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Xavier Cugat, el músico que inventó el glamour latino con un chihuahua en un brazo

Xavier Cugat, el músico que inventó el glamour latino con un chihuahua en un brazo

Xavier Cugat, su chihuahua y Carmen Miranda

 

Antes de que los DJ rociaran con champán a la primera fila en Ibiza y que las estrellas del reguetón viajaran con séquitos vestidos a juego de seda y diamantes o que la música latina se convirtiera en una industria global, estaba Xavier Cugat. Él mismo lo cuenta en «Yo, Cugat. Autobiografía del rey de la rumba» (Fórcola, 2026).  Cugat no se limitó a tocar música. Creó una atmósfera particular y vivió la mayor parte de su vida vestido con un esmoquin impecable mientras con una mano dirigía la orquesta y, a menudo, sujetaba en la otra a un chihuahua.

Entender a Cugat es comprender uno de los grandes inventores del glamour latino. No trató de copiar el auténtico folclore ni de hacer un estudio etnográfico. Quería hacer soñar a la gente con un falso viaje tropical, sofisticado y empaquetado para salones de baile, hoteles de lujo y cines desde La Habana hasta Las Vegas pasando por Nueva York y Los Ángeles. Hay que reconocerlo. Mucho antes de que lo «latino» se convirtiese en un negocio, Cugat ya había diseñado el modelo.

Nacido en Girona en 1900, la familia emigró a Cuba cuando él tenía cinco años y a los quince se marcharon a Nueva York. Estudió violín clásico, llegó a ser solista, pero a los 17 años dejó la música clásica y se fue a Los Ángeles, con su hermano Francis, en busca de fortuna. Trabajó una temporada como caricaturista, se apropió de los ritmos latinos y fundó su primera orquestra «Cugat y sus Gigolós», todo un anuncio de lo que llegaría luego, y empezó a actuar entre Los Ángeles, Nueva York y La Habana.

 

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Antes de Fidel Castro, La Habana era una de las grandes capitales de la vida nocturna del mundo. Los millonarios estadounidenses volaban hasta allí para pasar fines de semana de ron, juego, baile y orquestas. La mafia controlaba la diversión y el resultado era una ciudad glamorosa, desigual, seductora y decadente. El músico hizo de La Habana una fantasía que exportó a Nueva York y Las Vegas. Una Cuba idealizada hecha con palmeras de plástico, percusión, esmoquines blancos, cigarrillos resplandecientes en la noche tropical y mujeres con guantes de seda que bailaban bajo las luces de los clubes nocturnos.

El contrapunto era Las Vegas, el templo del espejismo del lujo, que también dominó Cugat. Su música resultaba ideal para los martinis en copas de cristal y las mujeres vestidas de satén. El triunfo iba asociado al brillo, ya fuese un anillo de diamantes falsos o las luces acristaladas del local.

Cugat comprendió que el público de estas ciudades no buscaba autenticidad. Quería acceder a un mundo sensual pero refinado, exótico pero sin salir de la zona de confort, tropical pero perfectamente coreografiado. En el Waldorf Astoria de Nueva York, donde dirigió la orquesta durante años, pulió los ritmos afrocubanos hasta que brillaban como cocteleras detrás de la barra y convirtió la conga y el mambo en marca de la alta sociedad.

 

 

Cugat fue puro teatro. Empezando por la mascota. El chihuahua se convirtió en un accesorio característico décadas antes de que las estrellas del pop entendieran el concepto de marca. Mientras dirigía, Cugat acunaba a la diminuta criatura en sus brazos como si fuera un bolso de Prada absurdamente caro. Entonces la imagen era ridícula, inolvidable. En cambio,  hoy se entiende a las mil maravillas. El músico catalán sabía que la imagen viaja con la misma fuerza que el sonido. Algo elemental. Ahora tenemos las gafas de sol de Bad Bunny, las uñas de Rosalía, las estrellas del reguetón ataviadas con logotipos de lujo y encadenados de oro… todo tiene su origen del mismo espectáculo que Cugat dominaba. Sus orquestas eran disciplinadas y exuberantes, pero estéticamente vendía la música latina como un estilo de vida. Sexualidad, espectáculo, moda, nocturnidad, amores y exceso controlado. Sabía que el público quería fantasía con ritmo. El chihuahua añadía el guiño irónico perfecto. Era una forma de decir a la gente que la vida no hay que tomárselas demasiado en serio.

A todo este espectáculo se sumaban los matrimonios y romances que formaban parte de su leyenda pública. La más famosa de sus innumerables mujeres fue Abbe Lane, la deslumbrante cantante rubia cuya imagen junto a Cugat en la década de los cincuenta mezclaba el viejo Hollywood con la vida nocturna de La Habana. Juntos encarnaban la aristocracia internacional del cabaret. Ostras, diamantes, champán, lentejuelas y fiestas eternas.

Abrazó el barroco ornamental sin complejos. Cugat tenía un ojo excepcional para encuadrar el carisma femenino. Sus espectáculos contaban con mujeres de vestidos espectaculares, coreografías precisas y una iluminación favorecedora. Trataba el entretenimiento como una composición total. También él se vestía con la precisión de un hombre que sabe que el espectáculo comienza en el sastre. Su esmoquin era de hombros marcados, solapas de satén y pañuelos de bolsillo perfectos. Incluso en los momentos de relax, prefería exhibir la elegancia tropical de chaquetas cruzadas y corbatas de seda, a la informalidad. La moda masculina contemporánea, desde la sastrería de club nocturno hasta el maximalismo del pop latino, tiene su origen en su filosofía de convertir a la ropa en parte del decorado.

 

Xavier Cugat y su orquesta

 

Se puede criticar su música por demasiado comercial, pero Cugat fue el vanguardista que publicitó los ritmos latinos a millones de personas en Estados Unidos. Desbrozó el camino para Tito Puente, Gloria Estefan y el reguetón global de hoy en día. Normalizó la cultura latina dominando los espacios de lujo y anticipó la celebridad moderna hecha con una imagen construida, amores de telenovela, música para bailar, moda y ambición de sorprender.

Leyendo su autobiografía que tiene un prefacio de Frank Sinatra, un buen prólogo de David Felipe Arranz y excelentes epílogos de Diego Mas Trelles, Ignacio Peyró y Jordi Puntí con edición y notas de Javier Jiménez, el mundo de Cugat resulta conmovedor. Los grandes clubs, los salones de baile de los hoteles, el humo de los cigarrillos bajo las lámparas de araña… han desaparecido. La cultura contemporánea es más rápida y ruidosa, pero el escapismo exquisitamente coreografiado, los ritmos tropicales sin penas, el glamour sin límites, la elegancia del peluquín y el toque justo del chihuahua… permanecen reseteados.

Xavier Gugat regresó a España en los años de la Transición democrática y aparcó su Rolls dorado con matrícula del estado de Nevada en las puertas giratorias del hotel Ritz de Barcelona, ciudad donde falleció a los noventa años. Escribió su autobiografía que ahora se puede disfrutar en esta nueva edición de Fórcola y lo hizo sin dejar de parecer siempre el embajador plenipotenciario de un país dedicado a la vida de noche.

 

Xavier Cugat

 

 

 

Sobre el autor

LUIS DE LEÓN BARGA

Coordina "Libros, nocturnidad y alevosía" y ha publicado las novelas "Nuestra amiga común" (Amargord, 2010), "Los durmientes" (Fórcola, 2016) y el ensayo "Narcisistas Contemporáneos. Groupies, playboys y nocturnidades" (Fórcola, 2021)

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