José Manuel Estévez Payeras: «La medicina en combate obliga a aliviar, curar… y acompañar»
La trayectoria de José Manuel Estévez Payeras resulta poco habitual en el panorama historiográfico español. Militar de carrera, nacido en Palma de Mallorca en 1962, desarrolló buena parte de su vida profesional en unidades de élite de la Infantería de Marina, la Guardia Real y distintos organismos de la Defensa española. Participó en misiones internacionales en Bosnia-Herzegovina, fue ayudante de S. M. el Rey, profesor del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional y agregado de Defensa en Sudáfrica. Paralelamente, construyó una sólida carrera como investigador especializado en la División Azul, un campo donde ha destacado por el rigor documental y una aproximación centrada en las experiencias humanas más que en los grandes relatos militares. Acaba de publicar «Medicina en combate: 20 relatos de médicos españoles en la División Azul».
Su nombre comenzó a ser conocido entre los estudiosos de la campaña de Rusia gracias a diversos trabajos sobre la batalla de Krasny Bor y, especialmente, tras coordinar 5 Guripas del 262 (2020). Sin embargo, fue Solo muere el olvidado. El batallón II/262 en la campaña de Rusia 1942-1943 (2021) la obra que consolidó definitivamente su prestigio. Durante siete años rastreó archivos militares, correspondencia privada, diarios personales y expedientes de combatientes para reconstruir la vida cotidiana de un batallón español en el frente ruso a través de decenas de pequeñas historias individuales.
Medicina de combate en la División Azul amplía el foco hacia un colectivo menos conocido que los combatientes de primera línea, pero igualmente imprescindible como fueron los médicos, cirujanos, enfermeras y enfermeros, practicantes y estudiantes de Medicina que desarrollaron su labor en algunas de las condiciones más extremas de la Segunda Guerra Mundial. A través de veinte relatos documentados, Estévez Payeras reconstruye la experiencia de quienes tuvieron que operar bajo bombardeos, improvisar hospitales de campaña y enfrentarse diariamente a heridas, enfermedades, congelaciones y evacuaciones imposibles.

Más allá de su evidente interés para los especialistas en historia militar, Medicina de combate en la División Azul invita a una reflexión que trasciende el marco de la campaña de Rusia. En una época en la que el debate público suele reducir el pasado a categorías binarias y juicios sumarios, José Manuel Estévez Payeras propone una mirada de quienes ejercieron una profesión dedicada a preservar la vida en medio de una guerra extrema.
El mérito principal del libro reside precisamente en ese desplazamiento del foco. Frente a los grandes movimientos de tropas, las decisiones estratégicas o las controversias políticas , el autor rescata las historias de médicos y sanitarios obligados a enfrentarse diariamente al dolor, al miedo y a la muerte. Lo hace además desde una investigación sólida y una narrativa accesible que nunca pierde de vista a las personas que hay detrás de los documentos.
En tiempos en que la guerra vuelve a ocupar titulares en Europa y en otras regiones del mundo, estos relatos adquieren una resonancia inesperada. Pero el resultado no es únicamente una obra de historia militar. Es también una reflexión sobre la vocación médica, la resistencia humana y el deber profesional en circunstancias límite.

