1885-Segovia, 1948) y propietario del 50% de la Casa Grande. Críspulo había tenido que soportar a tan avanzada edad la amargura de perder a un hijo, Rafael García de la Barga y Adalid (nacido en Madrid el 12 de agosto de 1922 y abogado de profesión), tan solo 20 días antes que él falleciera[3]. Los siete hermanos y la viuda de Rafael, en nombre de los 8 hijos que dejaba, tendrían que repartirse la herencia de Críspulo (el 50% de la Casa Grande entre todos ellos, ahora dividida en 15 partes). El querido sobrino de Corpus, el escritor Ramón Gómez de la Serna, había muerto en Buenos Aires en enero de 1963; de sus hermanos, solo quedaban Eulalia[4] y Esperanza6, aunque esta última debió de fallecer en aquella década. Corpus Barga también tuvo que soportar la amargura de perder a su hijo Andrés García de la Barga Trannoy (1921-1966) y su nuera Simone Pean (1925-1966) en un accidente de tráfico en Ceilán, el 30 de agosto de 1966; trágica década, desde luego, para nuestro escritor.

Corpus llegó a España por última vez a finales de abril de 1970. La prensa, que esperaba pisase de nuevo suelo español, lo recogió en sus páginas. ABC, por ejemplo, lo hizo así:

«CORPUS BARGA, EN ESPAÑA.

Se encuentra en Madrid, en visita privada, el escritor Corpus Barga, uno de los primeros corresponsales en el extranjero en la historia del periodismo español y redactor en otro tiempo del diario El Sol. Actualmente reside en Lima, donde fundó el Instituto de Periodismo asociado a la Universidad. Durante la Segunda Guerra Mundial fue corresponsal del diario argentino La Nación, y en la actualidad colabora en los primeros diarios de Hispanoamérica. Entre sus numerosos viajes realizó uno en el histórico trayecto del Zeppelin entre Europa y América, al que asistió como único periodista, siendo corresponsal del diario La Nación en Berlín.- Europa Press» (ABC Madrid, jueves 30 de abril de 1970, pag.63.*Noticia reproducida al final de este artículo).

A continuación, se añade debajo como Nota de la Redacción una pequeña semblanza de Corpus, como si lo anterior no fuera suficiente, y no se hiciera justicia al escritor y periodista. Otros diarios recogieron la noticia (de su llegada) en los primeros días de mayo de 1970.

Para un hombre de su edad dispuesto a recorrer en la capital de España todo cuanto pudiera antes de marcharse, la visita se tornó accidentada los primeros meses de estancia. Después de tantos años de exilio, nadie podía negarle la libertad de recorrer aquel Madrid de inicios de los 70, cuyo alcalde era Carlos Arias Navarro (Madrid, 1908-1989), el que fuera luego Presidente del Gobierno con Franco y le despidiera, tras morir, con lágrimas por televisión. Aquel Madrid que él tan bien conociera durante más de 40 años, desde su infancia hasta los inicios de la Guerra Civil, ya no era el mismo, había cambiado mucho, muchísimo. Y estaba ahí de nuevo para ser testigo, para dar forma luego a un torrente de palabras que perdurarían más allá de las ausencias.

 

Portada del artículo De Francisco Umbral sobre Corpus Barga

 

¿Por qué su última visita se tornó accidentada? La entrevista que le hizo el escritor Francisco Umbral, admirador confeso de nuestro escritor y periodista, publicada en LA ESTAFETA LITERARIA el 15 de junio de 1970 y titulada CORPUS BARGA: NI RARO, NI OLVIDADO, lo revela claramente en el primer párrafo: «…Tiene un esparadrapo en la cabeza y una mano vendada. El otro día se cayó en el Café Lyon. Pero no es nada». La entrevista, de dos páginas, se acompaña de tres fotografías inéditas: Corpus Barga aparece con gasas y esparadrapo en la base del cráneo, un sombrero tratando de disimularlo, y la mano vendada. Es éste un documento inédito que aportamos y nunca hemos visto publicado [reproducido al final de este artículo].

Es tan intenso el deseo de empaparse de todo cuanto rodea a Corpus en aquel Madrid de 1970 que apenas recuerda que es un hombre de 82 años que con su torpeza advierte el yugo del tiempo. Tropieza, se cae y se abre la cabeza, y se hace daño también en una mano. Corpus no puede ir así por ahí, debió de pensar la familia. El viaje a Belalcázar, anterior a este suceso, no podía hacerlo evidentemente solo, tendrían que acompañarlo.

