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Cuánd presto se va el plazer

Cuánd presto se va el plazer

Todas las fotos del artículo sobre Berlín están tomadas por la autora

 

Queridos lectores de esta inefable columna etílica: hoy voy a proponer un brindis con el mejor Rioja de la bodega, después de pediros disculpas por estas semanas de silencio administrativo no intencionado. Ya sé que con estas temperaturas debería brindar con Verdejo, pero es que a él le gustaba el Rioja. Mi padre murió hace poco más de ocho meses y pensé que para este momento en que nos encontramos ya tendría yo que estar a pleno rendimiento. Me equivoqué. Combatí el agotamiento de los primeros días trabajando a destajo y sin ver prácticamente a nadie. Preparando clases, corrigiendo ejercicios, cumpliendo mi programa con más entusiasmo que antes, tal vez que nunca. Al regresar a casa me refugié en la lectura y en la escritura. Volví a ver Todas las criaturas grandes y pequeñas y leí los libros de la serie que me quedaban por leer: son ocho en total, los diarios del veterinario escocés James Herriot. Le recordé en su cumpleaños, solo diez días después de su fallecimiento. Celebré las navidades como a él le hubiera gustado. Le eché de menos el 19 de marzo. No he recuperado mi vida social, salvo circunstancias muy concretas. Estuve en la Feria del Libro solo una tarde y compré un libro de un autor muerto: no acudí a ninguna firma, ni de escritores admirados, ni de colegas, ni de amigos. Pasé cinco días en Portugal a principio de año porque Portugal me cura de casi todo y me reconcilia con casi todo, y el mes pasado volví a Lisboa. Estuve un fin de semana y comí tres pasteis de nata diarios. He ido a Berlín dos veces, a visitar a mi hijo. La primera, por una cuestión de salud, la segunda por su treinta cumpleaños. La vuelta al sol de mi hijo, aunque me dio otras inmensas alegrías, no logró cerrar el círculo ni restañar la herida: ocho meses justos no habían bastado.

 

 

A pesar de haber visitado Berlín ya en numerosas ocasiones logré tachar algunas tareas pendientes: fui a la fundación Helmut Newton y a Bebelplatz, tomé café en el Bode, volví a surcar el Spree en barco, comí espárragos de Brandemburgo (al parecer, estaban en temporada) en la plaza de Nikolaiviertel; me acerqué a algunas de las estaciones de metro más vistosas, en las que nunca me había detenido, y recorrí de principio a fin la famosa Karl-Marx-Allee. Vi los murales y las flores que se agolpan en recuerdo de los muertos en la sublevación obrera del 17 de junio de 1953. Leí Adiós a Berlín de Christopher Isherwood y lo intenté con la sacrosanta Berlín Alexanderplatz, que aún no he podido terminar. La lectura no fluye. La concentración se me escapa como una polilla díscola. No consigo recuperar el foco.

 

 

Los últimos días que pasó mi padre en el hospital coincidimos con un conocido suyo y hablamos mucho con una de sus hijas, que venía a acompañarle. El señor falleció solo un par de días antes que él (terrible esa sensación de ver cómo sucede a otro lo que sabes que no tardará en sucederte a ti, pero aún no, y te sientes absurdamente a salvo…) Después, en uno de los infinitos viajes a todas las infinitas instituciones que se encargan de que ningún muerto cruce la Estigia sin pasar por caja nos encontramos con ella, y una frase suya se me quedó grabada: “Lo peor es siempre la primera vez: su primer cumpleaños, las primeras navidades…” Tuve la impresión de que cuando todo hubiera pasado al menos una vez yo también podría descansar en paz. He tenido después la impresión de que con el transcurso de los meses el dolor no desaparecía, pero me acostumbraba a él: sentía como se transformaba en un afecto que ya nunca cambiará de forma ni de intensidad, en una melancolía infinita, en un agradecimiento, también, enorme, por haber podido estar con él durante todo este tiempo. Tuve la seguridad de que pasado ese cumpleaños que en 2025 celebramos por todo lo alto se cerraría el círculo, pasaría la página y podría recordarle como quiero, como intento hacer: con alegría, con serenidad, con calma. Con cada copa de Rioja.

 

 

Pero me olvidaba del verano, que hace muchos años no es mi estación preferida. Por mil motivos que no vienen al caso, el verano es difícil. Mucho más difícil que el otoño, con el arranque de curso, más que el otoño pasado, cuando a todo lo demás se añadió el desenlace; más que su cumpleaños; más que las lacrimógenas navidades, su santo, el día del padre; más que la investidura de mi hermana, a la que ya no asistió, a pesar de haber ido a la defensa de tesis, precisamente el verano pasado. Terminado el curso, los claustros, las graduaciones, la entrega de notas, los preparativos para septiembre… Cuando parece que el ritmo se ralentiza, las horas se alargan, las siestas dan para mucha lectura y los paseos para desear más libros, cuando todo eso se instala en nuestras vidas, siento que aún me queda por transitar el recuerdo de las tardes en el jardín de la residencia, entre bromas y cerezas, las escapadas a su heladería preferida, las paellas en El Horizontal, los días más frescos paseando por el Jardín de los Frailes.

 

 

Así que, si me lo permitís, brindo por él con vosotros, con un Rioja virtual y con las lecturas que podéis espigar en esta confesión mía a destiempo. Necesito unas semanas de calma. Nos leemos en septiembre, cuando baje el calor.

Y pues vemos lo presente cómo en un punto se es ido y acabado, si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado […] porque todo ha de pasar por tal manera.

 

Jorge Manrique, Coplas a la muerte de su padre.

 

 

 

 

Sobre el autor

AMELIA PEREZ DE VILLAR

Amelia Pérez de Villar es escritora, novelista y traductora. Traduce habitualmente del inglés y del italiano. Entre otras traducciones y libros, últimamente ha publicado "Dickens enamorado: Un ensayo biográfico" (2012); las novelas "El pulso de la desmesura" (2016), y "Mi vida sin microondas" (2018); y los ensayos "Los enemigos del traductor. Elogio y vituperio del oficio" (2019) y "Domus aurea. Las casa de la vida, la literatura y el cine" (2024).

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