José Manuel Estévez Payeras
Hablamos con el autor sobre el papel de aquellos sanitarios españoles que ejercieron la Medicina en uno de los escenarios más duros del siglo XX.
La División Azul continúa siendo un tema sensible en España. ¿Cómo ha afrontado esa dimensión política e ideológica?
He intentado partir siempre de las fuentes primarias y dejar que sean los propios protagonistas quienes hablen. Los médicos de la División Azul actuaron en un contexto político complejo, inseparable de la Europa de la Segunda Guerra Mundial y de la España de posguerra. Sin embargo, cuando uno lee sus diarios, cartas o memorias descubre que sus preocupaciones cotidianas eran muy similares a las de cualquier médico: aliviar el sufrimiento, salvar vidas y atender a los heridos.
Mi intención no ha sido juzgarlos desde el presente, sino comprenderlos en su contexto. Creo que el deber del historiador consiste en contextualizar y explicar antes que simplificar.
¿Por qué centrarse ahora en la sanidad militar de la División Azul?
La idea nació por dos motivos. El primero fue estrictamente historiográfico. Mientras investigaba otros trabajos aparecían constantemente documentos relacionados con médicos militares. Poco a poco comprendí que se trataba de protagonistas esenciales cuya historia apenas había sido contada.
Hubo un episodio que me hizo reflexionar especialmente. Tras la batalla de Krasny Bor, un capitán de Infantería describió las pérdidas sufridas por su compañía. Lo que consideró más grave no fue la destrucción de material ni las bajas de combate, sino la muerte del médico que los atendía. Aquello me hizo entender hasta qué punto estos profesionales eran indispensables para el funcionamiento de las unidades.
La segunda razón es personal. Mi esposa es médico militar y formó parte de la primera rotación española desplegada en Afganistán. Mi hijo también es médico militar. Conozco de cerca esa profesión y siento una profunda admiración por quienes ejercen la Medicina allí donde otros arriesgan la vida.
El libro reúne veinte historias. ¿Cómo realizó la selección?
Fue una decisión complicada. Entre 1941 y 1944 sirvieron en la organización sanitaria de la División Azul cerca de doscientos médicos, además de practicantes y estudiantes de Medicina. Muchos de ellos habrían merecido un capítulo propio.
Mi criterio fue ofrecer una visión representativa de todas las facetas de la sanidad militar: médicos de unidad, cirujanos de hospitales de campaña, especialistas de retaguardia, personal de evacuación y estudiantes que terminaron asumiendo responsabilidades extraordinarias. No buscaba únicamente los casos más heroicos, sino mostrar la diversidad de experiencias.

Quirófano de retaguardia de la División Azul. El cirujano que está operando es el Capitán Cárdenas
¿Qué le sorprendió más sobre los estudiantes de Medicina destinados al frente?
Que las circunstancias terminaron igualando a todos. Oficialmente existían diferencias entre médicos titulados y estudiantes, pero la realidad del combate obligó a muchos jóvenes a asumir tareas muy superiores a las previstas.
Algunos estudiantes de últimos cursos actuaron prácticamente como médicos de unidad. Lo decisivo no era tanto el título académico como la personalidad, la capacidad de adaptación y la serenidad bajo presión. El frente se convirtió en una prueba extrema para todos.
Uno de los aspectos más llamativos del libro es la descripción de hospitales de campaña bajo los bombardeos.
Las fuentes permiten reconstruir esas situaciones con bastante precisión. Muy pronto los servicios sanitarios comprendieron que las condiciones del frente ruso hacían inviables las evacuaciones largas. La única solución consistía en acercar los quirófanos al frente.
Hubo hospitales de campaña instalados prácticamente a la vista del enemigo. Algunos cirujanos operaban mientras las balas impactaban en las paredes de las isbas convertidas en quirófanos. Los diarios oficiales muestran la organización sanitaria; las memorias personales permiten conocer el miedo, el cansancio y la tensión de quienes trabajaban allí.
El subtítulo moral del libro parece resumirse en tres verbos: aliviar, curar y acompañar.
Sí. La inspiración procede de una conocida máxima médica: «Curar a veces, aliviar a menudo y acompañar siempre». En realidad, resume perfectamente la experiencia de estos sanitarios.
Muchas veces podían aliviar. Algunas veces podían curar. Pero cuando ninguna de las dos cosas era posible, todavía quedaba acompañar. En los testimonios aparecen médicos, practicantes y camilleros que permanecen junto a heridos moribundos simplemente para que no afronten solos sus últimos momentos. Desde el punto de vista médico podía parecer un fracaso; desde el punto de vista humano era una de las formas más nobles de su profesión.