La visita a Belalcázar (y el reencuentro con la Casa Grande y los amigos, los pocos que quedan) la hace Corpus en compañía de sus sobrinos Augusto[5] y José Ignacio García de la Barga y Adalid[6], dos de los 8 hijos de Críspulo García de la Barga y García. Puesto que fue acompañado por sus sobrinos, el viaje a Belalcázar lo hicieron en automóvil[7].

No sabemos en qué fechas concretas se produjo dicho viaje, pero hay un hecho en relación a esta visita por el que podemos acotarla cronológicamente. La pregunta siempre ha estado ahí para cualquier estudioso de la figura de Corpus (yo inclusive): ¿Cuándo, en que mes o días concretos de aquel año de 1970 estuvo Corpus en la localidad de Belalcázar, donde pasó algunas temporadas y donde volvía cada vez que podía? Hasta hace poco, contestar a esta pregunta era muy difícil. Aunque no conocemos las fechas concretas, ahora sí estamos en condiciones de poder desvelar el mes en que tuvo lugar dicha visita a Belalcázar y a la Casa Grande.

Joaquín Chamero Serena, Cronista de Belalcázar, en su obra COSAS DE LA CASA GRANDE DE CORPUS BARGA, nos habla de una operación de desmontaje en la fachada de la Casa Grande de una serie de elementos decorativos que, debido al estado de deterioro y ruina de dicha fachada, amenazaban con desplomarse y causar una desgracia. Así lo recoge: «No sabemos si influido por desencanto y temor de un previsible y total derrumbe de la fachada de la Casa Grande, o bien con idea preconcebida, Corpus Barga y sus sobrinos José Ignacio[8] y Augusto, recurrieron, por mediación de José Fernández, a un empresario de canteros, que con un grupo de cinco operarios llevó a cabo la operación del desmontaje de la fachada de la imagen del arcángel San Rafael, las bolas del balcón, los escudos y las columnas del patio; también arrancaron, bajo las instrucciones de los García de la Barga, varias baldosas blancas y negras …»[9].

Lo dicho anteriormente podemos completarlo tranquilamente con un documento inédito que se encuentra en el Archivo Municipal de Belalcázar, dentro de una carpeta A-Z con la correspondencia del alcalde entre los meses de enero y junio de 1970, es decir, el primer semestre de aquel año. Es una breve certificación del alcalde de Belalcázar entonces, Ángel López de Lerma Jurado[10]. Se trata de una cuartilla de 21×15 cms, de color amarillo, escrita a máquina, que dice lo siguiente:

 

DON ÁNGEL LÓPEZ DE LERMA JURADO, ALCALDE-PRESIDENTE DEL AYUNTAMIENTO DE ESTA VILLA.

CERTIFICO: Que la imagen en piedra de San Rafael, dos escudos, una piedra grabada y una columna de mármol, que transporta el vehículo Land Rover matrícula CO.61.007[11], pertenecen a la familia García de la Barga y Gómez de la Serna, residente en Madrid, y proceden de la casa nº 15 de la calle Conde don Alonso de esta población, propiedad de la referida familia, oriunda de esta villa.

Y para que conste, extiendo la presente en Belalcázar a veintinueve de mayo de mil novecientos setenta.

                                         (Firma del alcalde, con sello de Alcaldía a la izquierda)

 

 

Aunque breve, dicho documento aporta información valiosa sobre aquella visita, pues nos dice exactamente las piezas que viajaron desde la Casa Grande al chalet de José Ignacio García de la Barga y Adalid en Madrid, y más importante aún, la fecha del documento: viernes, 29 de mayo de 1970. Recapitulando: Corpus Barga llega a Madrid el miércoles 29 de abril de 1970, está unos días con su familia en la capital, y rápidamente, deseoso de volver a Belalcázar y contemplar por última vez la Casa Grande (pues ha venido a España solo para un mes, como le dice a Francisco Umbral), realizaría el viaje para la segunda quincena de mayo de 1970; una vez en Belalcázar, y tras haberse reencontrado con los amigos (los pocos que quedan) y contemplado el estado en el que se halla su querida Casa Grande, ordenó el desmontaje de la imagen en piedra de San Rafael, los dos escudos, una piedra grabada y una columna de mármol, volviendo a Madrid con estos objetos a finales (viernes, 29) del mismo mes de mayo de 1970. Ángel López de Lerma, alcalde de Belalcázar, autorizó la salida de dichos objetos de la población, apoyándose principalmente en que eran propiedad -puesto que formaban parte del inmueble- de la familia García de la Barga-Gómez de la Serna, la cual residía en Madrid, y tenían todo el derecho a llevárselos sin ningún impedimento.

