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La sinfonia de los mil y el nudo de Manoteras de Madrid

La sinfonia de los mil y el nudo de Manoteras de Madrid

 

Salí del precioso Auditorio Nacional de Madrid con la cabeza repleta de sonidos y armonías. La Octava Sinfonía de Mahler es una exageración de belleza: tres coros que desplegaban ocho voces, tres contraltos y dos sopranos, además de un tenor, un barítono y un bajo. Y una orquesta de casi doscientos músicos, con trompetas estallando en el momento adecuado y un órgano a pleno pulmón.

 

La llaman «la Sinfonía de los Mil» porque ronda esa cifra el número de participantes que dotan al sonido de una espectacular armonía. Orden dentro del caos.

 

Cogí el coche al caer la noche y, al confundirme de calle, me topé con un hermoso monstruo plateado, imponente, que invadía la arteria central de la capital: el Paseo de la Castellana. Como un alienígena que crece indiscriminadamente sin pedir permiso, ha adquirido la presencia de una catedral, un templo donde se venera la lucha y el combate sometidos a reglas.

 

El estadio Bernabéu va acaparando espacio en la ciudad, con el peligro de que cualquier día pueda engullirnos a todos y nos encontremos, como Jonás en el vientre de la ballena, en el interior del espectacular engendro, dando alaridos y animando a unos guerreros millonarios.

 

 

La calle estaba cortada por obras a causa de la ampliación del estadio. Aquello supuso el comienzo del descontrol. Sobrepasar el Bernabéu implicó adentrarme en caminos desconocidos, subterráneos como agujeros de gusano que me transportaban a espacios y tiempos irreconocibles y que, fatídicamente, me llevaban directamente a caer dentro del Nudo de Manoteras. Un entramado feroz de autovías, vigilado por las Cuatro Torres como guardianas del cumplimiento de una ley mítica: no hay posibilidad de escape del Laberinto.

 

La Octava de Mahler resonaba en mi cabeza, con toda la orquesta en acción y los coros a su máxima potencia proclamando las maravillas del universo y anunciando mi entrada en el laberinto de Manoteras.

 

Ya era noche cerrada y yo estaba desorientada en el asfalto de los caminos que se bifurcan por un lado y por otro, por arriba y por abajo, en una suerte de dédalo de cemento en tres dimensiones.

 

Pues ahí me encontraba yo, buscando la tranquilidad en la maraña, diciéndome que, según aseguran los expertos, por definición un laberinto no tiene salida; la única alternativa consiste en experimentar el viaje por los diferentes caminos que lo recorren.

 

Foto de Juan Carlos Hidalgo /EFE

 

Aún seguían resonando en mi cabeza los coros y la orquesta de Mahler, evidenciando armonía y sentido dentro de una realidad confusa.

 

Con mucha frecuencia aparece la indecisión y la duda sobre qué camino elegir. La contradicción, convertida en brújula produce cierta tensión, y me aferro con fuerza al volante buscando transmitir alguna firmeza a la elección.

 

Por más que fijo la mirada en el horizonte gris, el desconcierto es total cuando estas situada en un enjambre de direcciones y sentidos. La intuición va a capitanear el recorrido y la sensación de aventura se hace imponente bajo los acordes de Mahler invocando fuerzas sobrenaturales transformadoras.

 

Estoy atrapada en el Laberinto de Manoteras y pasaré una y mil veces por los caminos que me llevan a ninguna parte. Estoy en una leyenda urbana circulando dentro de una estructura colosal de desorientación.

 

Imagen aérea del Nudo Norte de Madrid

 

Giro a la izquierda en un bucle de trescientos sesenta grados que me sitúa prácticamente en la casilla de salida, pero esta vez voy a corregir la decisión anterior y entro en una vía que lleva el nombre de Juan de Mena, poeta del siglo XV y autor del Laberinto de Fortuna. Casualidades de la vida. Pues vamos allá, a ver qué nueva —o antigua— ronda se nos presenta ahora.

 

No hay una dirección de orquesta con oído absoluto que guíe la búsqueda de coherencia y de verdad. El orden puede estar escondido en el corazón del caos, y el caos puede ser una vía hacia realidades completas.

 

Convencida de que había atrapado el hilo de Ariadna —en la mitología griega, el hilo que permite a Teseo salir vivo del Laberinto del Minotauro— y guiada por Juan de Mena, fui atravesando su avenida para continuar accediendo a la M-30, segura de que me iba a permitir volver a casa huyendo del confuso Nudo de Manoteras.

 

Ufana, me creí capaz de haber burlado a las Cuatro Torres vigilantes.

 

 

Ingenua de mí, recorría la densa autopista de circunvalación convencida de mi hazaña y de mi triunfo, cual Teseo vencedor del Minotauro.

 

Más adelante sintiéndome dueña de mi destino, caí en la cuenta de que, vista desde un dron, la M-30 conecta con la M-40, con la A-2, con la M-11, con la M-500 y con otras tantas vías más, como una suerte de afluentes que engarzan un gigantesco laberinto que a su vez forma parte de otro y este de otro y otro….

 

Supuse que aquella maraña de carreteras, que en fondo tenían una estructura, no era tan distinta de la Octava de Mahler que aún resonaba en mi memoria. Desde dentro, todo parecía confuso: voces que se superponen, caminos que se cruzan, direcciones contradictorias, frente a las que solo puedes atravesar, disfrutar, percibir y/o padecer, etc., en definitiva, sentir. Como en la vida misma.

 

 

 

Sobre el autor

BELEN NIETOC

Belén NietoC. Quien soy yo. Psicóloga de amplio espectro: psicoanalista, humanista, conductista, neuropsicóloga, con bastantes años de ejercicio en clínica. Siempre acompañada de libros. El arte, la literatura y la ciencia me dejan felizmente asombrada y perpleja. Los vínculos y la comunicación entre las personas nos dan sentido a la vida. Solo vivimos para que nos quieran, hagamos lo que hagamos desde lo mas abstracto hasta hacer croquetas. Promotora de fomentar la creatividad como motor de revitalización, gozo e investigación.

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