Salvatierra, de Pedro Mairal. Libros del Asteroide
Me obsesionan las obras que son el recorrido de una vida. Me gustan los escritores que escriben cuarenta libros, los directores que filman cincuenta películas, los músicos que graban un disco cada dos años. O las obras mastodónticas que inventan sus propios lenguajes, mapas, símbolos, abarrotadas de referencias, extendiéndose y doblándose sobre sí mismas en la búsqueda de sentido: el maximalismo de Pynchon, la filología aplicada a la novela de Tolkien, la experimentación radical del Ulises de Joyce, las notas al pie de La broma infinita de David Foster Wallace. Hay algo enfermizo en ese recorrido paralelo a la vida: son dos trenes de innumerables vagones, pero uno de ellos es un tren fantasma, o un tren de fantasía.
En 2019 comencé a ser pasajero frecuente de ese otro tren. Hice del ocio productivo una forma de vida, unifiqué los criterios que dividen vida y arte y escribí un poema a diario durante 365 jornadas en donde alambré las ventanas y clausuré las puertas para evitar desconcentraciones y tentaciones. En la presentación de los doce poemarios que publiqué ese año, Daniel Casas Salicone hizo comparaciones generosas que elevaron mi escritura. Recurrió al concepto filosófico de la praxis vital de Peter Bürger que busca integrar el arte y el pensamiento teórico directamente en la vida cotidiana y a “La muralla y los libros” de Borges y su sorpresa por la magnitud de la obra de Shih Huang Ti: la Gran Muralla China y la quema de todos los libros del imperio. Se refirió a obrar a una escala irrazonable, febril. Con aquello me emparejó. La obra extraordinaria: metódica e insaciable, en intempestivos períodos, disparatada y sórdida, consumiendo, haciendo sin descanso hasta el amanecer, lujuriosa por la vida.

El asunto con los trenes: con el tiempo —y quizás con la lectura de Salvatierra— esa imagen de los dos trenes empezó a resultarme insuficiente, casi ingenua. Que haya dos recorridos, coexistiendo, no es del todo inquietante, es más bien frecuente y ordinario. Un tren es la vida; el otro, alguna otra cosa; un pasatiempo, un trabajo, la familia. Pero la posibilidad de que uno termine devorando al otro, eso sí ya es espantoso. Así Shih Huang Ti, así los músicos que me gustan, los escritores que se encierran por cuarenta años, así Salvatierra (“Había algo sobrehumano en la obra de Salvatierra, era demasiado”): la obra ya no acompaña la vida, sino que la absorbe, la succiona hasta reducirla a una superficie continua, sin sobresaltos, aplastada, sin ese mínimo desorden que llamamos experiencia pero que escapa —quizás sea el objeto de la locura— y vence la presión de la insoportable realidad.
En Salvatierra, el artista que imagina Mairal, pinta durante décadas una única obra, sin interrupciones, despojada de cualquier síntesis, donde la vida y sus metáforas colapsan sobre una tela infinita (“Son casi cuatro kilómetros de imágenes […]. Pintó [el cuadro] a lo largo de sesenta años”) y al que Mairal propone no solo como una extravagancia narrativa que empuja hacia adelante una historia, sino como una hipótesis extrema sobre el arte y aquella praxis vital: ¿qué pasa cuando vivir se vuelve una equivalencia de registrar y cuando registrar compulsivamente implica la renuncia a cualquier cosa que no sea la interpretación artística? ¿Esa fidelidad al arte es una forma de daño autoinflingido? A su vez, si todo merece ser pintado, ¿qué es lo que se destaca?, ¿al menos algo destaca?, ¿o nada lo hace?

Pedro Mairal
En Salvatierra existe esa nivelación entre lo relevante y lo superfluo, porque Salvatierra, el artista, no elige, sino que toda su vida atraviesa la tela: las personas que conoció, los momentos, las mujeres, su familia, los caballos, el río (“el cuadro va pasando como un río”: el cuadro mismo es un único río, que fluye a pesar de un criterio, pese a los márgenes, más allá de una conciencia creadora), lo que vieron sus ojos, lo que imaginó, lo que quiso y lo que pudo con los recursos y la escasez de su ingenio. ¿Y cuáles son los peligros y cuáles las ganancias? Las primeras nociones incluyen las sospechas de que toda obra que aspira a confundirse con la vida termina por negarla en algún punto, volverla irreal o ininteligible. Salvatierra fija la vida y la convierte en un objeto. También convierte al tiempo en un elemento que solo puede trascender en la totalidad cerrada de la obra (“Esa tela que me parecía un caudal infinito”) pero no sobrevive fuera de ella porque fuera de ella no hay contemplación del pasado, del presente o del futuro.
Mi admiración por las trayectorias extensas, es a su modo, una fascinación por la acumulación y en menor medida, por la disciplina. El parecer del hijo del artista al decir que “Creía que debía hacerlo todo al modo gigantesco de [su] padre, o no hacer nada”, interpela, porque esa inquietud interna que obliga al sujeto al experimento consigo mismo, es algo monstruosa, una deformidad, que obedece a una abstracción casi nerd, pero a la vez mitológica, que remite a los doce trabajos hercúleos o a los días creativos del Génesis.
Sin embargo, es probable que aquellas jornadas interminables de creación, se vuelvan, con el tiempo, en otra forma de inquietud, aunque ciertamente más compleja. En esa continuidad que flirtea con la perfección, con lo que no puede ser interrumpido, en esa voluntad de no dejar nada afuera, se insinúa el deseo oscuro de no haber vivido en vano, de haber realizado la traducción completa de uno mismo. Pero algo siempre queda afuera. Y ese es tan solo uno de los costos, quizás el más afable de todos. El otro es la obra devorándolo todo. Es Marcel Proust encerrado entre techos y paredes de corcho durmiendo de día y escribiendo exclusivamente de noche; es el frenesí de más de 800 pinturas en una década, la pobreza y la automutilación de Van Gogh; es la obsesión por la técnica de Camille Claudel, la destrucción de su obra y sus treinta años en un hospital psiquiátrico. ¿Será posible que la vida, incluso sometida a la paciencia infinita del arte, se niegue a ser del todo dicha?

Imagen de la exposición «El mundo según Van Gogh» en Barcelona, en 2021