Otra cuestión que aquí debe analizarse, a la luz de la documentación de archivo, es la siguiente: ¿por qué vino Corpus Barga a Belalcázar precisamente en ese año de 1970? Es muy posible que una alusión a la Casa Grande en los libros de actas municipales de Belalcázar a finales de la década de los años 60 nos lo aclare, pues en uno de los últimos apartados de la sesión ordinaria del 10 de agosto de 1969, siendo alcalde de la población D. Ángel López de Lerma, antes aludido, se recoge lo siguiente:

«CASA DE LA CULTURA.- La Alcaldía-Presidencia da a conocer las gestiones que viene realizando para que en la casa n.º 15 de la Calle Don Alonso pueda instalarse la Casa de la Cultura, es decir, una amplia Biblioteca, incluso aparatos para el aprendizaje de idiomas. Estas gestiones son laboriosas, ya que como de todos es conocido, el inmueble es propiedad de la familia García de la Barga y Gómez de la Serna, con residencia unos en Madrid y otros en Lima, y se pretende, con posibilidades para ello, que sea cedida o vendida de forma simbólica al Ayuntamiento para el fin que se pretende destinar. Que se tienen noticias particulares de la buena disposición de esta familia y que no se deja de instar sobre este asunto. La Corporación quedó enterada y aprobó por unanimidad las gestiones llevadas a cabo por el Sr. Alcalde»[12].

El interés del Ayuntamiento de Belalcázar por el inmueble se remonta a 1939, año del fin de la Guerra Civil, y en los años 40 hubo gestiones por parte del Ayuntamiento que presidía por entonces Antonio Trucios Fernández (Belalcázar, 1911-1999)[13] con el primo hermano de Corpus Barga, el Inspector General de Prisiones (ya jubilado) Críspulo García de la Barga y García (1878-1969), pero finalmente no prosperaron, no sabemos si por una de las dos partes o por ambas. Este interés y estos contactos entre Ayuntamiento y familia impulsaron a Corpus a viajar a España en 1970 para ver (intuía que por última vez) la Casa Grande tal y como él la había conocido, aunque ya sumida en la más absoluta desolación y ruina, antes que (presumiblemente) cambiara de manos.

 

La Casa Grande

 

 

Para concluir, reproducimos el texto al completo que escribió Corpus, al final del Tomo IV de Los Pasos Contados, fechado en Lima en diciembre de 1970:

Cuando tú, Andrés, volviste al pueblo sabías ya que la Casa Grande estaba en ruinas. Habías visto las fotografías que te llevó a Lima un matrimonio de arquitectos peruanos, arquitectos el marido y la mujer, Alfredo y Paola Bravo, compañeros de tu nieto Andrés Aisner[14], iban por España camino de Córdoba en viaje turístico y se acordaron de la Casa Grande, a la que conocían de oídas, como el castillo, se desviaron para ir al pueblo. Las fotografías eran en color, las tomaron muy bien ellos mismos: al arcángel San Rafael tieso con sus pesadas alas y sin perder un ligero bastoncito oblicuo pendiente de la mano se le veía de tres cuartos en su pedestal levantado sobre el cenit del arco que coronaba el balcón principal de la fachada y terminaba en el plano donde había dejado de rodar la hermosa bola de piedra remate de un adorno, toda esta composición con sus luces y sombras se destacaba amarillenta del intenso azul del cielo en que parecían dibujados ante el pedestal del arcángel los hierros negros del gancho y la jaula para encerrar al farol ausente; la fina y severa veleta también de hierro, sin figura y con arabescos, en pie sobre el horizonte de un tejado invadido por las llamas, se diría; la media naranja rota, con agujeros tapados por el cielo azul; cinco fotografías de la torre encogida de hombros en los muros agujereados, socavados, vista desde los patios destruidos las escalerillas partidas los arcos rotos los suelos invadidos por espigas ralas pero las ventanas de la torre intactas, de arco amplio y bajo del Renacimiento o de arco románico que abarca dos gemelos apoyados por un lado en una misma columna; el patio del pozo con sus dos columnas de piedra y el abrevadero era una ruina romana. Los arquitectos peruanos te llevaron además fotografías del bello castillo gótico, aparecía intacto. El castillo había sido construido para la guerra, la Casa Grande era una hermosa casa extremeña de labor.

