Daidō Moriyama. La fotografía es una experiencia corporal












Desde hace más de medio siglo, el fotógrafo japonés Daidō Moriyama ha trabajado como si cada disparo fuera una pregunta incómoda dirigida al propio medio fotográfico. ¿Qué ocurre cuando la imagen deja de buscar la belleza? ¿Qué sucede cuando la nitidez ya no importa? ¿Qué queda de la realidad cuando la fotografía se acerca peligrosamente a su propia destrucción?. La actualidad de su obra se confirma con la publicación de Cartas de amor a la fotografía, un volumen que reúne imágenes y textos donde el propio Moriyama reflexiona sobre su obsesión vital. Porque la fotografía, para él, nunca fue una profesión en sentido estricto. Nunca se vio como un técnico ni como un productor de imágenes impecables. Se definió siempre como un aficionado, un fotógrafo de lo “ultrapersonal”, alguien para quien vida y fotografía son exactamente la misma cosa.
Quizá por eso su trabajo conserva una intensidad poco común. Cada fotografía parece surgir de una necesidad física, de una urgencia interior. Moriyama no fotografía el mundo para explicarlo. Lo fotografía para sobrevivir a él.
Nacido en 1938 cerca de Osaka, Moriyama creció en un Japón devastado por la guerra y transformado vertiginosamente por la modernización y la influencia estadounidense. Mientras el país se reconstruía, Tokio se convertía en una gigantesca maquinaria urbana de neones, publicidad, consumo, bases militares, prostitución, ocio nocturno y una nueva cultura visual saturada de estímulos.
A diferencia de otros fotógrafos interesados en la ciudad como escenario, Moriyama la convirtió en protagonista. Tokio aparece en su obra como un organismo vivo, contradictorio y febril. No hay monumentos ni postales. Hay callejones, escaparates, sombras, carteles, piernas anónimas, perros vagabundos, reflejos y fragmentos de cuerpos. Hay ruido visual.
Su imagen más célebre, «Perro callejero» (1971), resume perfectamente esa actitud. El perro negro que mira desafiante a la cámara terminó convirtiéndose en un autorretrato simbólico. Moriyama se reconocía en un animal errante, guiado por el instinto, sin rumbo fijo, atento únicamente a aquello que despierta su curiosidad. Su método de trabajo sigue esa misma lógica. Caminar. Perderse. Girar una esquina. Dejar que la ciudad golpee los sentidos. Fotografiar antes de pensar.
La fotografía japonesa vivió en los años sesenta uno de los momentos más radicales de su historia. En 1968 Moriyama se incorporó al colectivo Provoke, junto a Takuma Nakahira y otros autores que consideraban agotado el lenguaje fotográfico tradicional. Su lema se convirtió en una declaración estética y política: are, bure, boke. Grano. Movimiento. Desenfoque.
Todo aquello que durante décadas había sido considerado un defecto técnico pasó a convertirse en lenguaje expresivo. Las fotografías de Moriyama aparecieron entonces abrasadas por el contraste, invadidas por el grano y atravesadas por encuadres violentos. La imagen ya no pretendía ofrecer una descripción objetiva del mundo. Buscaba transmitir sensación, incertidumbre, deseo y conflicto. No era una cuestión formal. Era una rebelión contra la ilusión de neutralidad.
Moriyama comprendió antes que muchos que la realidad moderna ya no podía representarse mediante imágenes limpias y ordenadas. La experiencia urbana era fragmentaria, acelerada y caótica. La fotografía debía asumir esa misma condición. Esa búsqueda alcanzó su punto más extremo en 1972 con Farewell Photography, uno de los libros más radicales de la historia del medio.
Las imágenes parecen heridas. Los negativos están rayados. Los desenfoques son casi absolutos. Algunas fotografías rozan la ilegibilidad. Es una obra que desafía incluso la definición misma de fotografía.
Moriyama explicó en varias ocasiones que quería “llevar la fotografía al límite” e incluso “ir al otro lado de la imagen”. La frase resulta reveladora. No buscaba únicamente nuevas formas visuales. Buscaba aquello que existe detrás de la representación. Algo que la imagen promete constantemente pero que nunca termina de entregar.
Esa obsesión tiene también una dimensión íntima y casi metafísica. En sus escritos aparece la figura de su hermano gemelo, fallecido cuando ambos tenían apenas dos años. Moriyama llegó a definirse como la copia de ese otro ausente. Pero toda copia perfecta es imposible. Como señaló Kierkegaard en La repetición, la realidad nunca se reproduce exactamente. Quizá por eso el fotógrafo continúa disparando una y otra vez: cada fotografía sería un intento imposible de recuperar lo perdido.
Puede haber cámaras más rápidas, sensores más precisos o sistemas de inteligencia artificial capaces de generar imágenes perfectas. Pero la subjetividad sigue siendo irreemplazable. La mirada continúa siendo un acontecimiento humano. Moriyama lo entendió desde el principio. Nunca fue un fetichista del equipo. Prefirió cámaras pequeñas, rápidas y discretas. Lo importante no era la perfección óptica, sino la intensidad de la experiencia. Por eso sigue siendo una referencia para generaciones enteras de fotógrafos. Su legado no consiste únicamente en una estética reconocible. Consiste en una actitud.















