«Un paraíso de escombros» de Gustavo Martin Garzo. Galaxia Gütemberg, 2026
Tatiana Blass, “Penélope” (2011), telar de alfombras, hilo de lana, chenilla en la Capilla de Morumbi. Fotografías de Everton Ballardin
Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1949) ha escrito la que por hoy sea su novela más próxima a aquello que Adorno denominó el segundo estilo: en ella el modo de percibir, y de escribir, dominante en el autor comienza a difuminarse en aras de una clara inmersión en la objetividad, certero como una flecha y donde se aprecia ya el paso a otras cotas de la escritura. Este libro trata de héroes y dioses que nos vienen de la Antigüedad pero en claro contraste con su épica, aquí no se trata de ella: Es más, se la niega y surge, entonces, la narrativa del amor donde son las mujeres las que se expresan porque de ellas es el misterio del eros y sus consecuencias. El libro tiende a entender y desplegar lo de la extensa cita de W. H. Auden que corona el volumen: “Más ¿ cómo hablar de los enamorados sin faltar a la verdad? El amor no tiene ninguna hazaña que le sea propia”
Catorce historias concernientes al amor y la naturaleza, al reino de lo primordial donde la sofisticación de las estrategias y las guerras se dan en el lecho, con menos ruido y casi las mismas consecuencias. Catorce historias concernientes a Atalanta, Nausicaa, las sirenas, Penélope, Briseida, Europa, Acteón, aquí la mujer no es protagonista al serlo Hades, el señor de los muertos, Leda, Eco, Teófanes, el caso de la mujer oveja, Medea, Pasifae, Helena y, culminándolo todo, Orfeo, aunque aquí las enseñanzas vengan de Eurícide.

De “Mi madre era una osa: Atalanta” podemos leer: “ Me dijo que el pneuma era nuestra respiración. El aliento divino que informaba y ordenaba el universo”, “Yo me había criado con una osa y Zoé era frágil como un pajarillo. Los hombres no querían oír en su lechos los gritos de una rival, sino los gemidos de una niña”… a partir de aquí, la muerte de Zoé lleva a Atalanta a ser asesina de hombres y desear de nuevo convertirse en animal hasta que conoce a Hipómenes y se casa con él engañada por Artemisa, que había vaticinado su conversión en animal una vez se casara. Finalmente, sucedió al revés, la separó aún más de los animales pero la hizo comprender el hilo secreto que unía estos a los humanos.
De este jaez transcurren todas estas historias, la de Nausicaa y las sirenas, por ejemplo, que conciernen a Odiseo, que parece estar presente en los primeros relatos, donde Martín Garzo se deja llevar por la seducción del protagonista de la que acaso sea la primera novela de nuestra tradición, aunque forjada en el canto épico. En él todo son dudas, literatura e ingenio y sus decires subyugan durante siglos… hasta que llegamos a “La tejedora de la caverna: Penélope” donde el autor, en un alarde de enorme alcance, teje el punto de vista de la mujer de Odiseo, aquella que en Homero es modelo de esposa, paciente y leal y que aquí se nos presenta en cierta manera como la inventora del mismo Odiseo y todo gracias a las estrategias del amor: se nos habla aquí de que fue Penélope la que invento la historia del caballo que luego su marido se apropió para destruir Troya, o la del nombre Nadie con la que Odiseo engañó a Polifemo y que Penélope inventó para despistar la vigilancia paterna.

Pero lo más interesante de este relato radica en lo que ocurre una vez que Odiseo se queda en Ítaca… aquí el autor consigue una interpretación radical y original del mundo de la ficción y del carácter de lo heroico. Odiseo se aburre porque fuera lo ha visto todo, todo lo que valía la pena experimentar y se dedica a dormir, que es actividad cercana a la muerte. Y aquí viene el golpe maestro de la tejedora: traslada a Odiseo a la playa donde le habían dejado los feacios en Itaca y construye un barco para que Odiseo, al despertar, pensase que se encontraba aún en busca del regreso a la patria.
Penélope se desembaraza de un Odiseo que no reconoce y de paso Martín Garzo enlaza con la tradición que recoge Dante de un viaje que va más allá de las columnas de Hércules. Relato felicísimo que enlaza con la historia de Briseida, otra estratega del amor, en este caso con Agamenón y Aquiles, del que destaca su naturaleza cambiante, su afición por ir vestido de mujer, que le había enseñado su madre y su poca afición a la conversación: “Los héroes no suelen hablar…temen que los aleje de lo real. Al contrario que los amantes, que viven de esos engaños y esas ilusiones, y a los que no les importa que lo que viven sea sólo un sueño”… A destacar la historia de la pelea entre Aquiles y Pentesilea, fascinada por lo que vio en el escudo del héroe siempre airado y que prendió a Goethe…

Detalle de un sarcófago romano del siglo III d. C. que muestra a la amazona Pentesilea y al héroe griego Aquiles en combate. Aquiles se enamoró de la amazona en el preciso instante en que la mató con su lanza. (Museos Vaticanos, Roma).
Y así seguimos con una Europa enamorada de un toro y otras leyendas como la de Eco… o Pasifae… o Helena, hasta culminar en la leyenda de Orfeo, rescatador de Eurídice en el Hades y el significado de lo que había tocado en su lira en honor de ella. Se barajan diversas interpretaciones pero Martín Garzo concluye: “ Yo afirmo que la música más hermosa nace de lo que hemos perdido”. Pues eso.

Gustavo Martin Garzo