 Volviste al pueblo porque a tu paso por Madrid tus sobrinos García de la Barga, Augusto y José Ignacio, propietarios como tú de la Casa Grande, de la que podía resultar dueño hasta el Obispo de Madrid pues el notario de la Congregación religiosa donde entró tu hermana Esperanza con una dote superior a la parte que le hubiera correspondido de la herencia de vuestros padres era muy concienzudo, redactó el testamento de tu pobre hermana enferma y viendo que a la testadora no le había quedado nada que legar por haber dado todo lo que tenía al convento le hizo legar el futuro, declaraba heredera de lo que en el porvenir pudiese recaer por herencia o por lo que fuera en tu hermana a la Superiora de su convento y para prevenirlo todo si ésta inesperadamente rechazaba la herencia, la heredera sería la Superiora General de la Congregación y más aún, si también la Superiora General de la Congregación a su vez y por imposible que parezca la rechazaba, la herencia iría al Obispo de Madrid. Al obispo no se atrevió a ponerle otro si la herencia hubiera llegado al Papa. Sin embargo, parecía bastante asegurado que la herencia podía llegar a todo el mundo menos a la familia. En el infierno de los notarios ése de la Congregación será condenado (aquí aparece su sí como es debido) no lo haya sido ya a la pena de andar buscando eternamente adonde meterse. Pero el notario implacable no ha hecho más que cumplir el destino de una casa: la Casa Grande tenía que ser heredada con grandeza. Por la muerte de tu hermano Rafael que era propietario contigo de la mitad y murió sin hacer testamento heredó no sé qué porción del testamento de tu pobre hermana Esperanza. Aparte de estos avatares que no pueden menos de peraltar la propiedad de vuestra casa solariega, tus sobrinos Augusto e Ignacio queriendo sin duda festejar vuestro encuentro, no os conocíais, ellos además no conocían la Casa, Augusto no había estado nunca, Ignacio había estado últimamente, cuando la Casa estaba ya en ruinas, el único que había vivido repetidas aunque distintas veces eras tú y hacía más de medio siglo, eras un superviviente, una ruina bien conservada pero una ruina más de la Casa Grande, por esto si no fue por otras plausibles razones tus sobrinos te invitaron a ir a Córdoba, la ciudad tan nostálgica, y al pueblo de la provincia quizá más perdido. Fuisteis en automóvil dando alguna que otra verónica al toro gigante salido de los toriles del cielo que la diosa publicidad ha volcado sobre el ruedo ibérico para hacer sin duda una hecatombe en honor de los turistas, un welcome muy publicitario.