Tres enfermeras divisionarias en 1942
¿Existía una diferencia significativa entre la medicina militar española y la alemana?
No hablaría de una medicina más avanzada que otra. Los médicos españoles llegaban con una importante experiencia adquirida durante la Guerra Civil, mientras que la sanidad alemana destacaba por su extraordinaria organización y por la disponibilidad de recursos materiales.
Lo interesante fue el intercambio mutuo. Hubo sesiones clínicas conjuntas, intercambio de conocimientos e incluso innovaciones españolas que terminaron siendo estudiadas por especialistas alemanes. Fue una relación mucho más rica y compleja de lo que suele pensarse.
¿Encontró conflictos éticos relacionados con el hecho de combatir junto al ejército alemán?
No de forma explícita en las fuentes que he manejado. Lo que aparece constantemente son preocupaciones profesionales: cómo evacuar heridos, cómo afrontar la falta de medios, cómo seguir trabajando bajo bombardeos o en condiciones climáticas extremas.
Del mismo modo, los médicos de unidad y los cirujanos de los hospitales de campaña atendieron de forma habitual a prisioneros soviéticos heridos. No se trata de episodios aislados o anecdóticos, sino de una realidad que aparece reflejada repetidamente en partes sanitarios, diarios de operaciones y otra documentación oficial. En estos documentos encontramos referencias a soldados rusos capturados que recibieron las primeras curas, fueron evacuados, intervenidos quirúrgicamente y hospitalizados junto a otros heridos.
Lo que sí aparece en los testimonios de manera constante es otro tipo de preocupación: cómo cumplir adecuadamente con el deber médico en unas circunstancias extremas. En sus escritos abundan las referencias a la falta de medios, a las dificultades para evacuar heridos, al agotamiento físico, a la presión asistencial o al sufrimiento provocado por el frío y el combate. Esos fueron los dilemas que ocuparon su atención cotidiana.
Creo que es importante evitar proyectar sobre aquellos hombres debates éticos que son muy propios de nuestra sensibilidad contemporánea. Ellos estaban en guerra, y en la guerra se sabe y se ve poco. Vivieron los acontecimientos desde unas coordenadas históricas, políticas y culturales muy diferentes.

Una unidad de la División Azul es trasladada a un sector del frente en 1943
El frío ruso aparece casi como un enemigo más.
Lo fue. En algunos momentos resultó tan peligroso como el propio enemigo. Las congelaciones alcanzaron cifras enormes durante el primer invierno y obligaron a desarrollar procedimientos específicos para prevenirlas y tratarlas.
La experiencia adquirida fue tan importante que algunos médicos recopilaron estadísticas, fotografías y observaciones clínicas durante toda la campaña. Aquellos estudios tuvieron posteriormente una considerable repercusión científica en España.
¿Cómo afectó aquella experiencia a los jóvenes estudiantes que regresaron del frente?
Cada caso fue diferente. Algunos abandonaron definitivamente la carrera; otros permanecieron en el Ejército; la mayoría regresó a las aulas y terminó ejerciendo la Medicina.
Lo que sí puede afirmarse es que ninguno volvió siendo exactamente el mismo. Habían convivido durante meses con el sufrimiento, la muerte, el miedo y la responsabilidad de tomar decisiones trascendentales en cuestión de minutos. Muchos arrastraron secuelas físicas o psicológicas durante toda su vida.
¿Hubo algún capítulo especialmente difícil de investigar?
Sí. El relato de una intervención quirúrgica realizada a un soldado atravesado por una granada de mortero sin explosionar. La historia estaba rodeada de errores, contradicciones y datos incompletos.
Reconstruirla exigió un trabajo casi detectivesco de contraste documental. Fue probablemente el capítulo más complejo de escribir, pero también uno de los más satisfactorios desde el punto de vista historiográfico.
Después de tantos años investigando la División Azul, ¿qué le gustaría que encontrara el lector en este libro?
Me gustaría que comprendiera que estas páginas hablan, sobre todo, de personas. No son tratados técnicos ni estudios médicos especializados. Son historias humanas protagonizadas por hombres que ejercieron la Medicina en circunstancias extremas.
El libro no pretende juzgar, justificar ni glorificar. Pretende dar testimonio. Testimonio de quienes, en medio de una guerra brutal, intentaron aliviar el sufrimiento, curar cuando fue posible y acompañar cuando ya no quedaba esperanza. Creo que ahí reside la verdadera esencia de esta historia.

Soldados heridos regresan a España del frente del Este en vagones lazareto hasta la frontera española. Der Adler, 13 julio 1943.