 Las otras veces que fuiste al pueblo recibías antes de entrar cuando por fin llegabas al latido ruidoso, oloroso del tiempo, según las estaciones, el tiovivo de la trilla pajiza, los carros húmedos y crujientes repletos de racimos de vendimia y acompañados por las mozas algunas sentadas en las varas, los gruñidos desgarradores en los corrales de la matanza, los muleros con las yuntas de mulas uncidas que arrastraban el arado romano sujeto al yugo o el jinete solo que al paso lento ellos y él a paso rápido iban de madrugada al cercano olivar o al quinto lejano y venían de allí a la caída de la tarde, las mozas en la fuente, los muchachos en las eras, pasabas del riachuelo y entrando en el pueblo la calle del conde Don Alonso bullía de críos perros gatos algún cochinillo una vecina que se asomaba a su puerta otra que atravesaba la calle, ahora cuando fuiste con tus sobrinos no recibisteis ningún latido al llegar y tú ibas muy atento, no había mulas gruñidos carros muleros jinetes o mozas muchachos, nadie iba o venía y nada palpitaba, no había polvo, el conde Don Alonso no metía ruido, las puertas y las ventanas de las casas estaban cerradas. La Casa Grande tenía también cerradas sus puertas, sus ventanas y cerrado asimismo su balcón, se presentaba intacta en toda su altura, las bellas rejas salientes de las altas ventanas del piso bajo, la barandilla del balcón voladizo, los escudos «estos son los escudos de los Gómez de Castilruiz» te acordaste de la leyenda, el arcángel, pero una u otra seña, un hueco ¿huella de un proyectil? unas pajas saliendo por una rendija de una ventana de arriba o asomando entre las tejas, algo que ponía en duda la firmeza de la fachada altanera. Tu sobrino Ignacio que estaba en el secreto trajo a una mujer de andadura ruidosa que se acompañaba haciendo sonar un manojo de llaves, esta mujer tardó mucho en dar con la llave del postigo. Levantaste el pie todo lo que es necesario levantarlo y te dispusiste a bajarlo todo lo que es también preciso bajarlo para pasar por el postigo de la puerta principal y no tuviste que bajarlo tanto, tu pie tropezó a poco de empezar el descenso, se detuvo y quedó mal asegurado para subir el otro pie y hacerlo a su vez bajar hasta donde se pudiera, no hubo más remedio que hacerlo y te encontraste en pie mal sostenido del otro lado de la fachada sin ver nada en plena claridad porque así era no había nada. Dónde está el ancho zaguán de grandes baldosas blancas o azules recorrido de puerta a puerta por una alfombra de piedra para los caballos? Dónde la ancha chimenea de sillones fraileros y la enorme campana negra a la que daba una ventana de la cámara del piso alto donde se ahumaban los jamones? Dónde la sala larga y con bóvedas atrevidamente rebajadas, los retratos y los santos, los espejos? Dónde el pequeño gabinete y su armario de papeles, la colección con una preciosa encuadernación francesa de la Comedia Humana? Dónde la escalera que arrancaba del otro lado del zaguán y enfrente de la chimenea? Y la media naranja agujereada en la fotografía? Todos los techos de la casa eran un agujero, no había techos, no había paredes, no había habitaciones, no había más que escombros, hundiste Andrés tu bastón en ellos, medio metro de escombros. En los patios nada más que espigas silvestres. Tú conociste la casa entera y verdadera, habitada en sus funciones de casa de labor con mulas muleros operadores mozas yugos arados carros un viejo landó de campo caballos sillas de montar de cornetas para las amazonas y de tijeras para las señoras que iban en mula corral de gallinas y pavos perros de todos los tamaños cerdos en la cerquilla o algún rebaño de paso ovejas pastores cuernos de aceite borricos el jardincillo florido y enmurado, su tejadillo en un rincón y debajo una butaca para la señora que hacía calceta con sus sirvientas sentadas en el suelo. Cuando salisteis la llavera luego de cerrar con dos vueltas de la gruesa llave el postigo como si hubiera que dejar algo encerrado y lo hubiese hecho contaba tranquilamente: A ve, los ricos se fueron a Córdoba, los pobres tampoco se quedaron, los hombres se fueron soldados, las mujeres con los viejos y los chicos se fueron a los quintos, en el pueblo entraban los de un bando y echaban a los del otro, unos a otros muchas veces y cada vez los que vivían en la Casa Grande se llevaban muchas cosas, señó, a ve después de la guerra la gente volvió a sus casas y las encontró también destrozás y al que le hacía falta lo mismo si era una puerta o una viga o una piedra, pues no tenía mas que ir a la Casa Grande y llevársela, y señó que han pasado muchos años. Ahora estamos aquí más solos que en el quinto cuando la guerra, no estamos mas que unos pocos viejos viejas y chicos. Los hombres y además las mujeres se han ío. Ay qué pena señó. Convengamos Andrés en que no has podido decirte todavía qué te pasó por los nervios y los músculos en aquel paraje. Habías estado en todas las guerras de tu tiempo ¡si habías visto ruinas y no muertas y embalsamadas como las antiguas sino de ahora, vibrantes, vivas! Casas con las tripas al aire, sólidos edificios partidos de un tajo, y espectáculos: un par de zapatos con pies sin cuerpos parados ante una tienda la luna del escaparate salpicada de relieves sanguinolentos y la chaqueta en lo alto de un árbol de la calle, y paisajes: las carreteras al frente con los pueblos y los bosques a medida que se avanzaba más aplastados, aquel bosque cerca de Verdún, el bosque de los cuervos sembrado de soldados alemanes muertos con sus fusiles, sus cascos, sus capotes y sobre todo sus botas entre los árboles que levantaban los muñones de sus ramas las botas de los muertos tan fijas, si los muertos andaran no meterían ruido. Los efectos sensibles de las grandes guerras no son teatrales, ópera con música de ruidos. Ante la fachada nada más que fachada elevada del postigo al arcángel era otra cosa, te lo dijiste Andrés te lo repites, una cosa sencilla bien que sobrepasaba los tejados de las otras casas todas cerradas y vacías en la calle solitaria cual las demás calles del pueblo abandonado hasta por alguna morada, por la misma casa de la fachada mayor porque en efecto, éste era aquí el efecto, a la fachada de la Casa Grande le había abandonado su casa en la extensión del campo raso bajo la altura del cielo raso el silencio sin hombres, sin muertos, sin animales ni árboles ni plantas la vida sin naturaleza el aire sin olores ni ecos, el universo callado.

 

 

Tus sobrinos Augusto e Ignacio pueden suponer que a falta de vivos se fueron a comprobar si en verdad no quedaba ningún muerto, alguno podía haber que no se lo hubiese comido aún enteramente la tierra y además todos vivirían en las inscripciones de las lápidas o de las cruces suponiendo que estas no habrían desaparecido o se habrían oscurecido. Tú cuando volviste en ti sin saber adonde habías estado o qué había pasado por tu cabeza y todo tu cuerpo los seguiste. El cementerio había sido digno de un pueblo con castillo. Estaba cerrado por cuatro muros y tenía una fuerte cancela de hierro. Dentro de él abría en los muros agujeros blancos el mármol que tapaba los nichos. En la tierra «una fanega de tierra» medida por el sepulturero las losas de las sepulturas formaban rectángulos como si se hubieran caído todas a un tiempo sin deshacer la formación. Los labriegos andaban muy despacio por los senderos para no pisar qué. En los cementerios sin sepulcros con figuras ni panteones arquitectónicos alienta mas que en los ostentosos el mito amedrentador de la muerte inventado por la literatura. Los escasos panteones de este cementerio se hallaban como perdidos entre las sepulturas menos el de la Casa Grande, situado en un rincón y separado por una verja pequeña. La tarde que fuiste allí siguiendo a tus sobrinos el cementerio era otro. La vegetación silvestre lo había invadido como a los patios de la Casa Grande. Las lápidas de los muros no abrían agujeros blancos. El sepulturero se había marchado como los demás vecinos. Los que aún quedaban no eran bastantes para que pudiera vivir con sus muertes un sepulturero. Continuaban en el cementerio sobresaliendo de la invasión los pocos y tristes cipreses que siempre tuvieron no tanto su tristeza convencional de cipreses como el carácter ahora más señalado de signos. Entre las lápidas y las losas de vuestros antepasados, Andrés, tus sobrinos habían descubierto la de un muchacho a quien no pudisteis identificar ni tus sobrinos ni tú que tenías noticias de los antepasados más antiguos, cabe la sospecha de que fuera bastardo y te digo esta palabra cual se decía ahuecando la voz antes de que se dijera con voz de notario, depositario de la ley y la herencia, hijo ilegítimo, la bastardía daba lustre a las familias nobles, las igualaba a las familias reales. Al alejarte de las sepulturas de tus mayores tenías que tropezar, Andrés, con una losa sumergida en la vegetación silvestre. Descubriste la losa era de granito estaba partida y en el relámpago de tu pensamiento viste tu inhibición de medio siglo involuntaria solo rota por la pregunta hecha y enseguida olvidada que te hacías a ti mismo cada vez que cambiabas de país: ¿la encontré aquí? Esta vez no te lo habías preguntado, era el país de vuestro encuentro, el único en el que no podías imaginarte que las ibas a encontrar de nuevo. Pues aquí has vuelto a entrevistarte con la botella de vino alazán.

A de Angela………………………. Doña Ángela Dupont

                                                            viuda de Morillo

                                                                     R  I  P

                                                                      1930

                                                              Sus hijos, primos, sobrinos y demás. No leíste la otra parte de la losa.

  • Quién es esta Doña Angela Dupont, viuda de Morillo? – le preguntaste a una vieja que te había seguido. Ahora te azuzaba saber el nombre. Hubieras podido averiguarlo fácilmente en Madrid cuando la dejaste en el pueblo. Qué te lo impidió?
  • A ve, señó, yo soy del pueblo pero de familia de pastores, me he criado en los quintos…
  • Te llamas Micaela? Has vivido en el chozo de la Casa del Hato.
  • Me llamo Petronila y mis padres tenían el chozo de Atoquedos que era también de la Casa Grande, el pueblo al que yo bajaba se llama Cabeza del Buey, he venido aquí con la gente que huyó de Atoquedos, mi marío y mis hermanos se fueron a la guerra y no he sabío na de ellos.
  • A uno que se llamaba Duón o una cosa así lo he conocido yo- tuvo que decir otra vieja que andaba por el cementerio.
  • Era un ingeniero francés de Peñarroya?
  • El ingeniero de Peñarroya que usted dice era un ruso con un nombre que nadie podía decir. Se le decía Ruso. Este Duón que yo digo era nieto o más que nieto de un capataz francés que vino cuando hicieron el ferrocarril del Zújar y se casó aquí. Este nieto que yo conocí era el mejor melonero del pueblo, venía de fuera a comprar sus sandías. Se ponía muy orgulloso contando que las calabazas de Francia eran mayores que las de España.
  • Y a la señorita Barbarroja no la conoció usted?
  • De qué me habla, señó?

No faltó la aparición de una tercera vieja que intervino:

  • Habla el señó, me parece, de la hija de la Roya. Vivía en Madrid, volvieron al pueblocuando se murió Don Gabriel Cárdenas que no podía ver a la madre, eran hermanos, los últimos Cárdenas que ha habío, el rico había sido él, terminó arruinado. Lo poco de herencia que dejó se lo comieron los abogados, hubo muchos pleitos. Don Gabriel no se casó nunca ni reconocía a sus hijos que tuvo muchos en el pueblo y aunque no llevaban su nombre los trataba como hijos delante de cualquiera.
  • Se casó la hija de la Roya?
  • No le pueo decí a usted, señó, ni si se quearon en el pueblo. Yo por aquel entonces me fui a serví a Córdoba donde estuve cinco años.

Te negabas Andrés a darte por vencido:

  • Ninguna de ustedes sabe nada de este Morillo que estuvo casado con Doña Ángela ni de sus hijos o nietos?
  • Morillos, señó – volvió a hablar la segunda vieja-  no han faltao en este lugar pero no quea ninguno aquí.

En la plaza del pueblo hablaste con las demás pocas viejas y todos los pocos viejos que aún quedaban. Les hiciste las mismas preguntas. Insistías en vano, Andrés. Habían abandonado el pueblo hasta las huellas.

Lima y diciembre de 1970.

 

El reencuentro con la Casa Grande lo recogerá Corpus perfectamente en el cuarto tomo de Los Pasos Contados, Los Galgos Verdugos, en aquel añadido fechado en Lima. Pisar los escombros y contemplar el esqueleto desnudo de arcos y paredes semiderruidas (una casa con las tripas al aire, que diría Corpus) de lo que durante más de un siglo fue una de las casas solariegas de mayor esplendor en la localidad, debió de hundirlo en la más absoluta tristeza, mientras sus sobrinos vigilan que tenga cuidado por dónde pisa. La vuelta a Madrid, a la casa familiar donde vive su hermana Eulalia, se hizo en el más absoluto silencio (la cabeza estaba ya en otra parte, la mirada hundida en el paisaje). Corpus se quedó más tiempo en España y debió de volver a Perú en los últimos meses de 1970, quizá en septiembre u octubre, pues una vez llega a Lima redacta rápidamente esas últimas páginas en el tomo de Los Pasos Contados, fechándolas en Lima en diciembre de 1970. No volvería a pisar suelo español. Su mujer, Marcelle Trannoy, fallece en Lima en 1972[15]. A él la muerte le esperaba en la capital de Perú el 8 de agosto de 1975, a los 88 años, debido a una neumonía.

 

Corpus Barga en Lima. Archivo Beatriz Suárez

 

[1] Ninoche (1916-1992) estaba casada desde 1943 con el guionista y técnico de cine Robert Aisner (19081961); Andrés García de la Barga Trannoy no sabemos si ya estaba o no casado con Simone Pean. 

[2] El testamento se redactó, por parte de Corpus en presencia de su amigo, a las diecisiete horas y treinta minutos del miércoles 26 de junio de 1963 en su despacho del segundo piso de la calle Antonio Maura, nº14, de Madrid, tal y como aparece en la primera página de dicho documento, que, dicho sea de paso, es sencillo y de pocas páginas. Desde luego, Corpus Barga sabía codearse con los mejores. Agradecemos a la familia García de la Barga Pean, en Lima, los datos precisos para poder referirnos a él brevemente. 3 Eduardo López-Palop, abogado, notario y escritor, toda una referencia en el ámbito del notariado español, nació en Enguera, Valencia, el 7 de abril de 1890. Cursó estudios de derecho en la Universidad de Madrid, donde se licenció con premio extraordinario. Fue Decano del Colegio notarial de Madrid entre 1931-1945, Director general de Registros y del notariado español entre 1945-1951, y Procurador en Cortes numerosas veces. Murió en Madrid el 4 de enero de 1972, a los 81 años de edad. 

[3] Por tanto, Rafael García de la Barga y Adalid fallece en Madrid el miércoles 2 de julio de 1969.

[4] Fallecida en Madrid el 8 de enero de 1976, a los 94 años (ABC, 09.01.1976, pag.80. ESQUELAS) 6 María de la Esperanza García de la Barga y Gómez de la Serna es la hermana menor de Corpus. Es muy poco lo que sabemos de ella. Nació en Madrid en julio de 1890 y fue la última de 10 hijos de Félix y Eulalia, padres de Corpus Barga (6 llegaron a edad adulta y 4 murieron siendo niños). Fue monja en la Congregación de las Hijas de la Caridad en Madrid y murió, en una fecha aún por determinar, entre 1966 y 1970.

[5] Augusto García de la Barga y Adalid nació en Madrid el 24 de diciembre de 1912. Abogado de profesión, se casó el 12 de marzo de 1949 con Dª. María del Rosario Álvarez Gutiérrez, con la que no tuvo descendencia. Rosario murió en Madrid el 31 de mayo de 1984; Augusto murió en Madrid el 31 de diciembre de 1988, tal y como aparece en sendas esquelas publicadas por el diario ABC.

[6] José Ignacio García de la Barga y Adalid nace en Madrid el 22 de mayo de 1918. Militar de profesión, se casó con Mª del Pilar Palacios Calleya (Madrid, 1931-2020), hija del científico Julio Palacios Martínez (1891-1970), el 4 de junio de 1952 en Madrid; tuvieron 5 hijos, aunque la menor, Elena, murió con 21 años en Madrid el 6 de enero de 1987. José Ignacio murió en Torrelodones, Madrid, el 4 de diciembre de 2008, a los 90 años de edad.  

[7] Tal y como escribe (y confirma) Corpus Barga al final del 4º tomo de Los Pasos Contados, titulado Los galgos verdugos, en el texto añadido que fecha en Lima en diciembre de 1970.

[8] Es curioso que uno de los sobrinos que viaje con Corpus Barga a Belalcázar sea José Ignacio García de la Barga y Adalid, casado desde 1952 con Mª del Pilar Palacios Calleya, hija del eminente científico Julio Palacios Martínez (1891-1970), el cual acababa de morir precisamente unos meses antes en Madrid, concretamente el sábado 21 de febrero de 1970. Quizá esa acumulación de muertes en una familia tan numerosa en estos años fuera también uno de los motivos por los que Corpus viniera a España en 1970.

[9] Joaquín Chamero Serena. COSAS DE LA CASA GRANDE DE CORPUS BARGA. Ed. Ciencia 3, Madrid, 2003, pag.29. Reeditado en julio de 2024, para un acto homenaje a Corpus y Antonio Machado.

[10] Ángel López de Lerma Jurado nace en Granja de Torrehermosa, Badajoz, el 2 de febrero de 1915. Médico de profesión, fue alcalde de Belalcázar entre abril de 1965 y junio de 1974. Murió en Don Benito, Badajoz, el 2 de octubre de 1986. Datos facilitados, vía whatsapp, por su hijo Ángel López de Lerma Nieto. 

[11] Propiedad de Francisco López Núñez (Belalcázar, 7 de abril de 1926-Pozoblanco, 15 de enero de 1990), domiciliado en C/Sevilla, 17. Land Rover CO.61.007 comprado en 1969, modelo de 6 cilindros y 1,3 Tm. Según la lista cobratoria de 1970 del Impuesto sobre circulación de vehículos de tracción mecánica por vía pública, pagaba una cuota anual de 1.600 pesetas. A. H. M. de Belalcázar, Caja H-0059, Carpeta HC59.2. RECAUDACIÓN MUNICIPAL.1970. Nº 72 del listado. 

[12] Archivo Municipal de Belalcázar. Caja H-0123. Libro HC. 123.5. Folio 74. Sesión ordinaria del 10 de agosto de 1969.

[13] Antonio Trucios Fernández nació en Belalcázar el 28 de abril de 1911. Hijo legítimo de Dionisio Trucios Gutierrez-Ravé y M.ª Paz Fernández García, fue Alcalde de Belalcázar del 26 de julio de 1943 al 5 de octubre de 1946. Murió en Belalcázar el 5 de marzo de 1999, a los 88 años de edad.

[14] Andrés Aisner García de la Barga nació en Los Ángeles, California, el 20 de noviembre de 1942, meses antes que el guionista y técnico de cine francés Robert Aisner (1908-1961) y Rafaela García de la Barga Trannoy Ninoche se casaran en Reno (Nevada) el 1 de abril de 1943. Fue el único hijo del matrimonio. Murió en Miami el 15 de mayo de 2021. Como el matrimonio con Robert Aisner no fue bien, Ninoche se volvió a casar con Edmond Gabai, estableciendo su residencia en Lima. Quien estas líneas escribe tuvo la fortuna de hablar numerosas veces por teléfono con Andrés Aisner entre 2018 y 2021, antes de su muerte.

[15] Curiosamente el año en el que nace Claudia Simone García de la Barga, biznieta de Corpus Barga (quien ya ha estado en Belalcázar) que nos ha facilitado estos datos, lo cual agradecemos profundamente.

 

 

 

Sobre el autor

FELICIANO CASILLAS SANCHEZ

Feliciano Casillas Sánchez (Belalcázar, 1978). Historiador y cronista oficial de Belalcázar. Es autor del libro "El asesinato del alcalde de Belalcázar (Córdoba). Conflictos político-sociales en el mundo rural durante el Primer Bienio republicano (1931-1933)"

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